L’OBSERVADORA

Sembrar sal

Hay un componente sanguíneo en la política española que perdura en la historia y no caduca con el cambio generacional. Un aire napolitano de grito penetrante, doloroso, una lista de infieles y un duelo entre la derecha y la izquierda extremas deformadas en el Callejón del Gato.

A la política española le gustan los gritos en el hemiciclo, los adjetivos tremebundos, las acusaciones de traición y pelearse en nombre de los muertos. El ambiente es especialmente innoble cuando la derecha pasa a la oposición y se llega al límite de tener que sentir como se utilizan las víctimas de los terroristas de ETA contra el gobierno socialista la misma semana del vigésimo aniversario del asesinato de Ernest Lluch. La mezquindad tendría que avergonzar a unos políticos incapacitados para el pacto, para el diálogo, e incapaces de hacer treguas de demagogia ni siquiera cuando el país está en llamas.

Este ha sido el tono del Congreso de Diputados una semana más, con el PP renovando el error de las listas de firmantes contra la diversidad de las lenguas sin haber aprendido del error de las firmas contra Catalunya por impugnar el Estatuto. Listas contra los infieles que pretenden preservar la lengua catalana en la escuela poniendo en riesgo el castellano. Listas que obvian que la realidad es una sociedad mayoritariamente castellanoparlante en la calle, en los medios, en la justicia y en el patio de la escuela.

El PP continúa atrapado por Vox y por Aznar, que lunes acusaba al PSOE de ser “una plataforma de Podemos” y a Sánchez de “tonto útil”, y conminaba Casado a “ejercer los galones”. Excitaba así a un PP desenfrenado contra la normalización de Bildu y de ERC en la política española a través de los acuerdos con el PSOE por los presupuestos.

Aceptar la participación institucional del independentismo democrático no entra en los planes del PP, siempre airado y traumatizado cuando abandona el poder porque los ciudadanos le invitan a ejercer desde la oposición, e incapaz de cooperar de manera responsable sea cual sea el coste. Pero el PP no está solo contra Bildu, sino acompañado de la vieja guardia del PSOE, representada por viejas glorias como Alfonso Guerra, que dice que representa aquellos a quienes se les hace “un nudo en la garganta por gritar «Con Bildu, ¡no!»” Guerra ilustra que la vejez no protege de la estupidez, y políticamente representa el jacobinismo soberbio y paternalista que ha asfixiado el catalanismo moderado y ha convertido la mitad de catalanes en soberanistas que no ven otra opción que dar la espalda a un Estado apolillado para conseguir sobrevivir.

Del ‘arrebato’ al arrebato catalán

El arrebato de la política española ha tenido esta semana réplica en el gobierno catalán.

Mal negocio una coalición a tres meses de unas elecciones, y con un vicepresidente ejerciendo de presidente con el complejo de que cualquier gesto de liderazgo le será reprochado por los socis como una usurpación del cargo del enésimo represaliado. Estos días, más que nunca, queda en evidencia que el gesto de inmolación del presidente Torra podía ser estético, pero ni útil ni positivo para un país que se hunde en una crisis grave y que reclama gestión intensa, responsable y poco agradecida.

Ni los cambios en Trabajo anunciados con nocturnidad, ni las filtraciones interesadas de parte del Govern de un tema tan clave cómo es la desescalada, ni las sillas vacías en las reuniones de trabajo son tranquilizadoras para una ciudadanía al límite económico y psicológico.

Después de una mala cosecha

El abuelo Vila Miralles le hizo una propuesta cuando acabó el bachillerato. Le regalaría un telar o una moto. El joven Antoni Vila Casas eligió el telar y vendiendo telas se compró una Montesa.

Le entrevisto miércoles en una espléndida casa modernista, que acoge su fundación y una parte de la extensa colección. Es el último burgués. Hizo fortuna con la industria farmacéutica y ha dedicado los últimos veinte años a coleccionar arte catalán y al mecenazgo en la salud y la cultura. En la entrada, un libro ilustrado por Miquel Barceló, el Aurea dicta, abierto en una cita de Séneca. La c de constancia dice que “también se tiene que sembrar después de una mala cosecha”. Se tiene que salir adelante, pero desde la antigüedad una de las trágicas condenas ha sido sembrar con sal. Es momento de reconstruir el país y los ciudadanos lo saben. Lo saben los autónomos que no facturan y pagan impuestos, el personal sanitario al límite, los restauradores y los comerciantes que no podrán volver a subir la persiana, la gente de la cultura que malvive, los jóvenes que se esfuerzan para cumplir normas no siempre acertadas. ¿Lo saben también nuestros gobernantes?

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