Venenosa lengua

Cuanto más se tarde en recuperar la Generalitat más irreversible será el mal sobre el autogobierno

" Juan, No tascriurem. An català non sabem y an castella u trovo ridicul. Ya tanirem pican y parlarem per telefono"*. Primera y única carta de una madre escolarizada durante el franquismo al hijo que se había ido de casa para estudiar un Erasmus. Todos los catalanes conocemos anécdotas similares sobre las dificultades que ha tenido la lengua para adquirir el estatus de lengua normal en un país disfuncional. Todos conocemos anécdotas como la de un valenciano al que los padres se dirigían en castellano haciendo esfuerzos y cuando reivindicaba la lengua le preguntaban extrañados: "¿Cuántos kilómetros puedes andar con el valenciano? ¿Cuarenta?" Obviamente la dirección natural era hacia Madrid. De eso no hace tanto tiempo.

Muchos catalanes también estamos rodeados, en mi caso hasta el tuétano, de padres y abuelos catalanes castellanohablantes que aprendieron la lengua por amor y respeto a la tierra y que entendieron que el catalán, como los estudios, eran instrumentos fundamentales para la cohesión y el progreso personal y colectivo; que el conocimiento de una lengua y la práctica del bilingüismo eran oportunidades de crecimiento.

Así, luchando por la recuperación de la lengua, por su normalización, y entendiéndola como un elemento de cohesión, hemos llegado todos juntos al siglo XXI.

PP y Ciudadanos están más preocupados por desmontar la escuela que por garantizar su calidad y la excelencia

El catalán que ahora se habla y se escribe debe mucho a Pompeu Fabra y por eso este domingo el diario se detiene para rendir homenaje, jugar y aprender con la figura del ingeniero que hizo química con las palabras hasta dejarnos en herencia una lengua ordenada y viva.

La escuela ha contribuido mucho durante las últimas décadas. El modelo de inmersión lingüística ha conseguido que los niños tengan competencias similares en castellano a los del resto del Estado y conozcan también la lengua catalana. Una lengua minoritaria en la realidad del mundo que nos rodea por más mentiras que se digan sobre los inexistentes agravios que sufre el castellano.

Por eso la alerta de esta semana es máxima. Las intenciones del ministerio de Educación de acabar con un modelo escolar de éxito aprovechando la intervención del autogobierno a través del 155 es la muestra de una deslealtad sin límite que busca aplicar un proyecto político de uniformización. En su carrera populista para seducir al neonacionalisme español, PP y Ciutadans están más preocupados por desmontar la escuela que por garantizar su calidad y la excelencia. Más preocupados por sacar réditos del anticatalanismo y escarmentar a los independentistas que por reflexionar sobre la calidad democrática de España, la terca diversidad y los riesgos sobre la economía y las inversiones a medio plazo que están generando la inestabilidad y la inoperancia de la gestión pública.

Así muere la democracia

Dos profesores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, sostienen en su libro How democracies die [Cómo mueren las democracias] que "la historia no se repite, pero rima" y concluyen que "la promesa de la historia es que podamos encontrar las rimas antes de que sea demasiado tarde". Argumentan que las democracias no suelen sucumbir por un evento catastrófico como un golpe de estado de una junta militar, sino que suelen caer por el debilitamiento gradual de instituciones fundamentales como el sistema judicial y la prensa. De su tesis se deduce que un país es tan fuerte como lo son sus instituciones y que "la erosión democrática puede resultar prácticamente imperceptible" para la opinión pública. El régimen, dicen, "no atraviesa líneas rojas hacia una dictadura", nada hace sonar las señales de alarma social "porque no hay un momento determinante en que se pueda hablar de la suspensión de la Constitución o la imposición de la ley marcial". Levitsky y Ziblatt advierten que los intentos de subvertir la democracia pueden ser "legales", en el sentido de que son aprobados por el legislativo y aceptados por la justicia. Incluso se pueden disfrazar de esfuerzos para mejorar la democracia mientras la prensa lo mira acosada o autocensurándose. El libro, recientemente publicado en EEUU, responde a la preocupación de muchos estadounidenses por el deterioro de la esfera pública con la presidencia de Trump. Pero la lectura suena en la actual España de una manera inquietante.

En Cataluña es urgente recuperar las instituciones, que hoy están penetradas por la administración española. Los trabajadores de la Generalitat se mueven mayoritariamente entre la colaboración para evitar la parálisis y la indignación. Las decisiones se toman desde el gobierno español con los criterios políticos de un partido que tiene 4 representantes en el Parlamento de Cataluña y está en plena competición electoral en el Estado con Ciudadanos, un partido que nació con el único objetivo de poner fin a la inmersión lingüística y homogeneizar España. El estado español no tiene intención de actualizar el pacto de la Transición y, si lo hace, será para hacer tabla rasa y no para respetar la diversidad. Cuanto más se tarde en recuperar la Generalitat más irreversible será el mal sobre el autogobierno.

*Este fragmento en catalán contiene un alto número de errores ortográficos.

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