La decadencia

El estado español sigue aplazando su reforma y hundiéndose en una pintoresca y decadente irrelevancia en Europa. Las noticias de este hundimiento se van sucediendo sin que la fibra ciudadana, la que reacciona con autoridad contra los abusos cuando las democracias funcionan, se imponga ante la erosión permanente de la calidad del sistema político. La española no es la primera democracia que en sus cloacas esconde enormes orejas y, de hecho, François Mitterrand escuchaba a su actriz favorita, Carol Bouquet, caprichosamente a través de sus servicios secretos. Tampoco es la primera democracia con partidos políticos corruptos o con reyes con amantes y cuentas en Suiza de origen dudoso y que no tributan. Tampoco es el único país donde se reprime a la disidencia y se la aprisiona con una justicia politizada. España no es única, pero sí que es la excepción europea cuando el abuso de poder se convierte en norma ante cierta displicencia de una opinión pública donde la antipolítica tiene raíces profundas y la economía acompaña al pesimismo. Sabíamos que la Transición fue un pacto por la amnesia que evitó hacer justicia y que no trabajó para conseguir una lectura madura y común de los hechos históricos que permitiera tirar hacia adelante. Pero hoy también sabemos que la Transición fue un pacto construido encima de una inmensa cloaca que ha sobresalido y que, si no se reconduce con tuberías nuevas, olerá tanto que su hedor no sólo será insoportable para la mitad de los catalanes.