COMPAÑEROS DE VIAJE

Las contradicciones del educador

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escritor y profesor de humanidades en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

En ningún país, como en Rusia, se venera a los escritores, si tenemos que juzgar, no sólo por las estatuas que se pueden observar en todas las ciudades sino también por la presencia habitual de referencias literarias en las conversaciones. Los escritores, por lo general, han sido vistos como educadores del pueblo, al menos desde Pushkin. Ninguno, sin embargo, alcanza la envergadura de Lev Tolstoi: por su obra, desde luego, pero también, en ese caso, porque el mismo Tolstoi —a diferencia de un Chéjov o un Turgueniev— asumió esta función educadora del arte como el núcleo de su concepción de la literatura.En ningún país, como en Rusia, se venera a los escritores, si tenemos que juzgar, no sólo por las estatuas que se pueden observar en todas las ciudades sino también por la presencia habitual de referencias literarias en las conversaciones. Los escritores, por lo general, han sido vistos como educadores del pueblo, al menos desde Pushkin. Ninguno, sin embargo, alcanza la envergadura de Lev Tolstoi: por su obra, desde luego, pero también, en ese caso, porque el mismo Tolstoi —a diferencia de un Chéjov o un Turgueniev— asumió esta función educadora del arte como el núcleo de su concepción de la literatura.

Afortunadamente, no lo hizo con presunción doctrinaria, como luego sí lo hizo "el realismo social", sino mostrando con crudeza todas sus contradicciones. Tolstoi fue un educador que desconfiaba del ser humano, un humanista misántropo, un moralista que odiaba a los puritanos, un anarquista amante del orden, un revolucionario conservador. Admitimos su caótica pedagogía porque está al servicio de su grandeza literaria. Quizá en nuestro mundo sus propuestas parecen ingenuas y anacrónicas, pero esto nos importa menos que su sutil disección de la condición humana y que su maravillosa capacidad descriptiva de un mundo que sigue interpelando al nuestro. Basta con leer, o releer, La sonata a Kreutzer o La muerte de Ivan Ilich, o lanzarse a la aventura de penetrar en el tumulto de Ana Karenina.

Evidentemente nada es tan "tolstoiano" como Guerra y paz. He leído esta novela dos veces, una cuando era muy joven, otra durante un largo viaje en tren. La segunda vez fue mucho mejor que la primera. Si la releo, en el futuro, por tercera vez, estoy seguro que aun mejorará más, como ocurre con las audiciones sucesivas de la Novena Sinfonía de Beethoven. El argumento, siendo trascendente, es menos importante que la coralidad con que se expresa. En una primera lectura uno se obsesiona por mantener la arquitectura argumental. Por el contrario, en las lecturas sucesivas, te puedes perder en los recovecos, recrear en los detalles y es allí, en cada fragmento del mosaico descomunal, donde mejor aparece el Tolstoi de las almas contrapuestas, el que se interroga a sí mismo mientras interroga al ser humano.