El concierto de los sentidos

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Con el paso del tiempo cada vez estoy más alejado del barroquismo literario. En poesía odio el amaneramiento y la sobreacumulación de imágenes; en el ensayo detesto los textos que oscurecen aquello que se proponen aclarar; en narrativa me resulta insoportable la exhibición de detalles descriptivos o de excesos verbales. Me inclino por la austeridad del lenguaje y por la precisa correspondencia entre ideas y sensaciones. Con estas preferencias creo que salvaría muy poco de las muchas lecturas de literatura latinoamericana que hice cuando era estudiante. Rulfo, Paz, Onetti, Borges, cierto García Márquez, Cortázar… Sin embargo, estoy seguro que salvaría con gusto al que es uno de los padres de aquel barroquismo: Alejo Carpentier.

De todas las novelas latinoamericanas del siglo XX, 'El siglo de las luces' es probablemente la que más me ha impresionado y estoy convencido de que todavía hoy apreciaría ese mundo desbordado y exuberante creado por Carpentier. Aceptaría su barroquismo para gozar de nuevo con la sinfonía de los sentidos que nos propone. También releería con placer los relatos del escritor cubano. 'El camino de Santiago', por ejemplo, en el que la Sevilla receptora del comercio americano se convierte en el opulento escenario de la primera gran globalización. Carpentier es un minucioso descriptor de ambientes urbanos: Sevilla, París, Venecia.

Venecia es el marco de mi relato favorito: 'Concierto barroco'. Es un texto con tanta fuerza de sugerencia que siempre me cuesta pasear por Venecia, cerca del Ospedale de la Pietà, sin acordarme de las andanzas del prete rosso, Antonio Vivaldi, excepcionalmente recreado por Carpentier. Todo lo que en 'El camino de Santiago' son aromas en 'Concierto barroco' son sonidos, la literatura abrazando a la música como si ambos lenguajes pudieran fundirse en una única expresión. Este barroquismo sí me parece un regalo para los sentidos.

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