COMPAÑEROS DE VIAJE

La elegancia del perdedor

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escritor y profesor de humanidades en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

El cine negro clásico tiene relevantes parecidos con la tragedia griega: un comienzo fulminante en el que se dibuja la entera línea argumental; una exposición de caracteres nada maniquea; un desenlace rodeado de claroscuro. Pero para que aquel cine existiese necesitó el apoyo de textos literarios sobresalientes que habían dado una nueva dignidad al género negro. Muchos autores escribieron relatos adaptados al cine o trabajaron directamente para Hollywood. Raymond Chandler fue de los más notables, junto a Dashiel Hammett, del que se confesaba directo admirador. Hammett es un crítico social más ácido mientras Chandler es más sarcástico, hijos ambos del clima creado por la Gran Depresión.

Raymond Chandler, americano educado en Gran Bretaña e instalado finalmente en California, tenía un buen conocimiento de la tradición literaria. Pasó buena parte de su vida trabajando como empleado de banca y escribiendo cuentos pulp, narraciones populares sobre historias criminales. Así educó el estilo brioso, seco y cortante de sus grandes narraciones, las que giran alrededor del detective Marlowe, su gran criatura literaria. Marlowe, que en el cine ha adoptado el rostro de actores como Humphrey Bogart o Robert Mitchum, es un tipo lúcido y desencantado que a menudo lleva las cosas al límite. La cara de Bogart y, especialmente, la de Mitchum servían a la perfección para ese propósito.

Tal vez las mejores novelas de Chandler sean El sueño eterno y El largo adiós, obras en las que se expone con crudeza y sarcasmo el predominio de un mundo dominado por el dinero y la hipocresía social. La especialidad de Marlowe son las clases altas californianas, en cuya carne entra con un bisturí acerado poniendo de relieve sus traiciones y deslealtades. Sin embargo, en medio del caos de amistades truncadas y amores imposibles lo que más destaca en Marlowe no son sus triunfos detectivescos sino su elegancia como perdedor. Como diría Graham Greene, “quien pierde, gana”.

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