"Siempre has sido un hombre"

El patrón más extendido no da poder a las mujeres, y no es por meritocracia sino por prejuicios

"Siempre has sido un hombre", dice un amigo. Aunque parezca increíble, lo dice como un halago. La intención de sus palabras, pasadas por la traducción del masculino, es transmitir que no eres una intrusa en un mundo de hombres sino uno "de ellos", uno "de los nuestros". Gracias. La surrealista aceptación en el club masculino viene a ser un reconocimiento amable, pero que muchas mujeres hace muchos años decidieron que no necesitaban como requisito para hacer cosas y hacerlas a su manera. Pedir permiso por lo que es tu derecho había terminado. Sin embargo, una mujer en un plató de televisión en un debate político rodeada de ocho colegas hombres todavía es una realidad e incluso -esta es la novedad- un escándalo para la audiencia, que lo sanciona mayoritariamente como una anomalía. En ningún caso es una situación de 8 contra 1 porque el 1 no está en contra de nadie, pero el desequilibrio de la presencia de géneros -¡ya ni hablamos de la presencia de minorías! -es un síntoma de una enfermedad profunda que la sociedad cada vez tiene más bien diagnosticada y cada vez rechaza con más intensidad.

La desproporción de la presencia subraya la externalidad femenina porque las mujeres que llegan a cargos de influencia se ven como personas que rompen barreras o que cogen algo a lo que no acaban de tener derecho. No son la "normalidad" sino un cuerpo externo.

El problema de fondo que explica la todavía escasa presencia de mujeres en la esfera pública es la dificultad de acceso a los cargos de responsabilidad y la posterior visibilidad. Si queremos que las mujeres, como género, tengan el lugar que les corresponde en el interior de las estructuras de poder y representándolas, debemos reflexionar sobre los mecanismos con los que se toman las decisiones cuando se elige a las personas. El patrón más extendido no da poder a las mujeres, y no es por razones meritocráticas sino por prejuicios, comodidad o pereza de pensar. Especialmente en profesiones con una gran presencia de mujeres como el periodismo, el derecho o la medicina, la representación del colectivo todavía es vergonzosamente minoritaria.

Las mujeres con cargos de influencia se ven como personas que cogen algo a lo que no acaban de tener derecho

El primer derecho de las mujeres es estar en los puestos de decisión y el segundo es actuar como tales. Superar el síndrome de "la intervención fracasada", como lo llama la catedrática de Cambridge Mary Beard. Es decir, superar y denunciar el hecho de que las ideas no se escuchen de manera efectiva hasta que las pronuncia o las repite una voz masculina y reivindicar el derecho a ser tomadas en serio. Por eso hace falta no aceptar el 'mansplaining', que son aquellas explicaciones expresadas con gran seguridad por aficionados a temas de los que las mujeres ‘aleccionadas’ son expertas. No hace falta ni ser viril, ni pensar como un hombre para ser escuchada. Hay que reivindicar ser y actuar como una mujer con lo que eso signifique. Ya no debería ser necesario, como hizo Margaret Thatcher, ir a clases específicas para hablar con una voz más grave para tener derecho a ser escuchada.

Como dice Beard, "lo que necesitamos es una especie de concienciación, como en los viejos tiempos, sobre a qué nos referimos cuando hablamos de la voz de la autoridad y cómo hemos llegado a construirla". ¿La autoridad depende de la altura? ¿Del peso? ¿De la gravedad de la voz? ¿De la capacidad de solemnizar la obviedad? ¿O la autoridad depende de las capacidades y los méritos? De la respuesta que seamos capaces de dar socialmente a estas preguntas dependerá la igualdad y la apreciación del talento en nuestra sociedad, y esta es una cuestión de fondo. El acceso de las mujeres y las minorías al debate público debe ser revolucionario socialmente. El recambio de liderazgos debe significar naturalmente más transparencia, más meritocracia y el mismo número de mediocres de los diversos géneros en los puestos de decisión.

Después todavía faltará que las mujeres se empoderen verdaderamente. Que den un paso adelante. Que no esperen el reconocimiento ni el asentimiento de su alrededor. Que estén dispuestas a tener iniciativa, a ser objeto de crítica feroz en las redes si es el impuesto, que se sacudan la culpa judeocristiana que obliga a cumplir con los patrones asumiendo que la asfixia permanente es una situación sostenible e inevitable. Que no pidan ayuda con los hijos sino que exijan compartir la educación y el cuidado como un disfrute y una responsabilidad común. En el último año nuestra sociedad ha cambiado. La huelga feminista del 8-M fue un grito de una nueva generación conectada con generaciones anteriores que han picado piedra antes por la igualdad. Muchos no vieron venir el tsunami que representó y quizás incluso piensan que la ola ha pasado. Ellas han venido para quedarse en todos los niveles y cuentan con aliados masculinos generacionales que están a la altura de las aspiraciones de un mundo más justo. Será largo y difícil, pero cambiarán el mundo. Al menos el nuestro.

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