Inseguros días de agosto

Que la hemeroteca demuestre que el tiempo parece que no pase merecería unas cuantas lecturas

"En esta ciudad, tanto los ricos como los pobres tienen prohibido dormir en la calle".

Walter Benjamin

Pues sí, defecto de fábrica, lo primero que pensé cuando lo leí en la portada de varios diarios - "más ladrones, más violentos" - es que hablaban del G-7, que estos días se reunirá en Biarritz. No exactamente los dueños del mundo -esto se creen- sino los gestores que les hacen el trabajo sucio. Y pensé que sí: que las élites globales de la codicia cada vez roban más y cada vez son más violentas, ciertamente. Casi lo mismo que me pasó por la cabeza cuando sentí "crisis de seguridad": la neurona enfiló directamente hacia la fosa común que es el Mediterráneo - 839 ahogamientos durante el 2019- mientras RTVE hablaba de "el buque catalán" y una portavoz de gobierno escupía que no hay "permiso para rescatar". Leído inversamente para intentar entender qué significa, significa, mensaje necropolítico traducido, que el único permiso disponible es para morir. Cuánta violencia -todas las violencias del mundo- condensada en tres palabras, tuiteó con breve lucidez la filósofa Marina Garcés.

Y no, ya lo saben. Los titulares no hablaban de la crisis humanitaria que hace aguas, es decir, la salvaje crisis humanista que vive Europa y su radical indiferencia, que vete a saber dónde nos llevará, ni hablaban de la militarización del norte del País Vasco para blindar con vallas y metralletas la cumbre del G-7. Quizá creía que sí, ingenuamente. Reconozco que también por estricta subjetividad material: supongo que contribuía de alguna manera el hecho de ir en tren hacia la contracumbre alternativa al G-7 -feminista, ecologista, social, altermundista, solidaria- y darme cuenta de que llevábamos indisimulada escolta policial entre Zaragoza y Pamplona. Sombras en el tren, un amable viajero me avisó que tres agentes hacían asamblea entre vagones - "Es el de la CUP, es el de la CUP" - y por un momento me sentí Al Capone pillado 'in fraganti', como si fuera culpable de algo. Así funcionan también los dispositivos del miedo pero, por suerte, enseguida pensé como de bestia es la neurosis securitaria que pretenden que interiorizamos: nos quieren culpables, ya no somos inocentes. El mismo viajero anónimo -gracias- me informó que habían solicitado por 'walkie' redoblar la vigilancia entre Pamplona y Donosti. Y así fue: una nueva pareja de agentes uniformados tomaron el relevo y me acompañaron escoltado hasta el final del trayecto. No lo escribo con voluntad de denuncia del absurdo ni para decir que me sentía inseguro, sino y  con ánimo modernizador, voluntad innovadora y recomendación ahorradora: que lo hagan mejor, caray, que se les ve a la legua y, además, pierden tiempo y dinero. Justo antes de subir al tren en Sants ya había tuiteado que iba a las protestas contra el G-7.

Nunca he sabido qué demonios tenía en la cabeza quien legislaba que una persona sin hogar podría pagar una multa tan cara por el delito de no tener donde vivir

Pero no, vuelta a empezar donde quería ir a parar: los titulares veraniegos en boga no hablaban ni de la desigualdad acelerada que sale de cada cumbre del poder ni de la fosa común -unos, playa; otros, muerte- del Mediterráneo. Hablaban de Barcelona y los rateros multirreincidentes, curtida tristemente por la vertiente más sórdida -peleas, muertes, violaciones y ataques contra las mujeres- de la crónica negra local, más cotidiana y escondida de lo que pensamos. El 'déjà-vu' se convirtió en antológico. Es la melodía veranoiega, cada año igual. En agosto, la misma 'Hill Street Blues'. Portadas alarmistas, hemeroteca gastada, titulares y declaraciones intercambiables hace años, día de la marmota y 'old times' revisitados. Si hacen una búsqueda en Google se lo encontrarán, casi de manera ininterrumpida. En el tren y desde el móvil iba buscando. 2010: "Barcelona no es insegura, esto de esta semana es excepcional". 2012: "La policía persigue a los diez 'estibadores' más activos de Barcelona". 2014: "Ofensiva contra los carteristas multirreincidentes", "Los Mossos actúan contra los ladrones y atracadores más violentos de Barcelona". Que la hemeroteca demuestre que el tiempo parece que no pase merecería unas cuantas lecturas, empezando por la incapacidad política, pasando por la nula aproximación criminológica y terminando por la brutal desigualdad centro-periferia -proteger el centro para el turismo y poco más-. En todo caso, casi dos décadas con la misma canción veraniega. Puede ser, Einstein 'reloaded', porque hacer lo mismo y esperar resultados diferentes es lo más inútil que se puede hacer.

Todo comenzó hace mucho, en el cambio de siglo en la ciudad que ya no es de los prodigios, y, entonces, desde la izquierda formal y exhausta se invocó una sesgada y singular declinación del civismo que terminó en aquella ordenanza barcelonesa decimonónica que multaba kafkianamente quien dormía al raso en las calles de Barcelona o quien jugaba a pelota en la plaza. La importada tolerancia cero de Giuliani no sólo hizo daño a Nueva York, y nunca he sabido qué demonios tenía en la cabeza quien legislaba que una persona sin hogar podría pagar una multa tan cara por el delito de no tener donde vivir. En la escuela pública me enseñaron que la autoridad -'La canción de las balances'- se demostraba defendiendo al débil ante el fuerte y no a la inversa. En fin. Aquella ordenanza clasista no ha sido del todo derogada -tampoco aplicada- porque su función básica sigue siendo la del cóctel autoritario. Sirve sólo cuando toca y, por si acaso, está guardada en la dispensa represiva. En cuanto al resto, cada verano igual. Escalada de declaraciones en espiral, hecha a base de sofocos primarios en el campo predilecto del discurso ultra y retroalimentada por la escalada geométrica de titulares - "el verano más violento" -. Después no hay quien frene el incendio -moscas a cañonazos- y no hay manera de detenerse a pensar o reflexionar colectivamente. Y así hasta el próximo verano.

Tener que oir que la intemperie de los menores o la venta ambulante de los manteros son a la vez problema y crisis de seguridad de Barcelona no sólo me parece una provocación. Es un insulto

Y sí y también, porque el trasfondo es el que es. Si mientras lee este artículo le birlan la cartera, la sensación de fragilidad, desconfianza y vulnerabilidad se multiplicará. No tengo tan claro que tengamos la misma sensación humana que tuvimos cuando la banca nos birló la cartera -50.000 millones de euros que nunca volverán y generan una drástica inseguridad-. También este verano, de puntillas, hemos conocido el dato sobre el tiempo que el departamento de Interior dedica este año a desahuciar: 533.428 horas. Siete al día mientras el precio del alquiler sube un 40% y no hay político que lo detenga. En junio el macabro contador de las mujeres asesinadas desde 2003 superó el millar. Nadie sabe -nadie las contaba- cuántas murieron antes. Por inseguridad jurídica también me sale pasar 60 días encerrado en un CIE por el hecho de ir indocumentado -que no es un delito, es una simple falta administrativa. Para impunidad, me sale saber con seguridad que todo el cuadro de mando de las porras del 1 de Octubre ha sido ascendido, galardonado y premiado. La lista es infinitamente larga y cuando se yerra la puntería siempre se yerra el tiro. No, los más vulnerables no son nunca los más peligrosos. Los más poderosos, sí, demasiado a menudo.

En todo caso, tener que escuchar a estas alturas y con el chaparrón que cae que la intemperie de los menores o la venta ambulante de los manteros -¿Cuándo hablaremos de lo que de verdad se carga el comercio de proximidad? - son a la vez problema y crisis de seguridad de Barcelona no sólo me parece una provocación, una alarmante demostración de ignorancia y un insulto a la inteligencia ya la ciudad. Me lo tomo ya como un insulto personal. Que nos dejen de insultar de una vez, tú.

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