El relato (climático) es tuyo

Tanto el orden como la revolución no son gran cosa sin un relato que los sostenga

La batalla por el relato. Es un concepto de moda que, ahora lo veo, empecé a interiorizar en 1983 gracias a Eurovisión. Yo tenía once años, me gustaba el espectáculo y sentir que participaba en ese festival lleno de rubios y acentos, y recuerdo haber creído lo que decían los medios de comunicación nacionales: que ¿Quién maneja mi barca? era un temazo capaz de conquistar Europa. Cuando Spain, representada por Remedios Amaya, sacó cero puntos tuve la impresión de que alguien me había convencido de algo que originalmente yo no había tenido muy claro.

Entonces no pensé más en ello pero ahora, después de asistir a cómo los presuntos temazos autóctonos sucumben año tras año en el festival; a cómo buena parte de España interioriza que en Catalunya hay violencia terrorista; o a cómo se consensúa internacionalmente que la solución al cambio climático pasa por las nuevas tecnologías producidas a gran escala, el título que cantaba la Amaya emerge con un poder de anticipación orwelliano. Aún más al recordar cómo sigue el estribillo: Que a la deriva me lleva.

Hoy parece muy claro que la barca la maneja el que impone su relato, y que sepa menear un timón es lo de menos. Remedando una frase de moda -“La revolución, o la haces tú o te la hacen”-, podemos afirmar que el relato, o lo cuentas tú o te lo cuentan.

En lo que incumbe al tema del cambio climático, podemos concluir que hasta hace muy poco alguien nos ha estado contando una historia de progreso, números y tecnología que hemos asumido como propia. Alguien nos ha dicho que, si seguíamos esa senda y éramos prácticos, rápidos, eficaces, el mundo funcionaría mejor. Pero ahora nos está pareciendo que los monocultivos industriales, el ordeño mecánico o cambiar los ciclos de sueño a las ovejas para que paran tres veces al año quizá no sea tan ideal.

Paul Kingsnorth, exeditor de la revista The Ecologist, de publicaciones de Greenpeace o de la web openDemocracy, opina que se ha idealizado la tecnología hasta tal punto que hemos situado a las máquinas y su eficiente mundo hiperveloz en el centro de las narraciones. Ensalzando al robot aplaudimos nuestro propio genio creador, y a base de vanidad hemos llenado nuestras vidas de asombrosos artificios que parecen elevarnos a un lugar superior, despegándonos tanto del suelo que algunos humanos -demasiados- ya se creen más que naturaleza: pseudodioses con licencia para imprimir al planeta el ritmo antinatural que está estresándolo todo.

Quien desee un cambio verdadero, debería aparcar esta milonga de soberbia tecnológica y contar algo cercano, y tan lento o acelerado como permita la escala humana. No más. Para cambiar dinámicas hay que cambiar las historias que nos contamos, y lo puede hacer igual un artista que cualquiera con la coherencia y valentía suficiente para volver a reivindicar el valor del poeta y lo “inútil”.

Coherencia, sí: hace unos días, un programa de radio dedicó un espacio a comentar lo necesario que es variar hábitos para enfrentar la emergencia climática. Se habló de reciclaje, de no gastar agua ni despilfarrar comida. Después, dos economistas analizaron la economía europea criticando la política ahorradora de Alemania. Dijeron que aquel país (con uno de los partidos ecologistas más potentes del mundo) estaba llevando a Europa a la ruina con su política “austericida”. Vaya. ¿En qué quedamos? ¿Las personas deben ahorrar pero los gobiernos no? Estaría bien que dejáramos de engañarnos y aclarar la magnitud de nuestra apuesta. Colectiva. Aclarar la historia que de aquí en adelante nos queremos contar.

La Tierra no engaña: es biodiversa. Y, del mismo modo que cada especie encuentra su nicho y convive en equilibrio con las demás, estaría bien dejarnos de discursos grandilocuentes y abstractos y empezar a recuperar historias “pequeñas” donde la carne y el hueso, la hoja y el viento permitan reflotar las emociones necesarias que induzcan a proteger lo que, aunque lo hayamos olvidado, de verdad necesitamos.

Ya asoman relatos de caracoles que alegran vidas, de halcones que ayudan a superar el duelo, de pastores que defienden praderas. Presuntas nimiedades que sin embargo destapan rincones de sensibilidad dormida mientras recuerdan cuánto importa lo no urbano.

Tanto el orden como la revolución no son gran cosa sin un relato que los sostenga. El futuro será el que nos queramos contar, si es que lo quieres contar tú. ¿Por ejemplo? Mi barca la manejo yo. Amo el aire limpio. Vamos allá.

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