De infamias, sentencias y movilizaciones

La movilización deberá concentrarse en lograr la amnistía como verdadera "nueva etapa"

Decía Pedro Sánchez en su declaración a raíz de la sentencia del Tribunal Supremo contra los presos políticos catalanes que el veredicto inicia una "nueva etapa". Una etapa, según él, basada en la “concordia”. Uno se queda sin palabras, pero lo intentaremos. Es difícil saber exactamente en qué "ayuda" a abrir una "nueva etapa" la sentencia que condena a 13 años de prisión al vicepresidente de la Generalitat de Catalunya, a 11 a la Presidenta del Parlament de Cataluña, a 12 a Raül Romeva, Jordi Turull y Dolors Bassa (a quien la sentencia, en la vergüenza de la vergüenza, confunde reiteradamente con la 'Consellera' de Educación, Clara Ponsatí), además de a 10 a los 'consellers' Joaquim Forn y Josep Rull y a 9 años Jordi Sánchez y Jordi Cuixart. Resulta de hecho imposible saber cómo se parte de aquí para inaugurar una nueva etapa basada en la "concordia". Quizá es que se piensa que ésta se logra con la imposición de la pena que debe iniciar la penitencia, la expiación y el perdón. Es decir, que la "concordia" pasa por el vía crucis de Cataluña como país. El presidente en funciones no dormía ante la posibilidad de un gobierno de coalición, por lo que decidió convocar elecciones en medio de la sentencia; ahora tampoco duerme, por lo visto, para explicarnos lo que es la "concordia".

Esta sentencia es una ruptura, una más en una cadena de rupturas que hace demasiado tiempo que dura

Probablemente la independencia de Cataluña está ahora mucho más lejos de lo que se dijo durante demasiado tiempo. Pero lo que es seguro es que la ruptura emocional con el Estado español, y con España como espacio de futuro, es hoy mucho más cruenta que ayer. Habrá un antes y un después de la sentencia, sin duda, lo que no está nada claro es que sea para iniciar una "nueva etapa", porque el problema es profundo y algunos intentan profundizarlo a conciencia. La misma sentencia lo deja claro, a pesar de volver a aquello de "no hay democracia fuera del Estado de Derecho". Afirma claramente que lo que hemos vivido "Es un conflicto entre el concepto de legitimidad de unos (...) y una legalidad a la que muchos otros -no necesariamente menos- también consideran legítima (...) No es legitimidad contra legalidad. Es un conflicto entre las concepciones parciales de unos (...) y las convicciones de otros que, además, cuentan con el respaldo de unas leyes...". Difícilmente se puede describir major –entre estas "concepciones parciales de unos" que en los otros son "convicciones" nada parciales que "además, cuentan con el respaldo de unas leyes"– el proceso acelerado de deslegitimación de todo un sistema en Cataluña. No es sólo que un tribunal, a la hora de aplicar la sentencia, ya reconoce en sus páginas que la ley ahora mismo ya sólo la considera suya una parte, y no el todo. La figura del Jefe del Estado, que en la persona de Felipe VI simboliza el conjunto del sistema, no supera la valoración de un 1,8 sobre 10 entre los catalanes según el CEO; le supera incluso por poco el Tribunal Constitucional con un 2,2. Por otra parte, según el propio CIS, ya antes de esta sentencia un 70% de los ciudadanos de Cataluña no creían en la independencia del Tribunal Supremo. Cuando Aznar le contó en la Cumbre de las Azores a Tony Blair el poco apoyo que tenía su política de intervención en la Guerra del Golfo en 2003, éste le contestó: "Creen en ti los mismos que creen que Elvis Presley está vivo". En Cataluña creen en el poder judicial y en la monarquía más o menos los mismos que creen en la inmortalidad de Elvis. O dicho de otro modo, cuando la patria se encontraba ante el abismo, los "servidores" del Estado no han dudado en dar un paso adelante.

¿Nueva etapa? Aceptémoslo, esta sentencia es una ruptura, una más en una cadena de rupturas que hace demasiado tiempo que dura. No creo que Pedro Sánchez ni los partidos ahora mayoritarios del sistema político español, como tampoco aquellos que les hacen de réplica en Cataluña, tengan la capacidad, la legitimidad y, sobre todo, la voluntad real de abrir ninguna nueva etapa. No lo harán y seguro que no lo harán por voluntat propia. Es demasiado evidente que incluso han querido jugar con esta sentencia no pensando en un país sino sólo en unas elecciones. Esta sentencia es una infamia y no abre ninguna oportunidad ni aquí ni allí. La solución sólo vendrá de la propia movilización y será en este sentido una solución catalana. Una movilización que deberá ser lo más amplia posible, que deberá mostrar firmeza, flexibilidad temporal e inteligencia y que deberá concentrarse en lograr la amnistía, como verdadera "nueva etapa". Sólo desde la fuerza de aquí se moverán allí. Lo que estamos viviendo es una infamia y como decía el poeta, enhebrando esta aguja, "estamos donde estamos; más vale saberlo y decirlo (...) Pongámonos en pie otra vez y que se oiga la voz de todos, solemnemente y clara. Gritemos quiénes somos y que todo el mundo lo escuche. Y luego, que cada uno se vista como le plazca y via fora!... que todo está por hacer y todo es posible".

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