Quedémonos con que lo mejor es mejorable

Las nuevas tecnologías marcan un alejamiento, una distancia de la que todavía no sabemos las consecuencias culturales y antropológicas; vivimos en un presente continuo sin pasado (tradición), ni futuro (proyecto). La palabra de la cultura queda reducida cada vez más a una opción ornamental. En este sentido la cultura debe recuperar su dimensión política.

Cuando los 28 estados europeos formalizaron el acta constituyente de la Unión, lo hicieron bajo los parámetros de la política y la economía, en Maastricht, el 7 de febrero de 1992, sin ni siquiera aludir a la palabra cultura. El demos cultural europeo, sin espacio ni lugar, fue una grave omisión, un vacío de consecuencias letales para el futuro de la Unión. Los estados entraron en un proceso de endogamia nacionalista y de desconfianza entre ellos, y se negaron a la armonización fiscal, en función de los intereses de los grandes grupos de inversión y financieros, y empeoró su dramática incapacidad frente a las corrientes migratorias.

La cultura es un espacio para la actividad vital, plural y conflictiva en la cual damos sentido al mundo que compartimos y en el que nos implicamos, apuntando a la necesidad de hacer posible otra experiencia del nosotros. La cultura es el espacio vital más significativo del que disponemos, capaz de pensarse a sí mismo: Michel de Montaigne hace cuatro siglos ya nos advirtió de que la cultura nos instituye en personas.

En la propuesta de una nueva narrativa no cabe el mínimo gesto de paternalismo institucional. Se trata de abrirse, de dialogar, de generar espacios de encuentro. Un proceso de osmosis. Es un llamamiento a la implicación de los ciudadanos y ciudadanas como protagonistas. A crear espacios de comunicación que permitan superar las tendencias endogámicas de las culturas nacionales. Y, poco a poco, dar dimensión continental a los debates culturales en la Unión Europea.

Para que eso sea posible hacen falta canales de comunicación, una verdadera red de distribución de propuestas culturales entre los países: un Buscador Cultural Europeo. Columna vertebral de la diversidad y el pluralismo europeo.

Hace falta diálogo y negociación hasta la extenuación, sin olvidar el shock emocional e insostenible de personas encarceladas, en el exilio, imputadas o investigadas. Portada del diario de hoy: “El Supremo vuelve a condenar a los presos políticos. El alto tribunal les revoca el tercer grado y la aplicación del 100.2 y ordena la entrada a prisión de Dolors Bassa y Carme Forcadell”.

Un espacio cultural compartido es la base de la responsabilidad compartida (Tony Judt), que debería ser la idea capital de la convivencia europea, en la línea de los deseos multitudinarios de un futuro compartido que nos permita no avergonzarnos en el momento de mirarnos en el espejo de la diversidad.

Así como la curiosidad, origen del saber, no es ajena a la implicación, al placer y a la creatividad, tampoco lo es al derecho a la contemplación: escuchar a Bach, mirar un paisaje o un Tàpies por placer también nos hace libres. Articular Arte y Política.

Hoy ya no se habla solo de globalidad sino también de magnitudes que nos superan. Actualmente la Unión Europea está en un limbo insostenible y las ciudadanas y ciudadanos europeos esperan con la mirada perpleja y lúcida, bajo un silencio ensordecedor ocupado por la pandemia.

Asumir el impacto emocional de carácter insoportable del dramático flujo imparable de personas huyendo de sus territorios de origen en una situación de guerra sin que se haya declarado y de consecuencias apocalípticas, pone en evidencia el fracaso de los estados de la Unión como lugar de acogida, pulveriza los principios éticos y morales, valores hasta ahora identitarios del ADN de Europa. La desolación nos hunde en la vergüenza.

En la comisión constitucional del Senado, l’Entesa dels Catalans propuso la abolición de la pena de muerte. A mí me tocó negociar el voto a favor con todos los grupos parlamentarios mientras se desarrollaba el debate. Durante este proceso las negociaciones se decantaban y podía salir mayoría suficiente a favor de nuestra propuesta, que en contrapartida dejaba a los que quedaran fuera en una situación incómoda. En definitiva, se aprobó por unanimidad con algunas abstenciones.

A título personal, permítanme un momento inolvidable. En el almacén, llamado biblioteca, de la cárcel, descubrí un espacio prácticamente sin nada, abandonado, y encontré un piano desafinado absolutamente desgarbado. A Carles Santos, con quien compartía celda, le pedí que tocara una sonata de Bach. El resultado: una acción-artefacto, una sensación maravillosa, exitosa, inolvidable. En definitiva, una impugnación en el espacio de la prisión y la dictadura. Una oleada de ruidos, notas y sonidos dignas de flujos de música concreta de John Cage y la desmaterialización de la obra de arte de Lucy Lippard. La profundidad de su mensaje principal, el texto, la voluntad de decir a quien le escucha: “Toma conciencia de que eres un ser libre, pierde el miedo, te han hecho esclavo, pero ha llegado la hora de que tomes conciencia de quién eres, levántate, se ha acabado el tiempo del miedo, eres libre, eres vencedor”. Y así fue creado (el texto de la pieza de Bach).

Durante el periodo del constitucionalismo, recuerdo que los socialistas presentaron una propuesta de ley orgánica destinada a la Constitución. Nosotros presentamos una enmienda a la totalidad. El portavoz socialista, Peces-Barba, aseguró en su intervención que yo había hecho una descripción magnífica pero que había olvidado algo sustancial: que nosotros éramos el último país que habíamos accedido a la Unión Europea, y que por lo tanto teníamos el privilegio de poder hacer nuestra Constitución de acuerdo con las mejores vigentes en Europa. Yo me levanté desde el escaño para dirigirme al portavoz: “Señoría, le agradecería que me confirmara si lo que me está diciendo es que lo mejor no es mejorable” Y se quedó planchado, me aplaudieron hasta los socialistas, perdimos la votación, pero ganamos todos.

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