La primera propuesta de abstención

No fue Mariano Rajoy el inventor de la fórmula, que ahora está intentando replicar Pedro Sánchez

JAVIER PÉREZ ROYO
JAVIER PÉREZ ROYO Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla

No fue en 2016 cuando se produjo la primera propuesta de  abstención como forma de conseguir la investidura de un candidato a presidente del Gobierno. No fue Mariano Rajoy el inventor de la fórmula, que ahora está intentando replicar Pedro Sánchez. El inventor de la fórmula fue Jordi Pujol tras el resultado que arrojaron las urnas en las elecciones generales de 1996.

La quinta legislatura constitucional, 1993-1996, fue la primera legislatura en la que el presidente Felipe González no dispuso de mayoría absoluta (en 1989 tuvo solamente 175 escaños), y dependió básicamente del nacionalismo catalán no solamente para la investidura, sino para gobernar. Esa dependencia del nacionalismo catalán sería anatematizada por José María Aznar con una virulencia extraordinaria. Tanta que en 1995 Jordi Pujol no resistió la presión y anunció que no votaría los presupuestos generales del Estado para 1996. España presidía durante el segundo semestre de ese año la Unión Europea y el presidente del Gobierno decidió no disolver inmediatamente tras el anuncio de Jordi Pujol, pero sí lo hizo en cuanto finalizó el año. Las elecciones que debían celebrarse en 1997, se adelantaron a 1996.

En dichas elecciones se preveía una mayoría absoluta del PP, pero al final solo obtuvo 156 escaños, la mayoría relativa más baja de todas las anteriores a 2015. Fue una mayoría alcanzada con una campaña de un intenso anticatalanismo, que se reflejaría la noche electoral con el “Pujol, enano, habla castellano”, que corearon los militantes ante el balcón de Génova 13, celebrando la victoria electoral.

¿Cuántas veces se habrá arrepentido Jordi Pujol de haber contribuido al blanqueamiento del anticatalanismo del PP?

Con dicho resultado electoral, sin embargo,  José María Aznar no podía ser investido presidente sin el apoyo de CiU, que intentó resistirse a darlo. Fue en este contexto cuando Jordi Pujó hizo la propuesta de que se abstuvieran todos los partidos de tal manera que José María Aznar fuera investido con mayoría relativa en segunda votación. Felipe González, en aquel momento yo pensaba que que con buen criterio, se opuso tajantemente y  dicha propuesta fue rechazada. Al final, “Pacto del Majéstic” mediante, se acabaría aprobando la investidura no solamente con los votos de CiU, sino también con los del PNV.

¿Cuántas veces se habrá arrepentido Jordi Pujol de haber contribuido al blanqueamiento del anticatalanismo del PP? Porque el apoyo en la investidura no solamente no hizo desaparecer dicho anticatalanismo, sino que lo acentuó. El resentimiento por haber tenido que depender del nacionalismo catalán para ser presidente del Gobierno no ha dejado de estar presente en la estrategia política  del PP desde entonces. Resentimiento que ha marcado la trayectoria del Estado de las Autonomías hasta conducirlo a la situación en que ahora mismo se encuentra. 

Desde que el PP pierde el poder inesperadamente en 2004, ha repetido, de manera corregida y aumentada, la campaña antricatalanista que ensayó por primera vez en la legislatura 1993-1996. Empezó con el ataque frontal a la reforma del Estatuto de Autonomía tanto en el Parlamento de Catalunya como en las Cortes Generales, lo continuó con la recogida de firmas por toda la geografía española contra el Estatuto reformado, lo prolongó con el recurso de inconstitucionalidad y las presiones a los magistrados hasta que consiguió que fuera dictada la STC 31/2010 y lo concluyó con la política desde la presidencia del Gobierno de Mariano Rajoy, que conduciría a la aplicación por primera vez del artículo 155 CE, de la cual derivarían las querellas por el delito de rebelión contra los miembros del Govern y de la Mesa del Parlament así como contra los presidentes de la ANC y OMNIUM.

Blanquear posiciones que, en última instancia son antidemocráticas, es una operación de muy alto riesgo. Muchas veces me he preguntado a lo largo de estos últimos años, si la mayor parte de las sacudidas que se han producido y se siguen produciendo en el espacio político que representó CiU no tienen su origen en aquel pecado original.

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