APUNTES AL NATURAL

Crear sociedad

El intento de cancelar la dimensión social hace que la gente busque refugiarse en la tribu

Donald Turmp durante la campaña electoral a Winsconsin / BRENDAN SMIALOWSKI / AFP
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1. El Bufón. Judith Butler, en La caída del rey Bufón, después de decir que “Donald Trump es un niño que suelta su rabia sin ningún adulto alrededor para regañarlo”, introduce uno del factores más destructivos del episodio trumpiano: “La idea del derecho como aquello que garantiza nuestros derechos y guía nuestras acciones ha sido transformada en un campo de batalla judicial. Para Trump no hay ninguna norma jurídica que no pueda ser contestada, [...] con el fin de sacar provecho personal”. No nos puede sorprender. ¿Qué vemos aquí desde hace un cierto tiempo? Cómo la derecha –y no solo– acaba haciendo pasar la vida política por el juzgado de guardia. Y así la confusión de poderes es permanente, cosa que invita al poder judicial ante cualquier circunstancia a subir a caballo del ejecutivo.

Veremos hasta dónde llega esta práctica Trump en la lucha judicial contra su derrota. ¿Habrá en el partido republicano alguien capaz de poner en su lugar al niño enrabietado de quien habla Butler? En todo caso, sus métodos ya hemos visto que hacen escuela.

En plena pandemia, las buenas noticias son tan raras que las pocas que llegan son una fiesta. Y la victoria de Joe Biden ha dado una sensación de alivio que suena a preludio de nuevas frustraciones. Trump se tendrá que ir a casa, por mucho que pueda aprovechar los dos meses que quedan para erosionar algo más las instituciones americanas, pero los problemas se quedan, las causas que han hecho posible un personaje así, también.

2. La destrucción de la dimensión social. El sociólogo francés Christopher Guilluy lo ha sintetizado así: “El modelo neoliberal de los años ochenta ha creado mucha riqueza pero ha fracasado en un aspecto: no ha creado sociedad”. De forma que “ha integrado a una parte importante de las clases superiores pero ha debilitado a las clases medias: los obreros, los campesinos, los empleados, los pequeños autónomos, los jubilados”. Todo ello no tiene que sorprender porque es una consecuencia inevitable de la deliberada destrucción de la dimensión social que ha seguido esta revolución: la reducción de la sociedad al individuo, simple sujeto económico. Y, si alguien duda, basta con leer a Steven Pinker, uno de los ideólogos de la globalización rampante, cuando dice que “la gente tiene que ser juzgada en función de los méritos y de las calidades individuales”. Columna central del discurso meritocrático, es decir, del que solo piensa en una parte de la sociedad, aquella que, jugando con ventaja desde el origen –ya sea por facultades naturales o por la capacidad del entorno– e incapaz de reconocer el papel central del azar en nuestras vidas, compra la doctrina que dice, como ha explicado muy bien Sandel, que el éxito lo justifica todo y redime moralmente al que lo logra, al mismo tiempo que el perdedor carga con la carga moral de la culpa por su desdicha.

Esta ideología, esta manera de afrontar las fracturas sociales contemporáneas, es el cultivo ideal de personajes como Trump, dispuestos a capitalizar el malestar y el resentimiento, al ritmo en que aumentan las fracturas. El progreso, dice Pinker, es “vivir más años, con más salud y con más recursos”. Si reducimos la experiencia humana a esto no es raro que, para usar palabras suyas, al ciudadano “no le importe tanto la verdad como la narración de las cosas”. Tanto es así que Pinker parece que no se dé cuenta de que el discurso de la meritocracia también es una narración de las cosas, y no precisamente de las menos siniestras.

Es este intento de cancelar la dimensión social lo que hace que la gente busque refugiarse en la tribu, y que los discursos de la raza, de la inmigración y del género sean utilizados para capitalizar el resentimiento. Y que personajes genuinamente establishment como Trump jueguen estas cartas, precisamente para garantizar el control social, aunque sea a expensas de cargarse las instituciones democráticas. Y así estamos. La derrota de Trump no nos puede hacer perder el mundo de vista: el futuro de las democracias está en juego. Y si la ciudadanía no es capaz de forzar un pacto de renovación que obligue a los sectores dirigentes a contribuir a reconstruir la sociedad desde la complicidad y no desde la confrontación, el odio y la insolencia reaparecerán regularmente.

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