Ana Rosa se hace la escandalizada

Ningún teléfono pasaría la prueba de la virtud inmaculada, ni cuela que las cloacas del Estado y de la televisión se hagan las escandalizadas por unos mensajes robados. Se llevan las manos a la cabeza los mismos que violan un precinto policial para grabar la bañera donde unos niños fueron asesinados, los mismos que han convertido las vísceras en mercancía diaria. Pero el espectáculo político está servido y el desánimo de los independentistas se extiende. "El plan Moncloa triunfa", dice Puigdemont, y el PP lo convierte en un eslogan victorioso. "Los nuestros nos han sacrificado", dice el candidato de Junts per Catalunya a la presidencia de la Generalitat desde Bruselas. La frivolidad se ha apoderado definitivamente de la política cuando los discursos privados y los públicos aparecen a años luz la misma tarde, y el resultado es una pérdida de credibilidad de los protagonistas. El cinismo político imperante hace que los ciudadanos españoles asistan a la degradación de su democracia y muchos catalanes ven que el sueño se convierte en tragedia. La sociedad catalana se jugó mucho el día 1 de octubre, la economía se juega mucho y los que levantan la persiana cada día merecen más respeto. La política española no perderá nunca la oportunidad de cebarse humillando a una Cataluña a quien quiere asimilada. Que el 47% de votantes independentistas se sientan humillados o no dependerá de la responsabilidad de sus líderes y de cómo interpreten los votos prestados de esta segunda oportunidad. Dependerá de que nos ahorren "el ridículo histórico".

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