LOS PUENTES BREVES

Café para todos

Más allá del debate monarquía-república, real sólo en Cataluña, ¿dónde está el debate iberista?

Soy un escritor raro que escribe en una lengua rara. A pesar de que el mandato constitucional dice que las lenguas de España han de ser todas oficiales, la mía asturiana no lo es. Tampoco es oficial el gallego-portugués en Asturias, que también se habla en el extremo occidental de mi país, y que como todo el mundo sabe es oficial en Galicia y con otra ortografía en la república portuguesa. En el resto de Hispania la Tierra es redonda y gira alrededor del sol y en Asturias, como en Aragón, el planeta por ley es plano y está anclado en el mito. Los asturianos, hablen asturiano, gallego o castellano, con una vocación de españolidad indudable, somos en este sentido menos españoles que gallegos, vascos, catalanes, castellanos o andaluces. Todas esas comunidades (menos las que tienen el español como lengua de su Castilla) recogen el mandato constitucional en sus estatutos de autonomía, con mano más larga o más corta, de que sus lenguas propias son oficiales junto al castellano.

En el Estatuto de Autonomía de Asturias se reconoce que hay dos lenguas tradicionales que se hablan en el país, pero los hablantes de esas lenguas no tienen apenas derechos. No puedo, como padre, que mi hija estudie en su lengua en la escuela. Si en los espacios del poder hablo en mi lengua tengo que pedir tácitamente permiso (siempre me lo dan, pero tengo que pedírselo). Aunque la realidad es la realidad y si yo voy a un departamento de la administración y hablo en asturiano me contestan en mi lengua, lo cierto es que la comunidad de intereses de la gente que habla en Asturias asturiano o gallego-asturiano no está amparada por la ley de todos sino de una manera precaria e injusta a ojos de quien ha viajado algo por el mundo y sobre todo por España.

Ser español, como dice muy juiciosamente José Luis García Martín, es un honor que no se puede imponer a quien no quiera serlo

Ateniéndome a lo dicho, ¿cómo puedo defender como defiendo la unidad de España basada en una federación que dé luz a la nación de naciones que fuimos y vamos siendo? Mi hija, que acaba de cumplir los 11 años, me decía hace meses tras verme tan pendiente de las noticias:

—Están todo el día en la tele con el 155. ¿Cuándo pasan al 156?

Pasar metafóricamente al 156 significa, entre otras cosas, que todas las lenguas de España sean oficiales "cada una según su estatuto"; significa, además, reinventar la idea de España, una idea donde una Cataluña que quiera constituírse en estado tenga todo el peso democrático que tenga para irse o para quedarse. Ser español, como dice muy juiciosamente José Luis García Martín, es un honor que no se puede imponer a quien no quiera serlo. A un tiempo, por supuesto, el Estado tiene la obligación de velar por los derechos de quienes quieran seguir siéndolo aunque sea 'a su manera'.

Más allá del debate de la monarquía o de la república, real sólo en Cataluña, ¿dónde está el debate iberista? Como cantaba en La Habana de los años 20 del siglo XX aquel asturcubano de origen francés, Eliseo Grenet, "Todos los negros tomamos café".

Echo de menos en España, donde hay más separadores que separatistas, el discurso ético de Miguel Torga, de Espriu...

Ay mama Inés. Echo de menos en España, donde hay más separadores que separatistas, el discurso ético de Miguel Torga, de Espriu, de Sagarra, de Celso Emilio Ferreiro, de Blas de Otero, de Unamuno y de Azorín. Echo de menos el discurso de un Manuel Azaña que defienda que el problema que se pueda tener con Cataluña o con las lenguas que hablamos los asturianos o los otros que no somos castellanos es político y no una misteriosa supuración de la fatalidad hispana que más tiene que ver con el rencor y la envidia que con el amor y la admiración que se espera de una sociedad "noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç".

Los discursos de transformación anímica —aquellos que se basan en la identidad de los ciudadanos que históricamente se reunieron al calor de una misma forma de hablar para aprender, por necesidad las más de las veces, otras formas de hablar— son exasperadamente lentos y una generación de convencidos que quiere hacer mucho poco puede; hacer eso poco, evidentemente, conviene hacerlo por el bien común, por la Ciudad Justa. A mi hija ya no le dicen en la escuela, como le dijeron a mi madre, que no hablaba sino que ladraba por despistarse y hacer una pregunta a la maestra en la lengua de sus abuelos.

El fondo de la cuestión —no me olvido de Pi i Margall— es que no hemos sabido construir un discurso sobre el Otro, no hemos sabido que el Otro también al desayunarse toma café con leche, cortado o sólo, según le convenga o pueda, y está contigo ahí sosteniéndote 'a su manera '.

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