En la oscuridad está la luz

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Dicen que en La Escuela de Atenas Rafael Sanzio lo pintó con la cara de Miguel Ángel. Está sentado en la escalinata en posición melancólica, y es posible que, en efecto, la melancolía sea el hilo invisible que une al artista florentino y al filósofo de Efeso. Heráclito, enigmático siempre, parece confirmarlo en algunos de sus fragmentos conservados. En cualquier caso pocos hombres de los que tengamos tan escasos testimonios han dejado tanta huella. Podemos preguntarnos cuál sería nuestra visión si su obra hubiese llegado casi completa hasta nosotros, como en los casos de Platón y Aristóteles. Pero el azar —y la destrucción e incendio de bibliotecas— han marcado el legado de Heráclito: breve, fragmentario, apabullante en su lógica y su misterio.

La primera vez que leí a Heráclito no entendí nada, pero aun así cada fragmento era un imán que atraía los interrogantes. Después, en otras lecturas, creí comprender algunas de sus afirmaciones. Su idea del cambio permanente era abrumadora y exacta. "Todo fluye": el mundo estaba comprimido en esta fórmula única. No menos rotunda era su percepción del movimiento de la vida: "la guerra es el padre de todas las cosas". Vivimos en un perpetuo conflicto acompañado de una perpetua reconciliación. Cada fragmento de Heráclito era una miniatura de la existencia. Es necesario volver una y otra vez a sus palabras para que la miniatura adquiera sentido y, también, vitalidad.

En una ocasión un amigo me regaló un busto de Heráclito, heredado de su padre, un gran helenista. A través de las mudanzas he conservado siempre este busto como si fuera de oro. Y muchas veces he observado la cara supuesta del filósofo preguntándome cómo era este hombre que dejó escrito: "vive oculto". Una invitación singular para una época como la nuestra tan amante de los focos. Nosotros, hijos de la simplicidad, queremos que todo se aclare y se digiera de inmediato. Pero Heráclito, al que sus contemporáneos llamaron el Oscuro, siempre se resiste. Y es esa resistencia la que da fecundidad a su lectura. Algo que los perezosos espirituales no deberían intentar.

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