Tristeza y acritud

Por parte catalana debemos saber ver que el diálogo requiere tiempo

ANDREU MAS-COLELL
ANDREU MAS-COLELL Economista. Catedrático emérito de la UPF y de la Barcelona GSE. Presidente del BIST

Europa. Tristeza. La UE ha perdido el 15% de su PIB y se ha hecho más pequeña. A los que amamos la UE y el Reino Unido (RU) nos disgusta no poder decir ya que venimos de la tierra de Shakespeare y Newton. Es un fracaso no haber diseñado un proyecto suficientemente estimulante para una mayoría decisiva de británicos. Ahora habrá que preguntarse si el Brexit puede ser el principio de una cadena de salidas. La pertenencia a la UE es prácticamente irreversible para los miembros de la eurozona, pero no para los que, como el RU, no han adoptado el euro. Que la situación no se repita depende en parte de cómo le vaya al RU. Pero aquí cuenta la política de la UE misma para con su ex miembro. Me temo que nos enfrentamos a una lógica implacable: debemos desearle lo mejor al que ahora nos deja, pero el hecho de que económicamente la UE es, de momento, más importante para el RU que el RU para la UE, lleva inevitablemente a una negociación de las relaciones futuras que será dura por parte de una UE que, preocupada por su estabilidad interna, no se podrá permitir ser generosa con el que se va. En definitiva, el periodo de relaciones que ahora se abre puede ser agrio.

Cataluña. Para sentir tristeza y presentir acritud no hay que mirar hacia el norte. Basta con observarlos últimos acontecimientos en Cataluña, en particular el desarrollo de la represión: el juicio al mayor Trapero, la retirada del escaño al presidente, los avales que exige el Tribunal de Cuentas o las consideraciones del fiscal para denegar un permiso a Cuixart ("No se ha tratado lo suficiente": recuerda a los tratamientos para psiquiatría de la Unión Soviética). Todo esto me ha hecho consciente de hasta qué punto estamos viviendo una situación que tiene paralelismos con el 1936: una derecha española que para imponerse está dispuesta a pasar por encima de todo, incluidas las mayorías. El momento histórico y la pertenencia a la UE hacen imposible una repetición del episodio bélico, pero para esta derecha la confrontación es tan intensa, y la voluntad de ganar es tan fuerte, como entonces. Se imaginan en primavera del 36 y ya habrá alguien que está preparando su 18 de julio.

Pero, como entonces, aún no han ganado.

Creo que en estos momentos sólo hay un imperativo político realmente categórico: esta vez tienen que perder. Todo lo que hagamos en política debería estar orientado a este objetivo. Es la prioridad absoluta. Desde Cataluña esto debería estar muy claro. Es angustioso tener que repetir que no es lo mismo que la contienda la gane esta derecha o la pierda. Consideremos el 36-39: si la República se hubiera impuesto no todo habrían sido color de rosa para el autogobierno de Cataluña. Las tensiones entre el gobierno catalán y el español eran enormes. Pero nos habrían ahorrado cuatro décadas de franquismo.

¿Qué significa ganar? Pues que la derecha no pueda salir victoriosa de unas elecciones generales en España mientras sea como es ahora. Para ello es indispensable profundizar la alianza entre la izquierda española y las fuerzas catalanas. Y esto exige flexibilidad en una y otras.

Por parte catalana debemos saber ver que el diálogo requiere tiempo. En el contexto de la mesa, corremos el peligro de querer focalizarnos en una agenda de resultados máximos y a corto plazo. Todos sabemos (repito: todos) que no podrá ser. Dadas las distorsiones que genera la competencia electoral habrá pánico a iniciar la negociación para las cosas más fáciles (por miedo a escuchar un "traidores") y muy probablemente será "referéndum o no tenemos nada de que hablar". Por lo tanto, parálisis. Es una lástima, pero todavía hay un resultado peor: parálisis y acritud. Si la mesa tiene que estar bloqueada, que lo esté, pero mantengamosla viva: tarde o temprano puede servir. Y nos ahorraremos la acritud.

Al gobierno de España, una recomendación: no os aprovechéis de la parálisis de la mesa. Sería una actitud muy miope. Es posible que el gobierno de Cataluña no lleve a la mesa, por ejemplo, el tema de Cercanías. Pero no lo necesitáis. En esto, como en muchas otras cosas, podéis actuar con un grado de unilateralidad muy grande. No es difícil saber lo que conviene y se desea desde Cataluña. No dudéis que si pasan los años y no se avanza con realizaciones concretas, el votante catalán os lo reprochará.

Puede parecer que estoy preconizando una política de gestos si el diálogo formal, como veo venir, se estanca. Quizás sí. Pero los gestos deben tener sustancia y deben estar alineados con la mejora del autogobierno. Lo que no se debe hacer: cosas como cambiar el nombre del aeropuerto del Prat. Se trata de un ejemplo de falta de sustancia que, además, nos hace notar que no tenemos ni la competencia de poner nombre a nuestro aeropuerto.