Lágrimas por el estado de derecho

Ojalá todos los generales, tenientes coroneles y tribunales entendieran que no son actores políticos

El mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero, uno de los días del juicio que se celebró en la Audiencia Nacional. / EMILIO NARANJO / EFE

"Un ciudadano de un pueblo libre no tiene que expiar las faltas que no son suyas ni tiene que ser víctima de la impotencia ni del egoísmo del Estado”. Son palabras de Manuel Alonso, el ministro de Gracia y Justicia del rey Alfonso XII y padre de la ley española de enjuiciamiento criminal de 1882, que sigue vigente. La abogada Olga Tubau las pronunció, con lágrimas en los ojos, al final del juicio contra el mayor Trapero. Alonso era un monárquico, conservador y centralista español. Seguro que la abogada lo tuvo en cuenta cuando eligió la cita para pedir la absolución de su cliente en la Audiencia Nacional.

Tubau es una jurista curtida. Con tanta elegancia en las formas como contundencia y rigor en el fondo. Antes de defender a Trapero, ya era muy conocida y respetada porque, entre otros muchos méritos, descubrió los GAL e hizo posible la condena del ministro Barrionuevo por el caso Marey. Entonces, ¿cómo puede ser que la supere la emoción? Nos hacía falta un análisis de todo lo que hay detrás de ese instante. Lo ha hecho el periodista y escritor Ernesto Ekaizer, con el libro que titula Cap de turc.

La crónica de Ekaizer es un nuevo episodio del thriller que, hoy, enfrenta a las razones de estado y al estado de derecho. El autor vuelve a septiembre y octubre de 2017, cuando el Govern preparaba el referéndum y el coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos tenía que coordinar el operativo policial del 1 de octubre con la Policía Nacional y los Mossos d'Esquadra. El libro retrata la conjura del coronel y el teniente coronel Baena, con un plan preconcebido para abatir al mayor de los Mossos y atentar contra el prestigio del cuerpo. No se trata, solo, de una coartada para justificar una rebelión imaginaria con las armas de la policía de la Generalitat, sino de una chapucera revancha del estado profundo más superado, corrompido y rabioso. La disección de Ekaizer incluye revelaciones, ordena los hechos y, sobre todo, los contextualiza. Es por eso que, si me permiten la licencia, no es un libro imprescindible, sino lo siguiente.

La restitución del mayor como máximo mando policial ha sido un acto de justicia y de reparación. Ahora hace falta que el Govern gobierne y que los Mossos hagan su trabajo. Cada cual tiene que asumir la responsabilidad que le corresponde. No tengo ninguna amistad con él. Apenas hemos coincidido. Es obvio que no milita en el independentismo y que ha hecho todo lo posible –a veces, sin éxito– para que nadie lo utilizara desde este flanco ideológico. Los que sí lo conocen coinciden en que su única militancia es la policial. De hecho, eso es lo que lo ha llevado al banquillo de los acusados y, a la vez, lo que ha hecho posible la absolución. ¿Los Mossos habrían podido impedir las votaciones con la utilización de la fuerza? No. ¿Hubo violencia por parte de la ciudadanía? No. ¿Se tiene que usar la fuerza si provoca más mal que bien? No. La fuerza tiene que ser siempre la última opción y nunca tiene que servir para empeorar las cosas.

Los Mossos d'Esquadra son una policía democrática, moderna y reconocida. Como en todos los ámbitos relacionados con los derechos y las libertades, siempre habrá motivos de insatisfacción y márgenes amplios de mejora, pero hay cosas que son inimaginables. Los atestados de los Mossos hablan de hechos, no de percepciones políticas. Ojalá todos los generales, tenientes coroneles y tribunales entendieran que no son actores políticos y actuaran con el mismo rigor profesional que los Mossos d'Esquadra. Los policías, los tribunales y los gobiernos siempre tendríamos que formar parte de las soluciones, nunca de los problemas.

El derecho tiene que ser previsible. En cambio, hace tiempo que esta condición ha quedado alterada por la politización de la justicia y la judicialización de la política. El amigo, jurista y ex conseller Carles Mundó recuerda a menudo a Francesco Carrara, que inspiró el primer código penal de Italia. “Cuando la política entra por la puerta del tribunal, la justicia huye por la ventana”, decía. Con su libro, afortunadamente, Ekaizer pronosticó la absolución cuatro meses antes de que el tribunal diera a conocer la sentencia. No lo hizo al azar, sino con la experiencia de un veterano y la energía de un principiante. Sus historias no están escritas desde ninguna trinchera, sino con oficio y honestidad. Es por eso que puede asumir el riesgo de escribir premoniciones.

Entiendo que la abogada Olga Tubau se emocionara en la defensa final de su cliente. Si me hubiera pasado a mí, también habría calificado aquellas lágrimas de “espectáculo lamentable”, tal como hizo ella, inmediatamente. Seguro que sintió vergüenza. En cambio, cualquier jurista tiene que sentir admiración. No lloraba por su cliente, sino por la amenaza contra el estado de derecho. Es decir, por el temor a que un tribunal renunciara a su deber de evitar la condena de un “cabeza de turco” como el que describe Ernesto Ekaizer.

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