Teocracias y teocracias

Resulta improbable que los derechos humanos sean una razón para romper relaciones diplomáticas

Un grupo de personas convocadas por Amnistía Internacional reclaman la liberación de las activistas Loujain al Hathloul, Eman al Nafjan y Aziza al Yousef ante la embajada de Arabia Saudí en París / BENOIT TESSIER / REUTERS

Cuesta comprender por qué para Occidente existen dictaduras buenas y dictaduras malas, o teocracias amigas y teocracias enemigas, pero las deudas geoestratégicas pueden llegar a ser inescrutables. Es el caso de Arabia Saudí e Irán, los dos grandes enemigos en guerra fría permanente por el control del mundo musulmán. Los primeros, socios privilegiados de Estados Unidos, lideran al bloque suní y los segundos al arco chií. La amarga competición de estas dos fuerzas temibles y opuestas es capaz de obrar los milagros más insospechados, como el acercamiento israelí a Riad, pero el funcionamiento interno de sus regímenes dictatoriales resultan, en ocasiones, tozudamente similares.

Pese a la mala imagen internacional creada por Estados Unidos y alimentada por la prensa mundial, el régimen de Teherán es incomparablemente más liberal que su antagonista saudí. Las mujeres estudian, votan, conducen y ejercen e incluso protestan por las calles, mientras que en el reino saudí son eternas menores de edad. Ambos comparten, eso sí, una desmedida afición por encarcelar a cualquiera que huela a oposición o cuya detención pueda servir a sus intereses, como hacen otras dictaduras como China o Corea del Norte, donde la diplomacia del secuestro es una constante desde hace años.

Esta semana, la profesora universitaria británico-australiana Kylie Moore-Gilbert fue liberada tras pasar 804 días en una prisión iraní, condenada a 10 años de cárcel por espionaje. Gilbert fue intercambiada por tres iraníes descritos amablemente por el régimen de los ayatolás como “activistas económicos iraníes”. En realidad, se trata de tres individuos conectados a un intento de atentado con explosivos acontecido en Tailandia en 2012, según Bangkok destinado a matar a diplomáticos israelíes. Uno de ellos fue condenado a cadena perpetua, otro a 15 años de prisión. Australia no ha querido pronunciarse sobre el polémico intercambio, pero la prensa tailandesa indica que los iraníes abandonaron Bangkok a bordo de un avión registrado a nombre de una empresa de seguridad australiana. 

No se puede pedir a la teocracia iraní ni a la saudí que respeten los derechos más básicos ni un comportamiento lógico

Moore-Gilbert se cansó de vocear su inocencia los casi tres años que pasó en prisión, por todos los medios a su alcance. Su estatus de prisionera política, o de rehén geoestratégico, resultaba tan indignante como el hecho de que ningún país pueda detener a un extranjero sin una razón firme para usarlo como moneda de cambio. Pero no se puede pedir a la teocracia iraní que respete los derechos más básicos ni un comportamiento lógico, como tampoco se le puede pedir a otra anomalía política como Arabia Saudí, ese aliado occidental capaz de descuartizar a periodistas en suelo extranjero con total impunidad y, al mismo tiempo, vender una imagen de progreso liberal comprada por los periodistas de medio mundo.

En el país de MBS -el príncipe descuartizador, futuro heredero del reino- las supuestas libertades que iban adquiriendo las mujeres se quedaron en el titular. Sirva como ejemplo el caso de Loujain al Hathoul, de 31 años, uno de los rostros más conocidos de la campaña que forzó al régimen a permitir que las mujeres tomasen el volante y una valiente activista que llegó a ser nominada candidata al premio Nobel de la Paz. El retrógrado reino no perdona semejantes osadías: Al Hathoul fue detenida hace tres años acusada de espionaje y de hablar con periodistas y diplomáticos extranjeros, y el miércoles su caso fue transferido al Tribunal Criminal Especializado, creado en 2008 para juzgar crímenes de terrorismo, para profundo pesar de familiares y activistas que temen que el órgano judicial añada nuevos cargos a su caso. El organismo judicial se ha convertido, de hecho, en un instrumento de presión para activistas de Derechos Humanos y disidentes, es decir, en otro órgano de represión interna.

El caso de Loujain podría ser una prueba de fuego para el mandato de Joe Biden. Su rostro empapela espacios públicos en Washington, así como en algunas capitales europeas, gracias a la labor de activistas que mantienen vivo su caso. Nueve senadores demócratas, junto al republicano Marco Rubio, exigieron la liberación de la activista así como de otras mujeres en su misma situación, pero la prioridad de Washington es ahora retomar el pacto nuclear con Irán para desactivar esa amenaza. Resulta improbable que los Derechos Humanos sean una razón para romper relaciones diplomáticas aunque sí puedan ser instrumentalizados para desatar guerras en su nombre. La hipocresía ya no es un defecto, es una simple característica de la diplomacia internacional.

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