El Castillo de la Moncloa

El Castillo de la Moncloa se parece cada día más al Castillo de Kafka

Una gran virtud de Jordi Cuixart es que es capaz de hacer propuestas razonables y lógicas, normales, pero que en el marco distorsionado de la política española parecen chistes inimaginables. El problema no es la propuesta, es el marco. Sabiendo que Sánchez ha abierto un ciclo de conversaciones con la sociedad civil, Cuixart le ha pedido una reunión en nombre de Òmnium Cultural. Es lógico y razonable. Òmnium es una de las expresiones más fuertes de la sociedad civil peninsular, en número de socios y en influencia social. Tiene muchas cosas que decir y que escuchar. Como no es un actor político, no es un interlocutor para negociar. Es un interlocutor para entender. Pero la petición ha sido recibida como si fuera una extravagancia. Porque Sánchez no quiere ni escuchar ni entender. El presidente español por investir se está en su Castillo de la Moncloa, con su propia lógica, en un mundo de espejos convexos, donde no toda la realidad tiene cabida. Sólo puedes entrar en él si antes pronuncias el 'santo y seña' de la sumisión y la renuncia. Como todos los que viven en el Castillo, Sánchez está convencido de que lo que no escucha no existe. Media Cataluña no existe. Está inhabilitada. Desde el Castillo sólo se ve lo que hay dentro del Castillo. Y el Castillo de la Moncloa se parece cada día más en el Castillo de Kafka.

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