Trumpismo celtibérico

Si Trump ha convencido a millones de norteamericanos, ¿por qué la FAES no tiene que sostener que ETA sigue viva?

José María Aznar en un acto en Alcalá de Henares el 27 de octubre / FERNANDO VILLAR / EFE
JOAN B. CULLA
JOAN B. CULLA Historiador i articulista d'anàlisi política

Este martes a las cinco de la tarde, la FAES de José María Aznar llevará a cabo la presentación virtual –covid obliga– del libro ETA: 50 años de terrorismo nacionalista. Tienen que intervenir María San Gil (la Pasionaria del PP vasco hasta 2008, hija política de Jaime Mayor Oreja, insistentemente cortejada por Vox), Carlos Urquijo (delegado del gobierno Rajoy en Euskadi, ahora presidente de una Asociación Esteban de Garibay creada en 2019 para defender en el País Vasco “la pasión por España”) y el eurodiputado y director de la FAES Javier Zarzalejos, que no necesita tarjeta de visita.

Ha editado el volumen la Fundación Villacisneros (creada en Madrid en 2007 con nombre de explícita filiación militarista, colonialista y golpista) y lo prologa el presidente de esta entidad, Íñigo Gómez-Pineda Goizueta, que deja muy claro en qué palabra del título se tiene que poner el acento: no en terrorismo, sino en nacionalista. El gran problema no era ETA, sino “la actitud del nacionalismo vasco, [...] la deslealtad de los nacionalistas”, su “chantaje al gobierno de turno”, sus “ofensas a España y sus símbolos, la coacción y discriminación permanente de los no nacionalistas” [por favor, no se rían], “el adoctrinamiento en la educación construyendo un pasado inexistente y fomentando el odio a España”. Y el prologuista añade: “Aspiramos a contrarrestar la manipulación de la historia que, especialmente en el País Vasco, han impuesto los medios de comunicación con la ayuda del adoctrinamiento implantado en los centros de enseñanza”.

Para buena parte de la derecha dura celtibérica, el fin de los atentados de ETA (hace nueve años) y la posterior disolución de la banda han dejado un vacío irreemplazable

A combatir este complot político-mediático-educativo de flagrante hedor trumpista han contribuido veintitrés autores que se mueven entre el ala más reaccionaria del PP y la ultraderecha de Vox, incluyendo algunos toques de color magenta (UPyD) o naranja (Ciudadanos). Topamos con un Jaime Mayor Oreja inconmovible en la tesis de que “ETA está hoy más presente que nunca”, que desde el gobierno Sánchez-Iglesias hasta el proceso catalán todo responde a la estrategia etarra, y Maite Pagazaurtundúa, y el historiador jesuita Fernando García de Cortázar, e Ignacio Astarloa (secretario de estado de Seguridad el 11-M de 2004, con casi 200 muertos en la conciencia); pero también el eurodiputado Hermann Tertsch, y Santiago Milans del Bosch y Jordá de Urríes (sobrino del golpista, ex joven escuadrista ultra y antiguo abogado de Fundación Francisco Franco), y algunos federicos, y directivos perpetuos de asociaciones de víctimas del terrorismo, y el inevitable Fernando Savater...

Mientras esperamos en vano que algún periodista (no fiscal, juez ni guardia civil, no seremos tan ilusos) investigue un día todo este denso entramado de chiringuitos españolistas surgidos de la nada en los últimos diez o quince años en Barcelona, Madrid o Bilbao y precise sus fuentes de financiación (¿subvenciones públicas? ¿donativos de empresas o particulares?), el libro que la FAES apadrina hoy es una nueva evidencia de que, para buena parte de la derecha dura celtibérica, el fin de los atentados de ETA (hace nueve años) y la posterior disolución de la banda han dejado un vacío irreemplazable. 

Sí, porque los muertos y los estragos causados por ETA permitían criminalizar al conjunto del nacionalismo vasco (todo eso del árbol y las nueces) e incluso al catalán (el pacto de Perpiñán, la kale borroka en Cataluña...), e ilegalizar partidos, y doblegar mayorías, y crear doctrinas judiciales aberrantes, y revestir la defensa de la unidad de España de un acaparador complejo de superioridad moral. Todo esto es lo que echan de menos los autores del libro que comento; por eso se preguntan: “¿Por qué las prisas actuales por olvidar lo ocurrido en España durante cincuenta años de terror? ¿Por qué no identificar a los responsables, los cómplices y los beneficiarios –sí, beneficiarios– de cincuenta años de terror? Sólo una sociedad cobarde y pusilánime admite que todas estas preguntas quedan sin respuesta”.

Y bien, si Donald Trump ha conseguido convencer a decenas de millones de norteamericanos de que el covid-19 es una arma biológica china; de que la llegada a la Casa Blanca de Joe Biden significará la implantación en los Estados Unidos de un régimen comunista, de un sistema inspirado en los modelos de Cuba o Venezuela, y, esta última semana, los ha persuadido de que existe una conjura gigantesca de los grandes media, con un Partido Demócrata de tipo bolchevique y centenares de miles de funcionarios locales y estatales implicados, para falsear el recuento de los votos y robarle la victoria...; si en la primera potencia del mundo ha pasado y está pasando todo esto, ¿por qué la FAES y compañía no se tienen que animar a de sostener que ETA sigue viva y de explicar “la verdadera historia del terrorismo nacionalista”, combatiendo “el blanqueamiento de la banda y de sus testaferros de EH Bildu”?

Si Pablo Casado quisiera de verdad mover el PP hacia un centrismo creíble y homologable a nivel europeo, la prueba del algodón no sería la pelea de gallos del otro día con Santiago Abascal en el Congreso, sino una rotura nítida con la demagogia decididamente trumpista de Aznar, de la FAES y de sus numerosos satélites. Me juego lo que quieran a que no lo hará.

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