Construir el mundo feminista desde las artes

¿Qué podemos hacer las y los artistas feministas para incidir en el imaginario patriarcal?

Hace un par de años, en la conferencia de prensa del jurado del Festival de Canes, la actriz norteamericana Jessica Chastain lo dijo alto y claro. Estaba en estado de shock después de haber visto las veinte películas que formaban parte de la competición del festival más importante del mundo, porque las mujeres que vio representadas en la pantalla no tenían nada que ver con las mujeres reales, las que ella conoce, las mujeres con las que ella convive día a día. Denunciaba que solo había visto mujeres débiles, víctimas sumisas, incapaces de tener un criterio propio y que solo reaccionaban en función de cómo lo hacían los hombres. Lo decía en una edición en que las películas dirigidas por mujeres brillaban por su ausencia: solo tres de las veinte seleccionadas tenían al frente a una cineasta. Dos años después, nada ha cambiado en el certamen cinematográfico más influyente del planeta, ya que en la edición de 2019 solo cuatro películas dirigidas por mujeres han formado parte de la sección oficial del festival. Y aunque todavía no he podido ver la selección, todo apunta a que la cuestión de la representación de la feminidad seguirá siendo la misma.

Conseguir la paridad no implica necesariamente que los tentáculos del imaginario patriarcal no sigan pasándose de generación en generación

La denuncia de Chastain en el Festival de Canes sigue siendo crucial porque pone sobre la mesa dos de las grandes cuestiones pendientes del feminismo contemporáneo. Por un lado, la cuestión de la paridad, es decir, de la presencia de la mujer en el espacio público, en los cargos directivos y en los lugares de poder y toma de decisiones. Por el otro, la más pantanosa cuestión del imaginario del patriarcado que continúa vigente con una virulencia destructora porque lo encontramos instalado en el inconsciente colectivo, un espacio donde por su propia naturaleza, que escapa al control de la razón, resulta complejo acceder y que nos afecta a todos, hombres y mujeres. Aunque puede parecer que las dos cuestiones están relacionadas, la verdad es que conseguir la paridad, asegurar que las mujeres puedan acceder con igualdad de condiciones a los cargos y lugares que durante siglos han sido reservados a los hombres, no implica necesariamente que los tentáculos del imaginario patriarcal no sigan pasándose de generación en generación, que equivale a decir que la base misma sobre la cual hemos construido nuestra sociedad seguirá intacta a menos que activemos mecanismos de reflexión profunda para hacer que todos juntos, mujeres y hombres, seamos conscientes de hasta qué punto los valores del patriarcado continúan enquistados dentro de nosotros mismos, manifestándose a menudo a través de detalles que a priori podrían parecer insignificantes.

Si me propongo hacer una clasificación del cine hecho por mujeres en función de su posicionamiento en relación al patriarcado, podría hablar, 'grosso modo', de tres tipos de películas: las explícitamente combativas pero que se producen fuera de la gran industria y, en consecuencia, quedan alejadas del gran público, de manera que, desgraciadamente, tienen una incidencia débil sobre el imaginario colectivo; las de crítica conformista, que señalan con el dedo la injusticia que sufren las mujeres pero no proponen un camino para el cambio; y las deliberadamente machistas y patriarcales. Dentro de estas, un subgénero que me resulta especialmente doloroso por el simple hecho de que el filme esté firmado por una mujer: películas que recurren a la burla despectiva para reforzar los estereotipos femeninos que ha construido el patriarcado. Frente a esto, y teniendo en cuenta que los creadores trabajamos desde y para el inconsciente colectivo, me pregunto: ¿qué podemos hacer las y los artistas feministas para incidir en el imaginario patriarcal?

De un lado, es obvio que necesitamos seguir señalando, con la complicidad de los medios de comunicación y su incidencia en las redes sociales, cualquier manifestación del patriarcado y sus valores. De otro, poner en práctica una idea sencilla pero poderosa: construir el mundo feminista soñado, crearlo en todas sus coordenadas y complejidades, a través de nuestras creaciones. Eso significa dejar totalmente de lado a las mujeres y los hombres que diseñó el patriarcado y ponernos a representar obstinadamente los diferentes tipos de mujeres que queremos ser. Al mismo tiempo, dibujar también con precisión la singularidad de las nuevas masculinidades en sintonía con el feminismo. Cuantas más veces los veamos representados en el cine, en YouTube, en la televisión, en la publicidad, en la literatura, en la música, en la pintura..., más estaremos incidiendo en las profundidades de nuestro inconsciente colectivo y algo empezará a moverse. En definitiva, propongo poner de moda a las mujeres y los hombres que queremos ser y dejar ya de una vez por todas de representarnos como hemos sido y, sobre todo, como quiere el patriarcado que seamos. Atrevámonos a crear el mundo soñado a través del arte y, poco a poco, veremos cómo los nuevos valores calan con sutil firmeza en la realidad.

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