Los otros presos políticos

Los muros de la cárcel se extienden hasta llegar a casa, a la familia

"Todos los niños y niñas, sin discriminación, tienen los mismos derechos". "El niño tiene derecho a vivir con sus padres y a mantener contacto con ellos". "Tiene derecho a desarrollarse en un ambiente de protección, paz y tolerancia". Estos son tres de los artículos de la Convención de los Derechos del Niño, un instrumento internacional que establece los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de la infancia. Fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989 y ratificada por 78 estados miembros.

En las actuales circunstancias políticas y judiciales parece que los principios de esta Convención que marcan los derechos de los niños se hayan esfumado. ¿Dónde están la dignidad y la protección de los hijos e hijas menores de los presos y las presas? ¿Cómo puede ser que, por ejemplo, el hijo del presidente de Òmnium, Jordi Cuixart, de tan solo un año, haya viajado 22 veces hasta Madrid, recorriendo más de 30.000 kilómetros para ver a su padre tras un cristal durante 40 minutos , con contacto físico permitido solo una vez al mes? Y lo mismo para los hijos del presidente de ERC, Oriol Junqueras, que tienen tres y cinco años, o los de Josep Rull, que tienen tres y ocho, y para el resto de los presos y de las presas. ¿Dónde están los derechos de todos estos niños? Cómo se protegen?

La prisión tiene efectos físicos y emocionales para los niños, y les impide crecer en un ambiente familiar real y en armonía, un derecho básico y primordial en el caso de los niños y niñas de menos de cinco años. Se les ha privado de manera repentina, y muchas veces sin ser conscientes de ello, de ver a su padre o su madre. Se les ha privado de que el padre o la madre les lea un cuento antes de ir a dormir, que los lleve a la escuela, que juegue con ellos, que los abrace o les dé un beso. Se les ha apartado de su referente. Una vulneración flagrante de sus derechos como niños y que les afecta de manera diferente -cambios de comportamiento, tristeza, indignación, rabia, sentimiento de pérdida...- dependiendo de cada niño o niña.

No podemos normalizar los viajes y los kilómetros que tienen que recorrer estos niños y niñas cada semana para ver a su padre o su madre

La prisión preventiva tiene que ser la última opción que se tome para un investigado, entre otras cosas para evitar el impacto negativo que tiene sobre los menores el encarcelamiento de su padre o de su madre, tal como se desprende de la Convención de los Derechos del Niño, que dice que se debe garantizar a un niño vivir en una familia. En casos como los que nos ocupan, es inhumano que personas en espera de un juicio estén encarceladas y que de rebote estén privadas de ver cómo crecen sus hijos e hijas. Y es inhumano e indigno que sus hijos o hijas hayan visto como de un día para otro se les llevan a una de las personas que más quieren en este mundo sin entender el porqué y sin saber cuándo volverá.

Hay dos aspectos radicales en la vulneración de sus derechos que podrían corregirse con facilidad. Por un lado, el alejamiento, que los obliga a hacer el periplo mencionado para un encuentro de 40 minutos cada semana. Por otro, la prisión provisional por unos delitos inexistentes.

Y, sin embargo, la justicia y la garantía de los derechos de los niños deben ser iguales para todos. Esta situación de excepcionalidad permite abrir un debate que, de no ser en estas circunstancias, probablemente seguiría invisible a los ojos de la mayoría de la opinión pública. Es lo que pasa cuando una situación injusta nos sobresalta, nos conmueve, la conocemos a fondo y la podemos denunciar. Superar la barrera de la invisibilidad es lo que mueve a una entidad como la Fedaia, en todos sus frentes y en todos sus campos de batalla, a salvaguardar y proteger los derechos de los niños. Lo hacemos, en otros casos de emergencia social, desde el conocimiento y desde la convicción de enderezar situaciones de injusticia. Esta también lo es. Y como lo es, no podemos volver la mirada hacia otro lado.

No nos podemos quedar indiferentes y normalizar esta situación de regresión de los derechos fundamentales en nuestra sociedad. Por dignidad, no podemos normalizar los viajes y los kilómetros que tienen que recorrer estos niños y niñas cada semana para ver a su padre o su madre, no podemos normalizar que se vulneren sus derechos y no podemos normalizar que no se haga justicia.

Los muros de la cárcel no terminan en la cárcel. Los muros de la cárcel se extienden hasta llegar a cada casa, a la familia de Carme Forcadell, de Dolors Bassa, de Jordi Cuixart, de Jordi Sànchez, de Jordi Turull, de Josep Rull, de Quim Forn, de Raül Romeva y de Oriol Junqueras. Los hijos y las hijas de todos ellos, y sus familias, son los otros presos políticos.

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