Un nudo

En una sola lista o en varias, los soberanistas deberán reconstruir propuestas y objetivos

De nuevo y con esperanza, a pesar de la desorientación que ha provocado la situación política de las últimas semanas y la impotencia por el encarcelamiento de los principales líderes soberanistas, de manera cívica, multitudinaria, miles de personas han vuelto a salir a la calle, ahora para pedir la libertad de los líderes de la ANC y Òmnium, Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, el vicepresidente del gobierno, Oriol Junqueras, y las conselleres Borràs y Bassa y los consellers Mundó, Forn, Turull, Romeva i Rull. Una vez más de manera cívica, pacífica, pero esta vez con un nudo en el estómago. Con dignidad, pero con tristeza y escuchando en silencio a los hijos de algunos de los políticos honrados que están encarcelados por sus ideas y por una estrategia política desconcertante, pero empujada por la falta de razonamiento político de una España impasible, ciega. El ambiente de este sábado no era festivo, era un acto colectivo de calor a las familias y a los propios asistentes, todavía descolocados por la represión, por la anulación del autogobierno, por la prisión por razones de conciencia de personas pacíficas y elegidas democráticamente.

La manifestación ha sido también un llamamiento a la unidad. Pero la lógica de los partidos no es la del resto de humanos y no está claro que se supere la agenda partidista y se consiga una lista única, ni siquiera que esta sea la mejor fórmula para gestionar las dificultades del 22 de diciembre. La agrupación de electores que pide el presidente Puigdemont borraría siglas y sería un desafío unitario al Estado, pero sería una lista instrumental que perdería la financiación y los espacios electorales, que los partidos valoran. Sería lo más conveniente para un PDECat desorientado, que necesita reconstruirse, pero con las elecciones convocadas por Rajoy, Puigdemont ha perdido la capacidad presidencial de disolver y, por lo tanto, ha perdido la capacidad de presión sobre sus socios. En una sola lista o en varias, los soberanistas deberán reconstruir propuestas, objetivos e itinerarios. Por el bien del país, deberán hacer una catarsis colectiva que explique a sus electores dónde se han cometido errores y cuáles son los nuevos tempos y objetivos realistas. Pero probablemente no podrán hacerlo antes de las elecciones sino después, y será entonces, una vez evaluada la fuerza electoral, cuando podrán fijar objetivos, estrategias y calendarios.

España es todavía un país reactivo al cambio, suspicaz con la diferencia, y algunos actores políticos y judiciales parecen perseguir más la abjuración del contrincante que el cumplimiento del derecho o el debate político

El último mes el bloque constitucionalista se ha reforzado y la aplicación del artículo 155 con el concurso del PSC ha dado alas a Miquel Iceta. Su pretensión es actuar de bisagra con el sector teóricamente duro (PP y Cs) e ir a pescar moderados incluso en aguas enrarecidas como las de Unió. La estrategia es arriesgada, pero trabajada con sus relaciones directas con la Moncloa a la espera de los resultados del día 21 y los escenarios que los votantes abran.

Los herejes

Hay gente que siempre tiene una hoguera a mano. Una hoguera para brujas, para herejes, para comunistas, masones, independentistas o, incluso, para partidarios de la unidad de España. La hoguera puede tener la forma de editorial de periódico como-dios-manda, pero también de tuit bien nuestro. El caso es que desde la verdad absoluta que da la proximidad al poder, un sofá confortable, una cuenta corriente saneada o un aula universitaria más o menos lejana es fácil dictar doctrina de pureza para que la cumplan los demás. La salida de la cárcel de la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, ha dado la oportunidad de encender hogueras. Algunos diarios editados en Madrid hablan de "renegar del independentismo", de "rectificación" y de un "arrepentimiento no creíble". Ya se sabe que la abjuración requiere la retractación y anatematización, además de la profesión de fe católica. Además, hay que establecer si el ánimo es sincero y tiene recta intención. Los amantes de las rectificaciones y abjuraciones siguen la estela de la Santa Inquisición o del gran Bèria, el responsable de la gran purga estalinista. Un hombre que daba tanto miedo que en los años 90 los moscovitas aún evitaban pasar por delante de lo que había sido su casa. Hace unos días una persona equilibrada me hacía pensar sobre la desgracia, la oportunidad perdida, que significó la Contrarreforma. España es todavía un país reactivo al cambio, suspicaz con la diferencia, y algunos actores políticos y judiciales parecen perseguir más la abjuración del contrincante que el cumplimiento del derecho o el debate político. El fiscal general del Estado, José Manuel Maza, sugirió claramente, respecto a la prisión del vicepresidente y los consellers, que si hubieran acatado la Constitución y el 155 "quizás algo habría cambiado".

Las palabras del fiscal instando a la abjuración de las ideas y la reacción entusiasta de los que ven en una simple estrategia de defensa una traición de Forcadell no hacen más que confirmar el carácter político de los delitos y las medidas judiciales aplicadas. La prohibición a Carmen Forcadell de asistir a la manifestación de ayer es un acto inútil desde el punto de vista político porque ella y los presos están muy presentes en miles de personas que exigen su libertad como una necesidad urgente y que mantienen sus ideas, como demostraron multitudinariamente. Tras ellos, tras nosotros, vendrán otros. Lo que hará falta es hacerlo mejor, con menos gregarismo y escuchando también lo que no guste oír.

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