El estado de ánimo tampoco recibe ayudas

No basta con las ayudas económicas, que ni siquiera llegan

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Se agotan las ayudas a los autónomos como se agotaban las entradas de un concierto cuando todavía podíamos ir a escuchar música en directo. No tiene ningún sentido. Es un gag tan desproporcionado que nadie ríe. El Govern pide perdón por este colapso pero es difícil imaginar cómo no se puede prever un alud tan previsible. Alguien tendría que poner orden en general. O hacer su trabajo. Alguien tendría que pensar seriamente que no solo hay que ir con cuidado para superar el covid, sino también para mantener la salud mental. No basta con las ayudas económicas, que ni siquiera llegan. O que llegan lo bastante tarde como para acumular deudas. Hay que pensar en los efectos psicológicos que tiene una gestión pésima cuando de ella dependen tantas personas. Para vivir. O sobrevivir. Resolver problemas no es cuestión solo de hacer que funcione correctamente una página web. Aunque ahora mismo ya sería todo un acierto. Aceptamos las restricciones con una obediencia ejemplar, si es que la obediencia es un ejemplo, pero a cambio continúa el lío y el alud de titulares cada vez más pesados de lo que se supone que saben los unos y el que prevén los otros. Vemos como la bolsa se mueve en cuanto  Pfizer anuncia la vacuna del 90%. La esperanza está en venta, como todo. Como siempre. La pandemia insiste a mostrarnos todas las miserias y nosotros insistimos a mirar a otra lado. Se habla muy poco del cambio climático, por cierto.

Hay que pensar en los efectos psicológicos que tiene una gestión pésima cuando de ella dependen tantas personas. Para vivir. O sobrevivir

El mundo se prepara para reactivarse en su versión peor. Esto quiere decir que no se entrevé ninguna otra idea brillante que no sea volver a la casilla donde nos quedamos parados el pasado mes de marzo. Si es que no veníamos saturados de un sistema que indica, con pandemia o sin, que le hace falta una sacudida fuerte para ponerse en el lugar que le toca, suponiendo que toque un poco de justicia. La velocidad con la que se mueven las investigaciones para encontrar una vacuna contra el virus es admirable, pero al mismo tiempo es inevitable pensar qué pasa con todo aquello que no afecta a todo el mundo y cómo se reacciona cuando afecta especialmente los más olvidados. Nadie corre porque no hay prisa a salvar al que interesa que esté hundido. Me sabe mal pensar que los posibles aprendizajes se escurran otra vez por el mismo agujero que ha visto pasar otras esperanzas. Afortunadamente siempre nos quedarán iglesias abiertas para beatificar más santos, que no sé si se consideran bienes esenciales pero nombres de calles tienen unos cuantos. Valdría más reconocer la resiliencia de tantos hombres y de tantas mujeres que salen adelante con un sentido del vivir extraordinario y con una predisposición que facilita la vida de los otros, haciendo los días más agradecidos entre toques de queda y mascarillas oscuras. Y también reconocer la fragilidad que trae este tiempo de enfermedad y de incertidumbre. Observarla para aprender a dejar que forme parte de nuestra existencia. Esta y estará. Ha estado siempre. ¿Qué sentido tiene continuar escondiendo las emociones? ¿En que consiste la fortaleza? ¿Qué valores queremos que prevalezcan de verdad y no para quedar bien? ¿Quién encaja perfectamente en un sistema tan competitivo? La incertidumbre también la encuentro en las respuestas que me doy a mí misma pero confío que una reflexión general quizás nos pueda llevar a algún cobijo colectivo. Para confiar en las personas y no dejarlo todo en manos de designios divinos.  

Hay promesas de vacunaciones masivas. Más o menos como las ayudas a los autónomos: no habrá para todo el mundo. Lo vemos, hace años que lo vemos. Y de vez en cuando nos rebelamos y generamos debates fértiles que nos acercan a algún lugar donde nos gustaría vivir. 

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