Sobre el origen del proceso soberanista en Cataluña

Entre 2007 y 2010 Madrid recibió avisos de que recortar el Estatuto provocaría una crisis profunda

Hoy hace ocho años 12 cabeceras catalanas publicaron un editorial conjunto, "La dignidad de Cataluña", en la que se alertaba de los efectos desastrosos que tendría para el sistema constitucional nacido en 1978 una sentencia del Tribunal Constitucional contraria al Estatuto aprobado en referéndum tres años antes. El editorial denunciaba que "hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que corten de raíz la complejidad española". Y terminaba advirtiendo a la opinión pública y a la clase política española: "No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al deterioro de su dignidad". Entre los diarios que suscribieron ese texto, que causó un gran escándalo en Madrid, había, hay que subrayarlo, La Vanguardia y El Periódico.

Dos años antes, en noviembre de 2007, el entonces presidente de la Generalitat, José Montilla, había avisado en una conferencia en Madrid que en Cataluña estaba creciendo la distancia emocional respecto a España. "Creo que la primera prueba de lealtad institucional es advertir de las graves consecuencias políticas a medio y largo plazo de una grave desafección emocional de Cataluña hacia España y las instituciones comunes", dijo en un discurso que ha pasado a la pequeña historia del preproceso soberanista.

La conclusión es que en el periodo 2006-2010 todo el mundo era consciente en Cataluña de que una sentencia que desfigura el Estatuto tendría consecuencias catastróficas para la relación con España. Y se hicieron esfuerzos ingentes para alertar a Madrid de este peligro. Desde los socialistas hasta las organizaciones empresariales, que en 2007 habían reclamado la gestión del aeropuerto del Prat, sabían que si la operación del Estatuto fracasaba algo grave pasaría. Estaba en boca de todos. La inquietud era máxima para las maniobras para influir en el Tribunal Constitucional, que no se escondían, y por las filtraciones a los medios, que cada vez añadían más sombras a un Estatuto nuevecito que en aquel momento era del todo vigente.

Doble pacto

Pero el estado español no hizo caso, aplicó sin miramientos sus mecanismos legales y humilló a Cataluña retocando un texto que era fruto de un doble pacto político (Parlament y Cortes Generales) y que había sido refrendado por los ciudadanos.

¿Podría no haber habido, en estas circunstancias, algo parecido al proceso soberanista que después hemos conocido? Era muy difícil. El cuerpo social catalán tiene unas características (fuerte identidad nacional, profundo sentimiento de autogobierno, etc.) que lo empujaban a algún tipo de reacción para recuperar la dignidad perdida. Tenía razón Montilla y tenía razón el editorial conjunto.

Pero es que después de la sentencia fue todavía peor. Directamente se detuvo el proceso de transferencias dejando morir la comisión bilateral (hace pocos días Mariano Rajoy se jactaba en una entrevista en la radio de que él no había transferido ninguna competencia a Cataluña), se incumplió la disposición adicional tercera sobre inversión en infraestructuras en los presupuestos y desde 2014 el sistema de financiación, que ha resultado el enésimo engaño, está caducado. Y encima el PP ha iniciado un proceso de recentralización que ha convertido al Estatuto en papel mojado...

El independentismo crece sobre la muerte del pacto estatutario. Este es el origen, como sabía todo el mundo, y nadie hizo nada.

Ahora imaginemos que la sentencia del Estatuto hubiera declarado la plena constitucionalidad del texto; que el sistema de financiación respetara el criterio de ordinalidad; que la inversión en infraestructuras se situara en promedio alrededor del peso del PIB de Cataluña; que se hubiera puesto en marcha el Consorcio Tributario de Cataluña; que se hubiera implementado el Consejo de Justicia de Cataluña previsto en el Estatuto; que el catalán pudiera ser sin problema "lengua preferente" en la administración y en la escuela. Y la pieza más importante: un gobierno del estado leal comprometido con la aplicación de un autonomismo avanzado.

Los errores del soberanismo

Sin todo esto, ¿cómo se quería que una parte de la sociedad catalana no se sublevase? Se podrá acusar al proceso soberanista y a sus líderes de muchas cosas, de falta de realismo, de ingenuidad, de haber escondido las debilidades propias, de haber sido víctimas de una especie de espejismo con las gigantescas manifestaciones que les hicieron pensar que tenían un apoyo más alto del real, pero en ningún caso se podrá decir que es un fenómeno inventado o promovido por intereses espurios.

Ha sido la respuesta de una sociedad concreta, la catalana, a una ofensiva concreta, la del españolismo uniformizador, que ahora intenta culpabilizar a la víctima y se presenta como solución ante los mismos empresarios que hace 10 años pedían el Prat y hoy aplauden a los que se lo negaron.

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