La polarización se impone

La persistencia de fisuras seguirá marcando la realidad de los Estados Unidos

Un simpatizante de Trump intentando huir de manifestantes en la plaza Black Lives Matter ante la Casa Blanca el día de las elecciones en Washington / OLIVIER DOULIERY/ AFP

Como en su mundo de casinos y telerrealidad, el final de campaña de Donald Trump fue un todo o nada. En Kenosha admitió, ante la multitud, que estas elecciones no iban de lo que es mejor para los Estados Unidos sino que todo se trataba de él. Trump ha hecho de este momento excepcional, tenso y distópico un referéndum sobre su liderazgo, sobre el culto a una personalidad complicada y narcisista. Pero, una vez más, Trump olvida que él no es la razón de todo sino la consecuencia máxima de la división ratificada en las urnas.

El escenario del estar rozándose, de un déjà-vu de noche electoral que, a pesar de esto, todavía cuesta de analizar, demuestra que, gane quien gane la Casa Blanca después de un largo recuento, los Estados Unidos son hoy un país completamente dividido. Hace patente la distancia entre unos estados aferrados a posiciones y visiones del mundo totalmente opuestas, entre los que claman venganza contra las élites de Washington y los que temen la furia del supremacismo blanco.

La transformación del Partido Republicano sigue en marcha. La radicalización de esta campaña se ha traducido, por ejemplo, en la entrada en el Congreso de Marjorie Taylor Greene, candidata republicana por Georgia y una de las destacadas seguidoras de la teoría conspirativa de la extrema derecha Qanon, que asegura que una cábala de demócratas de Washington, celebridades de Hollywood y multimillonarios que dirigen el mundo están detrás de una red de secuestro y trata de niños. Greene ha ganado adeptos con sus vídeos antisemitas y de denuncia de una supuesta “invasión islámica”. El recuento de pequeños incidentes en todo el país se ha sumado al relato de una profecía anunciada con grandes paneles de madera cubriendo escaparates de tiendas y edificios de oficinas. Imágenes de una inestabilidad todavía por venir.

La polarización ha sido el efecto movilizador de estas elecciones: las ganas de echar a Trump de la Casa Blanca para unos y la confianza ciega en el líder para los otros. La de reelegir al presidente protector que sabe más de todo y ha vencido personalmente el covid para salir reforzado, o derrotar un liderazgo destructor que ha arrasado viejas alianzas, ha dividido profundamente el país y ha ninguneado una pandemia mortal. Los votos de los unos y de los otros responden a miedos diferentes: la pérdida de identidad y de oportunidades de la América blanca frente a la revuelta contra el racismo, la violencia policial y el abandono social que ha sometido a las grandes ciudades a los efectos más devastadores del coronavirus.

Pero las urnas han sido incapaces de dar por acabada –con rotundidad y sin segundas lecturas– esta división. El recuento de votos por correo y el horizonte de una batalla judicial alimentan todavía más el envenenamiento. El martes por la noche, la campaña de Trump empezó ya la recaudación de fondos para el día después, con un mail que afirmaba que "los medios de comunicación de las fake news y sus socios demócratas" les negarían la posibilidad de competir y pedía donaciones para garantizar la protección de "la integridad de estas elecciones".

Acabe como acabe esta confrontación, la persistencia de todas estas fisuras seguirá marcando la realidad de los Estados Unidos. Trump no es la causa sino el síntoma más histriónico de esta polarización.

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