ELECCIONS EUA 2020

Trump defiende su presidencia con la energía que no ha tenido Biden

Trump ha conseguido que seguirlo sea una religión y votarlo una rebelión

Seguimiento del recuento electoral en la plaza Black Lives Matter, en Washington DC / OLIVIER DOULIERY / AFP

Donald J. Trump venderá cara su piel. Ha cabalgado la frase “Yo no soy un político” con energía. Energía, esta es la palabra. Se ha pasado la campaña bailando YMCA de los Village People y aparcando el Air Force One junto al escenario, rodeado de miles de personas sin mascarilla, ni respeto ni complejos. Ha estado llamando Sleepy Joe a Joe Biden desde el primer día, como hace cuatro años le decía a Hillary Clinton que le faltaba “stamina”. El enérgico Trump ha vuelto a demostrar un dominio práctico de los instintos básicos de la gente que mira la tele y que proyecta su vida en la vida de los ricos, un dominio directamente proporcional a la incapacidad de los demócratas para elegir a un candidato competitivo, por segunda vez. Por eso esta madrugada tan larga me puedo imaginar a Trump mirando la televisión en la Casa Blanca y diciendo a sus 250 invitados “Poneos cómodos que nos reiremos”.

He ido a dormir con el mensaje de un profesor universitario de herencia demócrata que me dice: “No tengo ni idea de qué puede pasar. Creo que Trump tiene más apoyo de lo que se piensan los medios”. Unos amigos que viven en el rico condado de Montgomery, al lado de la ciudad de Washington, rabiosamente demócratas, han bajado por la avenida de las embajadas, Massachusetts Avenue, y han llegado hasta la calle 16, la que da a la Casa Blanca, para ver con sus propios ojos un espectáculo que no habían visto nunca: “Toni, lo tendrías que ver, la policía ha rodeado la Casa Blanca con un muro, no se puede llegar, parece que estemos en estado de asedio, ¡qué pena!” En el muro hay colgados muchos carteles: “Detened a Trump”; “La vida de los negros cuenta”; “Los campos de detención infantiles destruyen a los niños”; “Fracasado; “Amerikkka”.

A las cuatro de la madrugada nuestras, Trump, Biden y Obama han enviado mensajes a la gente que está en las colas para votar para que no se fueran a casa. Todavía no sabemos qué pasará pero los dos han ganado en los estados en los que se supone que tenían que ganar. Y no, Trump no es un loser o, al menos, todavía no. Trump gana en Ohio, en Pensilvania y en Florida, sobre todo en Florida, donde el recuento va deprisa y Trump no afloja: sus mensajes a los hispanos diciendo que Biden “es socialista” han funcionado con precisión. El propio Trump lo había escrito en un tuit con mayúsculas a media tarde: “Tiene muy buena pinta en todo el país. ¡Muchas gracias!” Biden no ha sabido imponerse en Florida ni con el doping constante de la presencia de Obama, que ha ido a poner toda la energía que Biden ya no puede mostrar.

Trump ha conseguido que seguirlo sea una religión y votarlo una rebelión. Trump no tiene partido ni votantes, tiene fieles de esos que cuanto más se ríen de su fe, más creen en ella. Le gritaban “¡Te queremos!” en los mítines y era verdad. Y él les decía “Yo soy vuestra voz” y era mentira, pero lo que era verdad es que Biden no sonaba como si fuera la voz de la gente, sino la gastada cancioncilla de una política que se ha hecho demasiados años en los despachos como para tener fuerza moral y sonar sexi, ganadora y verosímil, sobre todo ante un candidato que ha entendido que mucha gente ya no espera promesas ni soluciones de un presidente, tiene bastante con una lista de culpables a los que encasquetar su resentimiento. Y en la América de 2020, los motivos para el resentimiento, reales o fake, permiten hacer una lista generosa en odio y rencor, sobre todo si el presidente no tiene escrúpulos ni le importa que se le note.

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