COMPAÑEROS DE VIAJE

Un héroe, un loco, un santo

Hubo un tiempo en el que, en cierto modo, a Yukio Mishima le sucedió como a Lord Byron: fue más conocido por su leyenda que por su obra, fue más comentado por su muerte que por su vida. El suicidio ritual de Mishima tuvo una difusión extraordinaria y puso fin a una existencia marcada, a partes iguales, por la desmesura y el ascetismo marcial. Para unos, un loco; para otros, un santo. Sin embargo, unos y otros se rindieron al magnetismo de un hombre que se esforzó constantemente por poner sus acciones a la altura de sus pensamientos. Mishima, obsesionado en combatir lo que él consideraba la irreversible decadencia de la sociedad japonesa, fue un soldado extravagante, un intelectual refinado y un ser humano que habitaba en la frontera de las sensaciones.

Más allá de su leyenda, que suscitaba simultáneamente, entusiasmo y aversión, su escritura es admirable. Poseedor de un estilo austero y diáfano en sus libros nunca parece sobrar una página y, ni siquiera, un adjetivo. El templo del Pabellón Dorado, una de sus obras maestras, causaba en el lector una impresión extraordinaria porque era difícil encontrarse un tan sofisticado equilibrio entre épica y lírica, entre introspección y determinación. Confesiones de una máscara me pareció una de las mayores "novelas de formación" que se hayan escrito. Mishima trata con enorme cuidado y suma complejidad el despertar de la madurez, la angustia de la sexualidad, el gusto por lo prohibido, el inconformismo radical de quien prefiere lo verdadero a lo conveniente.

Mi joya predilecta, en la nutrida obra de Yukio Mishima, es 'El marinero que perdió la gracia del mar', título magnífico para un texto igualmente magnífico. El autor recrea, con ternura y dureza, la laberíntica mirada infantil sobre el mundo adulto, desgranándose sin pausa descubrimientos y temores. En esta breve novela se concentran buena parte de los motivos argumentales de Mishima: el heroísmo, la amistad, la decepción, la vergüenza, el orgullo por un espíritu perdido, la atracción por lo vedado. A diferencia de muchos autores, que mantienen ambos términos separados, Mishima quiso unir de tal modo literatura y vida que la muerte se le apareció como el nexo definitivo.

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