Biden y el realismo europeo

Escucha aquí el artículo de Carme Colomina

FINAL. Han sido cuatro años complicados para las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Cuatro años de realismo al por mayor y poco margen para la nostalgia. Bruselas espera una victoria electoral de Joe Biden, desde la conciencia de que nada volverá a ser como antes. La distancia transatlántica se ha ensanchado. El efecto Trump -con la retórica del desprecio y los ataques a la OTAN y a unos europeos que no gastan lo suficiente en defensa- ha acabado empujando a la UE a hablar de geopolítica en solitario; a discutir de capacidades militares, agendas estratégicas y alianzas flexibles más allá de unos Estados Unidos que han dejado de ser el socio fiable que les sacaba las castañas del fuego. Es el final de “la era en la que podíamos contar plenamente los unos con los otros”, como dijo Angela Merkel después de asistir al primer G-7 de Donald Trump.

Incluso con una victoria de Joe Biden, nada volvería a ser como antes. Es la sociedad norteamericana la que ha cambiado. Barack Obama ya se quitó del sombrero el concepto de “liderazgo desde atrás” para rebajar las incursiones militares en el exterior, y salió de la Casa Blanca criticando a los aliados “aprovechados” que se beneficiaban del orden mundial salvaguardado por los Estados Unidos.

OCCIDENTES. Ningú espera que Biden se plante ante la Puerta de Brandeburgo para declarar su admiración por Berlín o por Europa. El baño de masas eufórico que en 2008 aclamó a Obama -entonces candidato demócrata-, plantado en el mismo escenario que John F. Kennedy en 1963, Reagan en 1987 o Bill Clinton en 1994 (dirigiéndose a esa Europa rota por las Guerras de Yugoslavia), fue el principio del final. Un despertar europeo al nuevo orden global. Precisamente, ahí donde había caído el muro que dio sentido al proyecto de la Europa del bienestar. Incluso si Biden puede representar el regreso al internacionalismo tradicional, esto no significa que lo haga mirando hacia Europa.

Como dijo una vez el político alemán Egon Bahr, unos de los arquitectos de la unificación alemana, hay dos occidentes: uno europeo y uno norteamericano. Unos Estados Unidos con una visión hobbesiana de un mundo de poderes enfrentados, y una Unión Europea de leyes, normas y negociaciones multilaterales. Pero todo esto tambalea en estos momentos. Donald Trump ha resultado ser un lobo para millones de norteamericanos que hoy viven en un país mucho más inestable y dividido, y una amenaza para los equilibrios institucionales y la separación de poderes interna. El Sueño Americano como imagen de ascensor social está tan muerto como la idea del aliado incondicional.

ILIBERALISMO. También los europeos han cambiado. Ahora la UE dice que quiere aprender a hablar “el lenguaje del poder”; o, como dijo el exministro alemán de Asuntos Extranjeros Sigmar Gabriel, quieren dejar de ser “vegetarianos en un mundo de carnívoros”.

La distancia entre Europa y los Estados Unidos es, probablemente, uno de los pocos puntos de consenso que comparten demócratas y republicanos. Lo que varía es cómo se escenifica esta desconfianza transatlántica. Biden en la Casa Blanca podría aportar algo más de estabilidad a los acuerdos comerciales y un cierto regreso al multilateralismo. En cambio, la reelección de un Trump desatado no solo incrementaría la impredictibilidad global sino que también podría alimentar todavía más las divisiones entre socios comunitarios. El actual inquilino de la Casa Blanca ha sido el inspirador del iliberalismo húngaro o polaco y una garantía de seguridad militar para los gobiernos de la frontera oriental de la UE. También existe la Europa que votaría por Trump.

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