Fábula de un iluso

A veces piensa que podría haber sido británico o noruego, para poder decidir sin dramas colectivos

El ciudadano, perplejo aún por la gravedad de los hechos de las últimas semanas, se debate internamente entre la emoción y la razón. Sube la persiana del establecimiento como cada día y se va a trabajar preocupado por si la economía se frena. Todavía tiene demasiado fresca la angustia vivida para flotar durante la crisis económica, y si durante gran parte del Proceso la economía no se dejó intoxicar por la política, ve a su alrededor que desde el 1 de octubre esto ha cambiado. La violencia, su retransmisión internacional y la salida de las sedes empresariales no son la mejor de las presentaciones para su negocio, ni para la marca de su ciudad, que tiene que competir con las principales capitales europeas. No está de buen humor. El muy iluso, a veces piensa que podría haber sido británico o noruego y vivir en una democracia sólida donde se pudiera decidir sin dramas colectivos.

Nuestro ciudadano perplejo ya hace muchos años que se acostumbró comercialmente a reducir al máximo la exposición a la administración y puso el esfuerzo en la exportación. Ahora lo celebra porque la administración no contrata nada, intervenida y parada.

El ciudadano tiene un abogado que también tiene despacho en Madrid y le cuenta que sus socios le llaman para preguntarle si es indepe. El abogado duda entre votar a Ciudadanos o el PP, pero se ha convertido en sospechoso para sus socios porque la firma no abandona Cataluña y, claro, mejor no significarse. Esta semana ha ido a Fomento a escuchar al presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, y ha oído cómo decía a los empresarios que "no saquen" las empresas de Cataluña. Por un momento, sentado en una de las últimas mesas de invitados, ha pensado que el gobierno del PP hizo un decreto para favorecer la salida de sedes de Cataluña, pero la señora de al lado lo ha despistado pidiéndole que le pasara el agua y ha cambiado de tema.

Nuestro ciudadano tiene una hija abogada que trabaja en la Generalitat. Domingo a la hora de comer le explicó que está haciendo los informes en castellano porque le han dicho que "así nos entendemos todos" y los envía directamente a Madrid, que la actividad es escasa y han decaído los recursos que estaba previsto poner contra leyes catalanas bloqueadas por el gobierno central, como la del audiovisual, que tiene efectos directos sobre el presupuesto de Cultura, cada vez más magro. Una de sus cien mejores amigas trabaja en una productora de televisión y está concentrada en la exportación de una serie de dibujos animados. Cada vez coloca menos programas generalistas a TV3, porque la cadena no puede prever las consecuencias reales de la intervención económica y tiene dificultades para trabajar la programación con previsión a medio plazo.

Nuestro héroe normal está cabreado porque no le gusta que medio gobierno esté en la cárcel y el presidente cesado por el artículo 155 en Bruselas. Lo que está pasando le recuerda el final del franquismo y tiene miedo de las consecuencias de la intervención sobre la escuela, la lengua y la tele porque la actuación de algunos jueces y políticos huele a involución democrática. Lo mortifica que gente pacífica que ha liderado las manifestaciones ejemplares de los últimos años estén en prisión y no puedan ver a sus hijos, ni expresar sus ideas cívicamente. Le indigna ver a su presidente con legitimidad pero sin competencias en Bruselas. Cree que el gobierno catalán se ha equivocado de estrategia, a veces tiene ganas de mandarlos a freír espárragos, pero tiene claro que ahora habrá que reconstruir el trabajo de cuarenta años y hacer más manifestaciones para liberar a los presos y mantenerse alerta. Su mujer dice que algunos han hecho magia despreciando las dificultades de la política de verdad. Ella lleva un restaurante en el que ha bajado la facturación y cuando se cabrea dice que votará a Miquel Iceta, porque es el voto útil para detener a la derecha de Ciudadanos y el PP. Él le contesta que el PSC votó el artículo 155, que ha dejado la Generalitat en manos de Rajoy, y le recuerda que la policía ya está completamente intervenida y el mayor Trapero está en una comisaría dedicado a la burocracia mientras espera decisiones judiciales por no haber actuado como la Policía Nacional el día 1-O. Por un momento el ciudadano piensa que quizá la independencia es una utopía, que votará en blanco y que para el negocio sería mejor no significarse políticamente.

De camino hacia el tren entra en un bar y encuentra un diario donde hay un artículo de Duran i Lleida "Ficción y realidad". Nuestro amigo tiene una revelación, una epifanía. Nuestro hombre normal se siente tratado de iluso, insultado. Hace muchos años que decidió que preferiría la ilusión al cinismo y la verdad al engaño y la degradación moral. El hombre se da cuenta de que esto del soberanismo va para largo, pero que España nunca ha dado oxígeno a los que han querido reformarla desde dentro y que la negociación la confunde con la humillación. Duran i Lleida le recuerda qué es España políticamente. ¿Por qué ahora debería ser diferente? De repente recuerda el Estatuto y la sentencia del TC, el corredor mediterráneo, los problemas en El Prat, las bajas inversiones en infraestructuras, las dificultades en el puerto, la nula colaboración de la diplomacia española cuando intenta exportar, Cercanías, el sistema de financiación, la españolización de los niños catalanes. Recuerda que siempre tiene que acabar pidiendo disculpas por hablar en catalán y esa sensación de que le perdonan la vida. De repente recuerda por qué dejó de confiar en que el progreso de Cataluña pase por España. Piensa que la soberanía de Cataluña irá para largo, pero no volverá atrás. Eso sí, que le hablen claro.

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