Irresponsabilidad y cambio de ciclo

Irresponsabilidad y cambio de ciclo

Hemos vivido quizás los mejores años de esa cosa llamada España. Se ha acabado

Irresponsabilidad y cambio de ciclo / SCAR DEL POZO / AFP

La paradoja que revelaba el domingo la gravedad de la situación era la ansiedad con que los dirigentes de izquierdas, a lo largo de toda la jornada, llamaban a acudir a las urnas. ¿Por qué paradoja? Porque llamaban a los votantes a demostrar un sentido de la responsabilidad del que habían carecido ellos mismos y porque, en efecto, si el resultado no fue peor se debió a que votantes con un alto sentido de la responsabilidad votaron responsablemente a partidos que sabían altamente irresponsables.

En abril habíamos obtenido lo más a lo que se podía aspirar: esa tregua anhelada tras el batacazo de Andalucía. Un PSOE escorado públicamente a la izquierda había ganado las elecciones generales; el PP había obtenido los peores resultados de la historia, UP había caído pero no en picado y Vox, es verdad, había entrado en el Parlamento pero como quinta fuerza política y enseguida, además, todas las encuestas señalaban su rápido descenso. Unidas Podemos nos hizo perder en 2016 la oportunidad de cambiar el país; en los últimos meses PSOE y Podemos nos han hecho perder la más modesta y más urgente de frenar al menos a la ultraderecha. El PSOE nunca quiso negociar con el que considera su peor enemigo, llevado además por la hybris delirante de un cálculo electoral estúpidamente triunfalista. En cuanto a UP, entregó el relato y la posibilidad de la tregua insistiendo en un irrealista e inútil gobierno de coalición. El PSOE ha perdido 700.000 votos y UP siete escaños. La irresponsabilidad de ambos ha abierto un boquete de agua en la línea de flotación de nuestra frágil democracia.

España era el país menos homófobo del mundo, el menos islamófobo de Europa, el más tolerante y solidario y el más saludablemente olvidadizo

He aquí la imagen parlamentaria de esa irresponsabilidad histórica imperdonable: un PSOE derechizado y en descenso, una derecha radicalizada dominada ya por Vox, un UP debilitado y sin recursos, un Más País enano y desperdiciado y unos partidos nacionalistas fortalecidos que demandan a gritos una solución que, con estos resultados, se aleja a toda velocidad. Lo de menos es que España sea “ingobernable”; mucho más importante es que se revele inviable como país. Tan relevante es el resultado de Vox como el de los partidos vascos y catalanes porque juntos iluminan el abismo abierto entre territorios al mismo tiempo que la imposibilidad de una sutura negociada. No nos engañemos: el País Vasco y Catalunya se han “ido” ya políticamente de España; y, frente a ese “desenganche” de hecho, que nos debería hacer reflexionar, la inercia impone el programa de Vox como única respuesta “española”: la “reconquista”. En una campaña electoral presidida por la sentencia del Supremo y el “conflicto catalán”, el acelerón de la ultraderecha ha involucrado en las últimas semanas no sólo al PP y a C's -pensemos en la PNL aprobada en la Asamblea de Madrid para ilegalizar partidos independentistas- sino al propio PSOE, sacando pecho españolista con declaraciones incendiarias y decretos liberticidas. Tener o no tener gobierno es menos importante que este retroceso de ochenta años en la composición ideológica del país. Lo que diferencia España del resto de Europa es que aquí la ultraderecha se organiza en torno a dos ejes temáticos impensables en Italia o Francia: la unidad territorial y la memoria histórica. Vox trufa su discurso, sí, de temas comunes a Salvini o Le Pen (xenofobia, soberanía, proteccionismo económico puramente retórico) pero buena parte de sus votos son en realidad -y esto es lo que da miedo- de inspiración “guerracivilista”. Con independencia de que se pueda o no formar gobierno, el nuevo Parlamento marca el fin del régimen del 78, pero volteando el sueño del 15-M en pesadilla. Acaba el régimen del 78 y volvemos a la atmósfera pre-constitucional de 1975.

Este vuelco señala acusatoriamente a fuerzas idiosincrásicas: élites y partidos irresponsables tanto en España como en Catalunya, medios de comunicación ideologizados y antidemocráticos, la monarquía

Porque lo que ha cambiado en pocas horas no es el Parlamento sino la sociedad. España era el país menos homófobo del mundo, el menos islamófobo de Europa, el más tolerante y solidario y el más saludablemente olvidadizo; parecía, desde luego, vacunado contra la ultraderecha. Hemos vivido quizás los mejores años de esa cosa llamada España, en los que otro país en ciernes se insinuaba a contrapelo de su historia. Se ha acabado. Este vuelco tiene mucho que ver con la volatilidad sociológica de nuestra época. Pero también señala acusatoriamente a fuerzas idiosincrásicas: élites y partidos irresponsables tanto en España como en Catalunya, medios de comunicación ideologizados y antidemocráticos, una monarquía del siglo XIX con mentalidad patrimonialista muy belicosa. En estas condiciones, la crisis económica y la “revuelta anti-elitista” global tenía que producir entre nosotros una variante “muy española” del neofascismo; esa que se resume en los gritos de “a por ellos” en la sede de Vox la noche del domingo. Ahora lo sabemos: el Podemos de derechas no era C's sino Vox.

Se dirá que todo eso existía ya acantonado en el PP y C's y que lo que ha ocurrido es que la derecha se ha quitado la careta. Vale. Pero no importaba que todo fuera una careta con tal de que la conservaran puesta. Esa “retirada de caretas” es en realidad el “fascismo”, si lo queremos llamar así: un señor con bigote (figurado o no) se sube a una tribuna pública y dice sin complejos aquello que todos pensamos sin saberlo. Es bueno que haya leyes “políticamente correctas” y discursos hegemónicos que inhiban las ganas de matar y las contengan en las costuras invisibles de la sociedad. Abascal ha jugado muy inteligentemente con esta idea de la “represión” de nuestras “verdaderas” creencias y valores por parte de una “dictadura progre”. Esa amplia región volátil de la sociedad española que no es “fascista” y que podía inclinarse en cualquier dirección -como lo demuestra el voto errático de los últimos años- ha encontrado su ancla, con la ayuda de nuestros partidos y nuestros medios de comunicación, y con el lubricante de un procesismo poco dispuesto a cuestionarse a sí mismo, en la España imperial del siglo XVI. España, sí, se asimila por fin al resto de Europa pero por su propio camino. Lo malo no es que se repitan las elecciones; es que se repitan las historias.

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