El (maldito) sujeto del feminismo

El peligro para el movimiento feminista no son las mujeres trans, sino las dinámicas patriarcales

A las puertas del 8 de Marzo y de la Huelga Feminista se reabre el melón del sujeto del feminismo, con la pregunta cíclica de quién puede ser este sujeto y la respuesta implícita sobre si las mujeres trans lo pueden ser, como se había planteado sobre las lesbianas, o sobre las mujeres negras y racializadas, como ya denunciaba la madre Sojourner Truth a mediados del siglo XIX.

No he entendido nunca este tipo de debates, posiblemente porque soy más de feminismo de trinchera, del que quiere la teoría si es útil para entender y resolver cuestiones prácticas. En este sentido, para mí el sujeto y el objeto del feminismo son nuestras vidas. Nuestras miserables vidas y la manera de mejorar las condiciones más allá de la propia individualidad y desde la resistencia encarnada.

Lo que es una identidad en resistencia ante un grupo de poder puede ser también una identidad supremacista hacia un grupo subalterno

En la construcción de movimientos sociales y de espacios de activismo nos hemos obnubilado en un binomio de articulación que diríamos excluyente: o bien aglutinarnos alrededor de una identidad o bien hacerlo en torno a un objetivo concreto. Sabemos, por experiencia propia y por el relato que nos han dejado las madres como Audre Lorde, que el espacio identitario es más fuerte y tiene una función imprescindible de toma de autoconciencia, pero es más efímero por la propia complejidad de las identidades, que se van fragmentando en busca de la identidad esencial que nunca aparece. Esto no quiere decir que la construcción identitaria no sea necesaria, y, de hecho, menospreciar la identidad es un lujo que sólo se puede permitir quien la tiene asegurada.

Construir activismo en torno a un objetivo concreto tiene el problema de reproducir las mismas dinámicas de poder que existen en la sociedad, por lo que sólo se encontrarán representadas y reconocidas en este espacio las identidades que ya están representadas y reconocidas mayoritariamente en la sociedad. Es mucho más laborioso trabajar así, y mucho más pesado, pero si los objetivos planteados son suficientemente concretos, es bastante menos frustrante porque hay etapas en el camino tangibles, medibles, y no esa perpetua sensación de luchar contra molinos de viento.

Lo que llamo el "feminismo del género" tiene mucho que aprender de las compañeras que se están articulando al margen de los centros de poder

¿Adónde vamos, pues, adónde podemos ir para seguir construyendo un movimiento amplio como es el feminismo, este paraguas tan grande, o cómo podemos hacer la reforma, urgente, del conglomerado LGTB, totalmente copado por hombres en todas las esferas? Creo que hay maneras intermedias de articularnos, justamente aprendidas del pensamiento y la práctica feministas. Por un lado, la cuestión de la estrategia señalada por Spivak: nos juntamos por una razón concreta, con una finalidad, y esta misma finalidad irá definiendo quién debe participar de este grupo. Y cuando la definición del 'quién' incluye grupos diversos y desiguales, como el caso del (maldito) sujeto del feminismo, debemos atender al conocimiento situado de Haraway y a la movilidad de los ejes de poder si no queremos estar reproduciendo a escala reducida el mismo desastre de mundo que queremos transformar.

Por otro lado, tener presente que la identidad se construye de manera relacional. Lo que es una identidad en resistencia ante un grupo de poder puede ser también una identidad supremacista hacia un grupo subalterno. La realidad es mucho más compleja que nuestras filigranas.

Ser mujer en un mundo patriarcal es una identidad subalterna. Pero cuando construyes un movimiento de mujeres, esta característica se neutraliza y el poder pasa a repartirse siguiendo otras lógicas. Y es aquí donde se sitúa contemporáneamente el debate sobre y contra las mujeres trans. Porque mujeres que están acostumbradas a una posición de subalternidad de género en el mundo real encuentran un espacio donde acumulan todo el poder y se ponen a reproducir las dinámicas que han sufrido, ahora en el cuerpo de las subalternas. Poner en duda la presencia de las compañeras trans en el movimiento feminista y de mujeres es, digámoslo claro, un abuso de poder por parte de feministas que ocupan espacios de hegemonía. El peligro para el movimiento feminista no son las mujeres trans, sino justamente las dinámicas patriarcales de abuso de poder dentro del movimiento y un aburguesamiento que nos permite dedicar mucho tiempo y muchos recursos a debatir en abstracto.

Lo que llamo "el feminismo del género" tiene mucho que aprender de las compañeras que se están articulando al margen de los centros de poder. Para este 8 de Marzo, recordémoslo, feminista y antirracista, una de las propuestas más interesantes y con herramientas más efectivas es el Bloque Migrante decolonial y Antirracista organizado en Barcelona. Sin duda, la vanguardia del movimiento feminista en Cataluña.

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