Las emociones necesitan guía

La movilización catalana es un movimiento cívico de respuesta al maltrato del estado

La visión dominante desde España sobre lo que vive Catalunya consiste en que unos políticos independentistas, que además son corruptos, egoístas y malvados, arrastran a la mitad de la población. Hay quien cree eso que irradiaron los políticos y los medios de comunicación españoles de buena fe y hay quien lo utiliza para legitimar lo que hizo en los últimos tiempos un gobierno y el estado mismo.

Es una gran falsedad, la movilización catalana es un movimiento cívico de respuesta a la experiencia del maltrato del estado y quien dice que hay que ser autocríticos con los pasos dados debe pedírselo antes de nada a las instituciones del propio estado, empezando nada menos por el Tribunal Constitucional y el Rey. Pero que el desafío al estado lo hace un movimiento cívico amplio creo que también lo está olvidando esa misma ciudadanía movilizada. Cada uno puede pararse a pensar en qué posición estaba hace ocho o diez años, porque la población, excepto los independentistas, que entonces formaban una minoría, y excepto los que formaban otra minoría que deseaba mantener a Catalunya como una autonomía o incluso anularla y limitarse a ser provincias de Madrid, se ha movido y ha revisado y cambiado su posición.

Una sucesión de agresiones traumáticas sostenida durante años que creó un sentimiento de ofensa e indignación es la energía sorda pero dominante en la sociedad catalana

Y lo que ha obligado a cambiar la posición y la idea que tenían de España y a reconsiderar la inserción o la relación de Catalunya con el estado han sido actos traumáticos: la sentencia del Constitucional hace ocho años fue un jarro de frío desprecio y humillación sobre otras humillaciones anteriores, la recogida de firmas y la campaña contra todo lo catalán y, definitivamente, la violencia del estado contra un país al que le habían negado la democracia y no le habían dejado otra alternativa que montarse la suya por su cuenta. Una sucesión de agresiones traumáticas sostenida durante años que creó un sentimiento de ofensa y una indignación que hoy es la energía sorda pero dominante en la sociedad catalana.

Es esa energía de un movimiento la que condujo la política catalana hasta aquí. No fue tanto una reflexión política tranquila cuanto una política del estado que empujó a la fuerza a muchos catalanes a ser soberanistas cabreados. La realidad es que los dirigentes catalanes ahora en el exilio o presos actuaron emparedados entre un estado que deseaban arrinconarlos y una movilización que les exigía actuar como lo hicieron. No tenían más margen que ése. El movimiento y el sentir ciudadano, con su dinámica propia, fue y aún es el dueño de la actuación por la parte catalana.

La situación ha cambiado desde hace un par de meses. Una corriente que animó el camino a la independencia de modo decisivo, ERC, reconsideró sus pasos anteriores y la estrategia a seguir, se ha independizado políticamente del movimiento que antes animó; lógicamente eso le crea problemas de comprensión de las bases sociales. Otra corriente, la encabezada por el president Puigdemont y el president de la Generalitat, Torra, parece seguir actuando sobre las emociones que animan el movimiento social y sobre los pasos dados. No están muy claras las posiciones ni el entendimiento entre ellas.

El estado, además de los medios de comunicación que forman parte del poder establecido, tiene todas las instituciones y fiscales, jueces, policías y guardia civiles, servicios de inteligencia… pero la parte catalana sólo tiene el ánimo de esa ciudadanía. La fuerza no está en una Generalitat que fue ocupada y entregada bajo tutela y bajo amenaza de ser nuevamente embargada, sino en la población movilizada. Y esa energía emocional demostró que era tan fuerte que desafió al estado, pero es muy frágil también, y en estos momentos se puede decir que está sola, pues su dirigencia política está dividida. Y las bases más implicadas emocionalmente muestran signos de desesperarse por ello y de plantearse actuar por su cuenta sin otra dirección política.

Ese camino conduce al peor desastre, al fracaso y la desmoralización.

La política española tuvo una corrección hace un par de meses que no se puede obviar, el cambio en el Gobierno tiene consecuencias. Mientras tanto en el lado catalán el castigo del estado trajo división y confusión

La política es un juego de poderes que tiene sus reglas más allá de nuestros deseos. Los políticos, si son honrados, no son parásitos, son imprescindibles. Y su deber es conducir las emociones, racionalizar las situaciones y encontrarles salida. La política española tuvo una corrección hace un par de meses que no se puede obviar, un cambio en el Gobierno que tiene consecuencias. Mientras tanto en el lado catalán el castigo del estado trajo división y confusión. Ni siquiera al estado le puede interesar un fracaso de Catalunya como país y que caiga en la desesperación o el desánimo.

Si algo es urgente es un acuerdo entre las dos principales corrientes del catalanismo político y devolverle a la población en general y sobre todo a la más movilizada una dirección política ante una situación nueva que inevitablemente conducirá a un diálogo con el estado en un plazo de días o semanas.

Los diálogos conducen a negociaciones y acuerdos, son escasas las victorias absolutas y por eso los políticos nunca satisfacen los deseos de todos, de unos o de otros. Esto será aún más doloroso en este caso donde la ciudadanía fue la verdadera protagonista, quien defendió la libertad. Los políticos catalanes, con el Parlament cerrado, parece que estén flotando, pero tienen que interpretar tanto las emociones como las necesidades de la población, combinar sentimientos con racionalidades y hacer política.

Ojalá la población catalana, si es su deseo mayoritario, consiga su república, pues la merece, pero consiga lo que consiga, lo único que es imprescindible, lo que no puede perder es la energía política y moral. Lo que hay que evitar a toda costa es que se destruya lo esencial, la fuerza moral de la ciudadanía catalana, el centro de la nación. No salir derrotados. Los políticos soberanistas deben volver a unirse en una voz y una dirigencia para no frustrar a la sociedad. Para hablar sobre el poder que le da la ciudadanía. Por eso cada Diada, con la consigna que sea, es la reafirmación nacional que permite a Catalunya obligar al estado a reconocerla.

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