Díaz Ayuso sabe bien lo que dice

Está muy extendida la concepción de que Madrid (identificado con el Estado) es el garante del orden y el concierto en España

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso / EMILIO NARANJO / EFE / EMILIO NARANJO / EFE
GERMÀ BEL
GERMÀ BEL Catedràtic d'Universitat (Economia i Política Pública)

pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso hicieron una comparecencia conjunta el 21 de septiembre para mostrar una voluntad institucional de acuerdo sobre cómo afrontar la fase actual de la crisis del coronavirus en España, después de que la laxitud de la política de restricciones aplicada en Madrid desde el verano haya provocado un empeoramiento de la situación en esa región (peores datos de transmisión de la UE), que tiene un potencial de difusión de primer orden en España, como ya se puso de manifiesto en marzo.

El asunto en cuestión era la reticencia del gobierno de Madrid a imponer restricciones que pudieran perjudicar (según ella) la economía regional. De aquel día quedaron dos instantáneas. Una, visual: la imagen de ambos presidentes navegando en una mar de banderas españolas y regionales. La segunda, oral: la declaración de Díaz Ayuso “Madrid es de todos. Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España? No es de nadie, porque es de todos… Todo el mundo utiliza Madrid, todo el mundo pasa por aquí. Tratar a Madrid como al resto de comunidades sería injusto”. Un gran colofón de aquel “Si se arruina Madrid se arruina España”, soltado por Díaz Ayuso en mayo, cuando se peleaba con el gobierno central por el retraso de la desescalada en Madrid.

Son afirmaciones que han levantado mucha polémica y comentarios, todavía más porque la falta de restricciones en Madrid tiene efectos epidemiológicos, para la capital, y para otros territorios, y sobre todo los de la meseta central. Aun así, esta visión de la posición y papel de Madrid en España está muy arraigada en la historia, y las expresiones de Díaz Ayuso no hacen más que actualizar de estilo un pensamiento tradicional.

A pesar de que la confirmación constitucional de la capitalidad de Madrid no se produce hasta la Constitución de 1931 (art. 5), la historia es rica en antecedentes. Quizás el primer documento institucional que lo ilustra de forma más clara son las actas de la comisión Olózaga del Congreso de Diputados, que en 1850 discutió las opciones para la extensión de la incipiente red de ferrocarril en España. Los resultados fundamentaron la primera ley de ferrocarriles de 1855, que calcaba el mismo diseño radial implantado por los caminos reales en el siglo XVIII.

En los debates de la comisión comparecieron ilustres militares y políticos (combinación habitual en la época). El 27 de abril de 1850, el general Manuel de Mazarredo, que había sido ministro de la Guerra, defendía que las líneas de ferrocarril tenían que originarse en Madrid porque “Madrid no es productor, pero Madrid se encuentra en posesión de la capitalidad; y sin grandes trastornos públicos no se podría tocar este hecho..." "Que compense, pues, el resto de España a su capital la gran ventaja de no ser sometida por esta capital". Todavía el mismo día, el brigadier de caballería Senén de Buenaga añadía: “Madrid del año [180]8 no es el del año [18]50; desde esa época, apagadas en gran parte las antipatías provinciales, centralizado el poder, variadas completamente las Constituciones políticas que han dado nuevos alimentos y vigor al cuerpo del Estado, la Corte ha ganado visiblemente en importancia, y es y será, por mucho tiempo, cuando menos, el punto político estratégico”. Y a la condición de punto político ha añadido la de económico.

La continuidad histórica de Mazarredo - De Buenaga - Díaz Ayuso es palpable. Quienes se han escandalizado o han hecho comentarios jocosos no han acabado de entender el gran apoyo social que esta visión tiene, más allá de Madrid, en otras muchas zonas de España. Esto, sobre todo, por dos motivos. Primero, desde el punto de vista sociopolítico, porque está muy extendida la concepción de que Madrid (identificado con el Estado) es el garante del orden y el concierto en España, evitando el desorden institucional y la anarquía territorial. Esta es la razón, por cierto, de que nos atiborrasen de militares en las ruedas de prensa de la primavera. Es el papel de la capital en un modelo de construcción nacional que copia al francés; y para ello hace falta una capital fuerte y sólida, que pueda ejercer el papel de ancla y apoyo de la nación, a diferencia de los distritos federales comunes en los países políticamente descentralizados.

Por otro lado, más desde la cotidianidad, Madrid es para muchos españoles el recibidor y escaparate de la casa. Es lo que todo el mundo ve primero, y que condiciona la impresión del resto del hogar. Es frecuente encontrar a personas indulgentes con el gobierno municipal con el estado de su calle, si la calle mayor o la plaza mayor están cuidados y arreglados, porque se perciben como propios. Si se escala la percepción a nivel nación se entiende mejor la alegoría.

Los expertos en señales de humo en la lejanía especulan con el efecto futuro de posiciones crecientemente críticas con los efectos territoriales de la macrocefalia de Madrid, como las del presidente Ximo Puig en el País Valenciano. Aun así, el dato más relevante para el caso es una de las principales demandas de los representantes de la España vaciada: la mejora de conexiones con Madrid. Tiene su lógica, claro.

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