Trump, el presidente del resentimiento

La presidencia de Donald J. Trump ha sido profundamente transformadora y les diré el porqué: porque hasta su llegada al Despacho Oval la afirmación de que una presidencia había sido profundamente transformadora era un elogio. Trump lo ha convertido en un horror. El constructor-magnate- playboy-protagonista de realities de televisión ha cambiado las categorías, y la transformación que deja en los libros de historia ha consistido en una abismal degradación del comportamiento esperable del presidente de la democracia más antigua del mundo y de la primera potencia militar del planeta, que ha ensuciado todos los rincones de la sociedad americana y ha salpicado de arrogancia las formas políticas de los cinco continentes.

¿Un ejemplo? Trump ha afirmado que según como vaya esta noche no respetará el resultado de las elecciones. Nunca el mundo había visto nada parecido en el país en el que la transferencia ordenada del poder ejecutivo cada cuatro años es una norma tan básica, y tan invisible, que parece que no resida en la Constitución sino en el aire que se respira. Si esta noche han oído clics que venían del otro lado del Atlántico quizás son de norteamericanos que estaban quitando el mecanismo de seguridad de su arma automática por si había que defender el resultado electoral por otros métodos. En esto ha consistido la presidencia transformadora de Trump.

Donald Trump ha sido el presidente del resentimiento. Un resentimiento, digámoslo enseguida, basado en hechos reales: la desindustrialización, la brecha salarial, la concentración de la riqueza, el fin del Sueño Americano, según el cual si te esfuerzas vivirás mejor que tus padres, la nostalgia del imperio que ganó dos guerras mundiales y ahora no gana ni al Made in China, la lejanía y la endogamia de Washington o la superioridad moral de la izquierda (o lo que quede de la izquierda). Trump ha descubierto y perforado los inmensos yacimientos de resentimiento social y lo ha conducido a la superficie después de pasarlo por la cañería más oscura del alma americana: el racismo latente contra negros e hispanos, la negación del cambio climático, la mezcla de Dios y capitalismo, la admiración por los millonarios, la desconfianza de los campus universitarios, el machismo que rechaza el #MeToo, el individualismo que considera que cualquier impuesto es socialista y que abomina de la sanidad pública “porque con mis impuestos tendría que pagar la quimio de un fumador”.

A golpe de tuit

Y todo lo ha hecho a golpe de tuit. El fascismo necesitó la radio, y la Guerra Fría contra el comunismo acabó con una victoria occidental a hombros del cine y la televisión. Trump también es un producto de la televisión pero ha alimentado la malicia y el rencor con un tuit matinal como aquel quien pone la hojita de lechuga al canario que gorjea alegre dentro de la jaula. Todos los políticos autoritarios han soñado con prescindir de la intermediación de los medios, pero Trump ha hecho realidad el sueño.

Sus tuits llenos de hechos alternativos han movido el mundo. Por eso en sus mítines el presidente se puede permitir señalar las cámaras del fondo y decir al público “Miradlos, los de las fake news. No encontraréis a ninguno que os diga la verdad que yo os explico. Porque yo no soy un político. Yo soy vuestra voz”.

Tienen sus razones, millones de norteamericanos normales y corrientes, para sentirse ninguneados por el sistema político. Mirad a Joe Biden: ¿no había ningún candidato mejor en la sala demócrata, o es que Biden era el que convenía al establishment? Por eso Trump ha ocupado todo el escenario de estas elecciones. Será él quien ganará o perderá. Pero si gana, todos perderemos.

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