Tres apuntes que sí son definitivos

A la espera de un horizonte más nítido -que este martes se intuía más azul demócrata que rojo republicano-, la jornada electoral del martes deja tres conclusiones que, a estas alturas, sí son definitivas. La primera: Donald Trump no es una casualidad. Si los comicios eran un referéndum sobre su figura, las urnas auguraron desde el principio que el presidente todavía tiene fuerza, como mínimo, para mantener un roce muy cerca con Joe Biden. Y no hay excusa: la cifra de participación, histórica -y que supuestamente tenía que beneficiar al bando demócrata-, deja claro que las fuerzas de los dos lados están bastante equiparadas y también movilizadas. Si Trump se va, su legado tardará en irse. Segunda conclusión: la oleada azul era solo una ilusión. Biden no ha arrasado, las encuestas han vuelto a fallar y los demócratas quizás se preguntan ahora si la mejor estrategia para echar a Trump de la Casa Blanca era optar por un candidato que durante la campaña electoral tenía como principal objetivo pasar desapercibido y no meter la pata. Y tercera y seguramente la más importante: la fractura social en los Estados Unidos empieza a ser irreparable. Trump, el presidente de la polarización, deja una sociedad más crispada, más tensa. Que ahora parezca dispuesto a materializar sus amenazas de no aceptar el resultado en caso de derrota echa más leña a un fuego atrevido y de alcance imprevisible.

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