La furia de vivir

Strindberg cumplió con creces la misión del escritor de hostigar a la hipocresía de su época

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escriptor i professor d'humanitats a la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

Si uno de los objetivos de la literatura es hostigar a la hipocresía de cada época —y creo que sí lo es— August Strindberg cumplió con creces esta misión del escritor. Fue un desenmascarador implacable de la moral de su tiempo, con una tarea en cierto modo paralela a la que en filosofía desempeñó Friedrich Nietzsche, con quien esporádicamente el dramaturgo sueco llegó a cartearse. El principal instrumento utilizado por Strindberg fue el teatro, con el que tuvo gran éxito pero con respecto al que tuvo siempre una sensación de fracaso. Strindberg criticaba con dureza la vida cotidiana de la burguesía, anhelando de algún modo la adhesión de las capas populares, pero él mismo se mostró siempre desorientado en relación a su propia función social y, a medida en que transcurrieron los años, pareció sumirse en una guerra creciente contra su propia identidad.

Quizá por eso, aun valorando mucho sus obras de teatro, sus escritos autobiográficos son los más contundentes y atractivos. Todo su naufragio emocional, anclado en el autoritarismo paterno y en la catástrofe familiar, aparece en 'El hijo de la sirvienta', la cruda rememoración de la infancia y la adolescencia realizada, con prosa precisa, a golpe de cincel y de bisturí. Ya en la madurez la sobreexcitación vital de Strindberg se concentra en 'Inferno', para mí su mejor libro, escrito originalmente en francés durante la nefasta estancia del escritor en París.

'Inferno', cuyo título suficientemente alusivo traslada los círculos infernales de Dante a las calles parisinas, es la historia alucinada de una quimera y de una persecución. La quimera empuja al desesperado Strindberg hacia una frenética búsqueda alquímica en la que sus sueños se destilan como pesadillas. La persecución es la que el escritor hace de sí mismo por medio de los demás. Todos le vigilan, todos le acechan en un camino que necesariamente lleva a la locura. Strindberg narra magistralmente su perdición. Sin embargo, al ser capaz de narrarla, es indudable que elige la opción de la supervivencia.

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