La covid-19 y las derechas radicales

Liberales y socialdemócratas corren el riesgo de verse superados en una materia fundamental

"El amor es inevitable", uno de los lemas de la manifestación de la plaza Colón contraria a las medidas contra el coronavirus / EUROPA PRESS
JEAN-YVES CAMUS
JEAN-YVES CAMUS Director del Observatorio del radicalismo político de la Fundación Jean Jaurès

En Europa, los partidos políticos de la derecha radical y de la extrema derecha se han dado cuenta en seguida del rédito que podían sacar de criticar la gestión por parte de sus respectivos gobiernos de la crisis sanitaria provocada por la epidemia de la covid-19. Su comunicación política se ha basado en tres grandes ejes: el cuestionamiento del origen animal de la epidemia en territorio chino, recurriendo a diversas teorías de la conspiración; la crítica de la globalización y de la apertura de fronteras, presentadas como causa primera de la propagación del virus; y las dudas sobre la pertenencia del confinamiento y del uso de la mascarilla, dos medidas gubernamentales tomadas en un gran número de países para contener la epidemia. La derecha radical considera que estas medidas atentan contra las libertades individuales de la ciudadanía y que el estado está implantando un sistema casi totalitario a imagen del modelo anticipado por George Orwell.

Este último asunto -más que el cuestionamiento de la inmigración en el contexto de la propagación de la pandemia- es el que más puede explotar la derecha (y en algunos casos, la izquierda) radical, dado que les permite darle la vuelta a la acusación de ser antidemocráticas. Cuando Marine Le Pen, en nombre de Reagrupamiento Nacional, acusa al gobierno francés y al presidente Macron de haber impulsado una "mentira de estado" para ocultar a los franceses la falta de preparación del país ante la epidemia, cuando a continuación se preocupa por el sistema de seguimiento de los enfermos de covid-19 y se presenta como partidaria del secreto médico, se está erigiendo en defensora de los derechos de los ciudadanos ante un estado que señala a su partido como enemigo de la democracia mientras esconde la verdad el pueblo y adopta medidas liberticidas. Sin embargo, Le Pen no ha caído en la defensa de teorías de la conspiración, consciente de que esto perjudicaría su estrategia de normalización. Por el contrario, Marian Kotleba, líder de la formación de extrema derecha Partido Popular Nuestra Eslovaquia (LSNS, 8% de los votos), se ha declarado convencido de que el rastreo de infectados de covid-19 desembocará en la implantación de chips subcutáneos a toda la población.

La derecha radical ha pasado a presentarse como baluarte del derecho del individuo a esquivar el control de su vida privada por parte de las autoridades

La movilización contra las medidas de distanciamiento social, que ha sido importante en las redes sociales, intenta en algunos casos transformarse en movimiento político. En Alemania, un movimiento llamado Pensar contra la marea reunió a 20.000 manifestantes para pedir el fin del confinamiento y de todas las medidas que ha tomado el gobierno de Merkel, como la prohibición de las reuniones y la obligatoriedad del uso de la mascarilla. Las consignas de los manifestantes proclamaban su hostilidad a la "dictadura" que "las élites" han presuntamente impuesto "propagando el pánico" con el objetivo de instaurar unas condiciones psicológicas favorables al control policial permanente del comportamiento de la ciudadanía. En la manifestación vimos desfilar en un mismo acto un auténtico revoltijo ideológico: activistas de la izquierda alternativa, partidarios de las terapias no convencionales contrarios a las vacunas y defensores de complots de todo tipo que tras cualquier evento ven la mano negra de "las finanzas internacionales" y los grandes actores de la economía globalizada (Bill Gates, George Soros), así como extremistas de derecha, concretamente del movimiento Reichsburg, que consideran ilegítima la Constitución alemana.

Este tipo de protestas, que en Estados Unidos ha instrumentalizado la alt-right, no son más que un aspecto de un fenómeno más amplio: la derecha radical, a quien normalmente se atribuye la voluntad de instaurar un estado fuerte, a quien la izquierda acusa a menudo incluso de estar tentada por el totalitarismo, ha pasado a presentarse como baluarte del derecho del individuo a esquivar el control de su vida privada por parte de las autoridades. En Italia, Matteo Salvini y Giorgia Meloni han protestado contra las medidas de confinamiento prolongado que, según dicen, el gobierno de Conte ha adoptado sin concertación. El eurodiputado de Vox Jorge Buxadé reprochó a Pedro Sánchez que haya eludido el control parlamentario de las medidas de confinamiento que han restringido la libertad de circulación.

La defensa del ciudadano raso ante el Gran Hermano por parte de la derecha radical será un tema que cogerá vuelo hasta cobrar tanta importancia como la cuestión migratoria. De hecho, se suma a las críticas de los radicales a la supresión de cuentas extremistas y complotistas en las redes sociales, por ejemplo. Durante el confinamiento, el Parlamento francés ha legislado sobre este asunto, lo que ha suscitado la hostilidad de Reagrupamiento Nacional, que está convencido de que el control de lo que piensan, dicen y escriben los ciudadanos se añade al control de su comportamiento en el espacio público para desembocar en una forma insidiosa de dictadura. Es necesario que los liberales y los socialdemócratas se tomen en serio esta nueva lucha por la libertad y contra los poderes soberanos del estado -ahora considerados ilegítimos- de la derecha radical. Si no, corren el riesgo de verse superados en una materia que, en principio, es fundamental en su proyecto político.