La reconciliación

Quien sepa liderar el discurso de la reconciliación tiene las de ganar

Joan Majó publicaba un artículo interesante y honesto este viernes. Proclamaba que él no es independentista pero que siente Cataluña como su nación y comprende muchas de las razones de un independentismo alimentado por la incapacidad del Estado de aceptar la diferencia. Pedía que se pare de jugar con el miedo y la irritación, y que se abra un diálogo desde la renuncia a los maximalismos de unos (unidad) y otros (independencia). No sé si el camino podrá ser tan claro y racional, ni si debe ser tan equidistante. Pero sé que tarde o temprano, y esperemos que más temprano que tarde, se tendrá que iniciar una distensión que incluya diálogo político y reconciliación social. Seguramente se tendrá que empezar internamente en Cataluña, entre catalanes, y sólo después con el Estado, que no está en absoluto preparado para hacerlo. En absoluto. Cuando Òmnium Cultural habla del 80%, está hablando de eso: de trabajar por un gran consenso catalán en torno a algún tipo de autodeterminación pactada. Y cuando añade "lo volveremos a hacer" está diciendo que para volver a hacerlo con garantías hace falta este gran consenso.

Con la sentencia vendrán días difíciles, de mucha emocionalidad y visceralidad. El Estado se está preparando hace tiempo: con operaciones policiales y judiciales como la detención de miembros de los CDR -es decir, golpeando con dureza la parte más radical del activismo para intentar romper torpemente la imagen pacífica del movimiento-, subiendo el tono de la amenaza política (155) y con una campaña diplomática internacional. El independentismo parece que actúe sobre la marcha: nadie tiene muy claro qué hará ni qué pasará, lo que genera inquietud en las propias filas y en las de los demás. En cualquier caso, el choque psicológico que provocarán las previsibles condenas será fuerte y su digestión colectiva no resultará fácil. Viviremos un momento delicado y dual, porque por un lado tocará salir a la calle a denunciar la injusticia (y hacerlo como siempre, de forma pacífica y buscando sumar a los que, desde fuera del independentismo, ven amenazados libertades y derechos) y por otro habrá que evitar poner en peligro las instituciones, empezando, claro, por la Generalitat. Esta misma dualidad es la que vive ahora mismo una institución capital del autogobierno, el cuerpo de los Mossos, a la que, si no quiere arriesgarse a ser intervenida, le tocará mantener con todas las consecuencias el orden público en la calle. El independentismo, pues, puede experimentar un doble choque.

Pero más allá de esta reacción inmediata de las primeras semanas, también debería preocuparnos la posterior, la de los largos meses (y años) que vendrán. No en términos de estrategia electoral, sino política y social. De fondo. Como dice Majó, haríamos bien en evitar quedar atrapados en la dinámica de vencedores y vencidos. Y sin embargo, dicho esto, quien sepa liderar el discurso de la reconciliación tiene las de ganar. En términos clásicos cristianos, la reconciliación se basa en el perdón. Es lo que hace más de un siglo (1909) pedía Joan Maragall en "La ciudad del perdón", aquel artículo inicialmente censurado por Prat de la Riba en el que el poeta reclamaba a la burguesía catalana y al Estado que no actuaran con espíritu de revancha contra los que habían quemado iglesias durante la Setmana Tràgica. Ahora la violencia y la represión ha venido del Estado y somos los votantes del 1-O, todos los represaliados, los que un día tendremos que perdonar. Instalarse en el espíritu de revancha no ayuda, al contrario, debilita, te sitúa psicológicamente como perdedor. Perdonar es una victoria moral. Y por otra parte no es incompatible con seguir ejerciendo la protesta, exigiendo la libertad de los presos y exiliados, y trabajando por el derecho a la autodeterminación. Ni es incompatible con pedir, por ejemplo, la amnistía. La reconciliación no tiene que ver con ninguna renuncia. Sencillamente es una condición necesaria para avanzar, para generar una concordia que permita volver a la política. Antes de la excitación de los próximos días, pensemos en ello.

Dejemos de jugar con el miedo y la irritación

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