¿Ahorrar energía?

La energía es buena. Pero, claro, sólo si es limpia

ANDREU MAS-COLELL
ANDREU MAS-COLELL Economista. Catedrático emérito de la UPF y de la Barcelona GSE. Presidente del BIST

El CO 2 que lanzamos a la atmósfera es una amenaza de primer orden para el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, el reto que representa la descarbonización es uno de los más difíciles a los que nos hemos tenido que enfrentar. El CO 2 es un enemigo insidioso: no se ve ni se nota. No es como las emisiones de partículas que nos asfixian allí donde se producen. El CO2 que se genera en un lugar concreto se dispersa por todo el mundo. Es igual que la historia de la rana que muere hervida sin darse cuenta. Con el Protocolo de Montreal (1987) el mundo supo solucionar un problema similar (el agujero del ozono). Pero el caso del CO 2 es más complejo. Por más que los beneficios de descarbonizar sean muy grandes, lo son a largo plazo, mientras que los costes de una parada abrupta serían enormes y a corto plazo. El camino sólo puede ser gradual. Intuyo que este camino pasa por la generalización de una convicción moral muy fuerte contra el consumo de carbono. Un sentimiento de repugnancia como el que sienten muchos vegetarianos ante la carne. Si, como consecuencia de ello, llegáramos a un punto en el que, además de los Acuerdos de París, tuviéramos muy comprometidos a Europa y a unos EEUU post-Trump, ya sería posible extender buenas prácticas en el resto del mundo, jugando con el incentivo del acceso a los mercados europeos y americanos. Pero, si bien este puede ser el camino, ¿cuál puede ser el ritmo?

El European Green Deal aspira a que en 2050 las emisiones netas de la UE sean cero. Es factible, pero sólo si de verdad nos ponemos las pilas. Así, para ello se deberá eliminar el carbono en el uso de automóviles. Seguramente apelando a la electricidad verde (sin utilizar carbono) o, aún más rompedor, al hidrógeno verde (Repsol está explorando esta vía). Me dice un amigo científico (Xavier Obradors) que también en la movilidad aérea se avanza. En todo caso, habrá mucha inversión y mucha investigación, y tecnología nueva.

Una cuestión clave es si a medio plazo, para contener las emisiones, tendremos que consumir menos energía. Es clave porque hacerlo podría llevar al estancamiento económico. Y si nos instalamos, ¿cómo daremos satisfacción al deseo de prosperidad de las poblaciones del mundo? ¿O como resolveremos la multitud de problemas que ya tenemos: las pandemias, la pobreza, la desigualdad o el impacto en Barcelona de la subida del nivel del mar y de la temperatura? Necesitaremos economías fuertes y es dudoso que las podamos tener consumiendo, sumandolo todo, menos energía.

Quizás tendremos que pasar por un período de energía cara, y de consumo contenido, pero a medio plazo tenemos que aspirar a una nueva era de energía barata y de consumo sin agobios ahorradores. La energía es buena. Pero, claro, sólo si es limpia. Si lo es no hay razón, más allá de su coste, para ahorrar en su uso. Por lo tanto, me gustaría pensar que un futuro con consumo abundante de energía, toda limpia, es posible.

¿Sueño? Tengo evidencias a mi favor. Los avances en energías renovables son espectaculares. La fotovoltaica y la eólica ya son competitivas con el carbón para producir electricidad (se puede estimar que el coste de la solar fotovoltaica ha bajado un 82% la última década). A medida que su consumo se extiende, las economías de escala juegan a su favor. El impulso inicial hacia las renovables puede ser voluntarista pero, cada vez más, el mercado lleva a ello.

Para hacer que la transición hacia la energía limpia sea corta es necesario que las economías y empresas productoras y consumidoras de derivados del petróleo, que ya ven el final, se vayan reconvirtiendo. En Cataluña tenemos sectores industriales importantes afectados, como los de la automoción y de la energía. Debemos procurar que sus planes de futuro incorporen de manera central sus instalaciones en Cataluña. También hay que multiplicar los esfuerzos en investigación, pública y privada. Nuestro sistema de búsqueda está comprometido con esta tarea. Por ejemplo, en Sant Adrià (IREC) se investiga sobre biocarburantes, en Tarragona (ICIQ) y en Castelldefels (ICFO) sobre la llamada fotosíntesis artificial.

En Barcelona tenemos Fusion for Energy, un ente europeo con más de 400 trabajadores que administra la contribución europea al proyecto ITER, un caso ejemplar de cooperación internacional entre la UE, EEUU, Suiza, China, India, Corea del Sur y Rusia. Cerca de Marsella se está construyendo una gran máquina que aspira a demostrar la posibilidad de reproducir en la Tierra la fusión de átomos de hidrógeno, que es la fuente de la energía del sol, gastando menos energía de la que se produce. La fusión no es la solución a medio plazo, pero lo puede ser a largo plazo. Los pequeños soles que son los reactores de fusión no ensucian: ni emiten CO 2 como el petróleo, ni dejan residuos problemáticos como la energía nuclear.

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