¿Es la vejez o es el edadismo?

Hoy, con los miedos que rodean la pandemia del covid-19, nos vuelve a invadir el edadismo más torpe

MARTIN DIVISEK / EFE
LYNNE SEGAL
LYNNE SEGAL Catedrática de Psicología y Estudios de Género en Birkbeck - Universidad de Londres

Hace cuatro días, o eso nos parece, a los ancianos se nos instaba a mantenernos siempre jóvenes y se nos animaba de manera sistemática a consumir y participar en el mundo de la misma forma que los demás, independientemente de la edad. En el Reino Unido teníamos The Oldie, una jovial revista leída por decenas de miles de británicos que celebraba las claras e imprevisibles diferencias que hay entre las personas mayores. A las mujeres viejas, antes desterradas de los medios de comunicación occidentales (salvo que fuera necesario provocar horror o desasosiego), incluso se les permitía, a veces, salir a divertirse un poco en pantalla -donde hasta entonces los únicos viejos que habían resistido eran hombres-. Durante los años ochenta, The golden girls [ Las chicas de oro], la sitcom de Walt Disney, era el símbolo de unos tiempos cambiantes: las veteranas actrices de la serie televisiva se lo pasaban bomba.

Pero esto era sólo un retrato de los viejecitos alegres estrictamente autosuficientes. Se le podía dar la vuelta y enseguida se descubría su reverso gerontofòbico: el miedo y el desprecio crecientes y duraderos hacia los ancianos que no eran capaces de jugar a vivir como si no tuvieran edad. Aquí, encontramos quejas sistemáticas por el "tsunami plateado" de los pensionistas, que reclamaban los beneficios a los que habían contribuido con su vida laboral. Y cuando surgían problemas, éramos los chivos expiatorios de los males subsiguientes. De manera grotesca, se nos responsabilizaba del adelgazamiento de los presupuestos de bienestar social y de la reducción de los recursos públicos, que tienen un impacto sobre mucha gente, especialmente sobre los jóvenes. Al edadismo (la discriminación por la edad) creciente le siguió rápidamente la crisis financiera del 2007/08, consecuencia directa de la especulación fiscal del capital desregulado, posibilitada por unos estados seducidos por lógicas neoliberales de crecimiento de mercado. Perversamente, los gobiernos conservadores imperantes atribuyeron la culpa de la crisis a la supuesta codicia de la generación del baby boom, no a la riqueza cada vez más obscena de multimillonarios corporativos -una tapadera para los efectos enormemente injustos de una nueva austeridad.

Una vez decidido que la vida de las personas mayores es prescindible, queda claro que el "factor de riesgo" es el edadismo, más que el envejecimiento

Hoy, con los miedos que rodean la pandemia del covid-19, nos vuelve a invadir el edadismo más torpe. Deleitándose en el momento, algunos reaccionarios encuentran plataformas en la prensa británica y el subdirector del Daily Telegraph, Jeremy Warner, insinúa que el covid-19 podría traer un cierto beneficio económico en la medida que "elimina de manera desproporcionada a personas mayores dependientes". Por no quedarse atrás, el comentarista conservador Toby Young convino que la muerte potencial de miles de personas mayores podía considerarse un "daño colateral aceptable".

La mayor parte del gobierno del Reino Unido ha adoptado una forma más suave de "preocupación", y ha sugerido que todos los que pasan de los 70 deberían autoailarse para preservar su propia salud y no colapsar los servicios sanitarios. Pero estos servicios sanitarios ya estaban colapsados tras décadas de recortes gubernamentales, de la eliminación de las becas de formación de enfermeras y del rechazo de los primeros avisos sobre pandemias potenciales.

Cuando llegó esta pandemia, había 43.000 puestos de trabajo de enfermería libres y una falta radical de equipamiento para proteger al personal sanitario. Y, apenas escondidas tras la insinuación de que los viejos colapsan los servicios hospitalarios, hay otras asunciones. Empezando por las llamadas al autoaislamiento, que homogeneizan arbitrariamente a las personas que pasan de los 70 (muchas de las cuales están bien de salud) y, al mismo tiempo, las diferencian de las que no llegan a los 70 (algunas de las cuales tienen graves problemas de salud), como si formaran categorías independientes. Y acabando por la circulación bien conocida de un sistema de clasificación o selección para que los médicos decidan a quién se tienen que ofrecer, o negar, los cuidados intensivos si se presentan síntomas graves de covid-19. La clasificación depende de una serie de "factores de riesgo", empezando por el hecho, simplemente, tener más de 70 años, lo que convierte a cualquier septuagenario en un caso dudoso para recibir tratamiento.

Todos somos igual de vulnerables a una infección de covid-19. Afecta incluso a los más fuertes, incluyendo a los que se imaginan que son inexpugnablemente resistentes, como el primer ministro británico, Boris Johnson, que acabó en cuidados intensivos con bastante rapidez. Pero algunos sufrirán más que otros por el virus y sin duda tendrán menos probabilidades de recibir los necesarios cuidados intensivos. Esto hace que los índices de mortalidad dependan tanto del envejecimiento como de una cuestión de política y cultura, o de otras desigualdades sistémicas. Los viejos, los pobres (enormemente determinados por la clase social y la etnia), además de los que están en primera línea de la atención médica o hacen trabajos esenciales, corren más peligro ante el coronavirus. Teniendo en cuenta que las muertes de los viejos en residencias de ancianos ni siquiera quedan registrados en las estadísticas diarias del Reino Unido, es evidente a quién se considera prescindible.

Ahora bien, una vez decidimos que la vida de las personas mayores es prescindible, queda claro que el "factor de riesgo" es el edadismo, más que el envejecimiento, y eso es lo que determina la situación de las personas mayores en esta crisis. Para resistirse a este edadismo no basta con señalar que hay una gran diversidad entre los viejos, ni que muchos de nosotros hacemos un trabajo indispensable, especialmente en el sector del trabajo voluntario, o cuidando nietos, y de muchas otras maneras. En lugar de eso, si la vejez no debe ser un factor para menospreciar innecesariamente a los viejos, lo que deja a los jóvenes atemorizados ante la llegada inevitable de esta etapa, debemos combatir este edadismo. Como muchos de los que hoy están implicados en el trabajo humanitario, esto significa comprometerse a cuidarse mutuamente, en sociedades responsables que abogan por un mundo sostenible. Un mundo así empieza por la premisa de una atención médica universal para todos.

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