Un compás de espera potencialmente explosivo

Hace unos meses publiqué un artículo en el ARA sobre la posibilidad de una guerra civil en Estados Unidos a raíz de las protestas contra la muerte de George Floyd y la reacción policial. Expliqué que hay varios factores que hacen improbable una guerra civil en este país: es un país rico, con una alta capacidad represiva (es decir, fuerzas del orden efectivas) y grupos étnicos y/o raciales dispersos por el país. Los resultados de las elecciones, que en el momento de escribir este artículo todavía no tienen ganador, nos llevan a pensar de nuevo en la posibilidad de un conflicto armado. Y a pesar de que las condiciones para el estallido de una guerra civil siguen siendo desfavorables, sí hay elementos de la situación actual que la hacen potencialmente explosiva. Quizás no para llegar al extremo de una guerra civil pero sí para conflicto armado de baja intensidad que tendría costos humanos, sociales y económicos elevados. ¿Cuáles son estos elementos?

En primer lugar, una paridad electoral extrema. Biden y Trump avanzan codo con codo en estados clave donde la cosa puede ir de cientos de votos. Estas situaciones de competencia extrema pueden ir acompañadas de violencia, como ha explicado Steven Wilkinson, profesor de la Universidad de Yale, en el caso de los enfrentamientos entre hindúes y musulmanes en la India, o como yo misma he mostrado en el caso de la Guerra civil Española en relación a los resultados electorales de febrero de 1936 o en Costa de Marfil con las elecciones de noviembre del 2010 (para más detalles, véase Rivalidad y venganza: la política de la violencia en las guerras civiles, ICIP / Ediciones Bellaterra, 2020). Es evidente que no siempre que las elecciones son competidas hay violencia, y, de hecho, como dice el teórico de la democracia Adam Przeworski, en principio es bueno para el sistema democrático que los principales competidores tengan posibilidades reales de ganar las elecciones -así hay cambios en quien tiene el poder y el perdedor puede encontrar confort en la posibilidad real de volver a ganar-. Pero, si se dan otras condiciones que puedan favorecer un estallido violento, la competitividad extrema puede agravar la situación.

En segundo lugar, parece que Donald Trump, llegado el caso, se mostrará reacio a reconocer la derrota. Przeworski también ha explicado que uno de los rasgos fundamentales de los sistemas democráticos es que los perdedores aceptan las derrotas y están dispuestos a transferir el poder. Es inaudito que un presidente saliente en una democracia consolidada se niegue a aceptar su derrota alegando fraude electoral, y que manifieste todo ello incluso antes de las elecciones o mientras dura el recuento, como ha hecho Trump.

En tercer lugar, tenemos grupos paramilitares o milicias armadas que, en connivencia con el presidente y el partido republicano, están dispuestos a utilizar la amenaza de la violencia, o la violencia misma, para defender la victoria del presidente aunque no sea real. Como han comentado varios expertos, estas milicias son peligrosas sobre todo si no hay un rechazo unánime y se les da legitimidad de forma tácita, como ha hecho Trump con grupos como los Proud Boys.

Finalmente, en Estados Unidos tenemos una situación de alta polarización afectiva entre los votantes republicanos y demócratas, que los últimos años se ha acentuado empujada por las redes sociales y la extrema ideologización de los medios de comunicación. Si, hace unos años, simpatizantes de uno y otro partido podían ser amigos y tener relaciones cordiales, esto ahora se hace mucho más impensable.

La suma de todos estos factores hace que la situación sea potencialmente explosiva. A corto plazo, lo más tranquilizador habría sido la victoria clara de uno de los dos contrincantes. Esto, a pesar de la polarización afectiva y las actitudes antidemocráticas del presidente, habría favorecido una resolución por la vía democrática, como ha sido el caso en la mayoría de elecciones que se han celebrado en los Estados Unidos. Pero los resultados electorales están poniendo a prueba la resiliencia del sistema democrático estadounidense. Esto no quiere decir que tenga que haber necesariamente un conflicto violento, pero sí que no podemos descartar esta posibilidad. Finalmente, al margen de cómo se resuelvan las elecciones, la situación que vivimos hace patente que, a largo plazo, EE.UU. ha de plantearse seriamente cómo coser las costuras de una sociedad tan rota y dividida, donde las elecciones acaban siendo juegos de suma cero en los que se puede perder o ganar mucho por pocos votos.

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