El caos americano interpela a Europa

“Podemos estar contentos de vivir en países donde los resultados de las elecciones llegan puntuales y nadie los pone en entredicho -me dice Raphael Minder, corresponsal del New York Times -. En cambio, la primera potencia mundial, una de las democracias más viejas, vanguardia de la tecnología, es incapaz de gestionar el voto con eficacia y su sistema institucional da alarmantes señales de deterioro”. Impresiona que los Estados Unidos estén marcados por unas fracturas profundas que se remontan a su guerra civil, rebrotan cíclicamente y se expresan en forma de sectarismo religioso, racismo, xenofobia, fervor por las armas, machismo, desconfianza en las instituciones y un abismo cultural entre dos mundos que no consiguen reconciliarse.

El modelo bipartidista sobre el cual se ha estructurado la democracia americana es en el fondo el escenario ideal para la confrontación cada vez que el malestar aflora. Y esta vez la mutación del capitalismo industrial al capitalismo digital y postfinanciero ha provocado un nuevo estallido. Dos campañas electorales y cuatro años de Trump han llevado este mal estructural -este inconsciente que habita la sociedad americana- al paroxismo. Como ha dicho muy bien Josep Maria Colomer, Trump “no es un dictador, es el líder del caos”. Y ha conseguido arrastrar a la sociedad entera al despropósito.

Ahora ya no se puede negar que América está en crisis. Y sea cual sea el desenlace, le costará mucho remontar la sensación de explosión interior. Al fin y al cabo, si se ha llegado hasta aquí es también porque los demócratas no supieron anticipar cómo iba creciendo el cultivo social que ha permitido a Trump poner en escena su manera de estar en el mundo, fundada en el ninguneo del otro y el espíritu de venganza, dos motores de su vida.

Trump ha dominado la escena. Y aun así, aquello de lo que es síntoma es más importante que él mismo. Tratándolo como un payaso -por mucho que lo sea- se lo ha ayudado. Poco le importa lo que puedan pensar de él sus adversarios y los que no lo votarán nunca. Su carta es ser centro de atención permanente. Parecía que lo desgastaría, pero más bien ha servido para olvidar los problemas de fondo sobre los que navega el país bajo su espectáculo de furia y resentimiento. Y los demócratas han vuelto a caer en la trampa. Con Hillary Clinton no supieron captar las preocupaciones de una parte del electorado. Con Joe Biden han buscado estrictamente el contrapunto al personaje de Trump (prudencia, serenidad, buen sentido), pensando que así desmovilizarían al votante republicano. América son muchos mundos, articulados en dos. Y lo que impresiona es que un aumento importante de la participación electoral ha demostrado que no solo la América resentida o desesperada ha votado a Trump. Algunas encuestas le atribuyen un voto abundante entre las rentas altas.

Estas elecciones ponen sobre la mesa un problema que en Europa ya hace tiempo que supura: ¿hacia dónde evolucionarán las democracias liberales? La democracia americana ha sufrido una grave sacudida. ¿Qué pasará en Europa, cada vez más rodeada de regímenes autoritarios e iliberales? Europa espera a Biden para respirar, para desprenderse de la sombra de Trump y su actitud chulesca. Ni euforia porque gane uno, ni pesimismo porque gane el otro. Europa ya no puede esperar más: se tiene que hacer mayor. El contexto mundial lo requiere. Y la pandemia lo hace urgente. Tiene que ganar en articulación y eficacia. No puede verlas pasar. No puede quedarse definitivamente al margen del nuevo poder tecnológico, dejando espacio libre al duelo entre los EE.UU. y China. No puede permitir que las democracias europeas entren también en la vía del deterioro como vemos en América. No puede consentir unos poderes políticos cada vez más alejados de la ciudadanía. No puede dejar que los poderes económicos se desentiendan de las urgencias de la sociedad. Y no puede seguir fracasando a la hora de encontrar una forma efectiva de articulación como ente supranacional. Mande quien mande, los Estados Unidos no nos regalarán nada, Rusia seguirá contaminando el entorno europeo y China irá a lo suyo. Ahora que América nos ha enseñado sus miserias, aprendamos la lección: no nos dejemos llevar por los resentimientos y las frustraciones del pasado. Y, sobre todo, renovemos las democracias antes de que el oro y la insolencia les pasen por encima.

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