Vivir es explorar

Para Kipling el ser humano debía intentar construir su destino aun a riesgo de cavar su propia tumba

Junto a Jules Verne y Emilio Salgari, Rudyard Kipling era el tercer vértice del triángulo mágico de las lecturas infantiles, al menos en mi caso. Como tantos otros niños disfruté mucho con 'El libro de la selva' o 'Kim'. Kipling poseía una imaginación portentosa y la escritura exacta para hacerla viva a los ojos de sus lectores, la condición necesaria en el gran autor de aventuras. Luego, leyendo otros de sus libros, me di cuenta que Kipling distaba mucho de ser, exclusivamente, un "escritor para niños" y apreció la hondura psicológica de muchos de sus personajes novelescos y la belleza sutil de sus poemas. Si algo me desagradaba de él era su tendencia a exaltar el Imperio Británico, si bien, a su favor, me gustaba su capacidad de rechazar los honores y condecoraciones que pusieron a sus pies.

De todas sus narraciones me quedo, con seguridad, con 'El hombre que pudo ser rey', uno de los mejores relatos de aventuras que he leído nunca. Que la acción se desarrolle en el país que hoy es considerado "la tumba de los imperios", Afganistán —donde, en la época moderna, han sucumbido británicos, rusos y americanos—, añade hechizo al argumento. El poder imaginativo de Kipling consigue su máximo golpe de efecto al hacer resurgir a la antigua Grecia en medio de las altas cordilleras nevadas: una ciudad fundada hace más de dos milenios por Alejandro el Magno durante su expedición a la India pervive, intacta, con sus templos, con sus ritos, con sus tradiciones. Y en ella un 'outsider' inglés, movido por la codicia pero también por el honor, está a punto de ser rey.

En 'El hombre que pudo ser rey' se concentran muchos de los temas que presiden la literatura de Kipling: el gusto por la aventura, el sentido de la amistad, la exaltación de la audacia, la confianza en las propias fuerzas. Pero, en este relato, todos estos motivos se ponen al servicio de una reflexión sobre el destino que es inevitablemente paralela a la pregunta sobre la amplitud de la libertad humana. Kipling era enérgico al respecto: el ser humano debía intentar construir su destino aun a riesgo de cavar su propia tumba.

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