Boris en escena

El premier Johnson está dispuesto a hacer del Reino Unido "el mejor lugar del mundo"

TEMPERATURA. Boris Johnson, el funambulista. Colgado y atascado arriba de una tirolina con el arnés que "le comprimía las partes bajas" -según su propio relato-, el casco y una bandera británica en cada mano, fue la imagen del entonces alcalde de Londres en plenos Juegos Olímpicos que dio la vuelta al mundo. Aquel día los británicos ganaron la primera medalla de oro de sus Juegos, pero la fotografía se la llevó un Boris excéntrico y narcisista, convertido en una "toalla mojada colgada del tendedero" -así se sintió, dijo- que ya iba encaminado a Downing Street. Toda su carrera ha sido un largo camino hacia el poder.

El hombre del "caos inútil", según The Guardian, ya ejerce de primer ministro. Sube la temperatura en Londres: la climática obliga a los diputados de Westminster a abanicarse con la documentación previa de una sesión que abrirá el inicio de una nueva era. El premier Johnson está dispuesto a hacer del Reino Unido "el mejor lugar del mundo". Resuena en las paredes del Parlamento el eco del trumpista "Make America great again". En la calle los termómetros marcan el mes de julio más caluroso en toda la historia de las mediciones. Son los nuevos tiempos. Nacionalismo grandilocuente para vestir otro calentamiento global que deshace monolíticos sistemas bipartidistas y erosiona los equilibrios de viejas democracias ahora fragmentadas, incluso dentro de las propias formaciones políticas.

Hace mucho calor en Londres, y 'The Sun' publicaba el pasado jueves en portada el gran sol de los Teletubbies con la cara del nuevo primer ministro. En cuestión de horas, el rey sol Boris, convertido en la imagen de una pesadilla, se multiplicó por las redes sociales.

CÁLCULOS. Una antigua compañera periodista de Johnson habla de una figura compleja; de un mentiroso, tramposo, desleal e indiscreto. De un cínico con capacidad de ponerse en ridículo y salir victorioso. Un producto de escuelas de élite convertido en el bufón que canta unas supuestas verdades. Una dejadez estudiada y con un objetivo trazado. Es Boris alias Bojo, hijo de un eurócrata británico que construirá su personaje público a través de unas crónicas periodísticas euroescépticas llenas de falsedades: desde que la UE pretendía regular el tamaño de los preservativos o prohibir el reciclaje de las bolsas de té hasta la amenaza comunitaria contra las patatas chips con sabor a gamba. El monstruo de Bruselas siempre atacaba allí donde más daño hacía, la flema, la tradición y el estómago del inglés, asombrado por tanta incomprensión desde el otro lado del canal de la Mancha.

El caos de Boris Johnson siempre es calculado. En el referéndum del Brexit se posicionó en el último minuto, motivado no por una militancia anti-UE desde sus años como corresponsal en Bruselas, sino por los cálculos políticos que predecían sus posibilidades de ser primer ministro y que le han convertido en el animal político que se ofrece como última oportunidad de la derecha eurófoba británica. Ideología, mentiras y aplomo al servicio de una causa que es él mismo.

REALIDADES. El autobús de Boris Johnson hizo campaña por el Brexit por todo el país con un eslogan gigante que aseguraba que la pertenencia a la Unión Europea costaba al Reino Unido hasta 350 millones de libras semanales. Una cifra inventada e indemostrable que le permitió erigirse en líder y principal activo de este salto a la incertidumbre. Ahora arroja al país a una salida sin acuerdo que supondrá unos costes para el Reino Unido cuatro veces mayores que para los veintisiete estados miembro de la Unión Europea. Pero de eso no habla.

¿Desde cuando la realidad ha impedido a Boris Johnson hacer un gran titular? Bojo ya tiene "el control". De ello supuestamente iba el Brexit, de "recuperar el control". De esto va, sin duda, su agenda personal en toda esta historia política.

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