El ejército y la cultura del miedo

El ejército español está un año más en el Salón de la Educación de Barcelona. Este año vuelve a tener un amplio stand desde el que se dirige a los jóvenes que quieran hacer la carrera militar. Y si bien es cierto que teóricamente enfocan su presencia en el Salón mostrándose como una opción educativa y formativa, las incongruencias de este mensaje son muchas. Así lo denuncia, con mucho acierto, la campaña Desmilitaricemos la educación año tras año. Si la educación no es una cuestión propia del estamento militar, ¿cuáles pueden ser la verdaderas razones de la presencia del ministerio de Defensa en el Salón de la Educación?

En primer lugar hay que ser conscientes de la existencia de políticas activas del gobierno español de promoción de la llamada cultura de la defensa. Se trata, según el propio ministerio, del "conjunto de conocimientos que permite a las personas desarrollar juicios y opiniones sobre los instrumentos con los que el Estado protege a los ciudadanos de determinados peligros, teniendo en cuenta que las Fuerzas Armadas son uno de los instrumentos más importantes". La cultura de la defensa es promovida con subvenciones a proyectos de sensibilización, con la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, el Día de la Fiesta Nacional, con los Premios de la Defensa, los Premios de los Ejércitos y la Armada, con cursos, seminarios, jornadas, conferencias, exposiciones, concursos de pintura, juras de bandera de personal civil, conciertos de música militar, visitas a unidades y organismos militares. Una serie de actividades que, dicho sea de paso, consumen no pocos recursos públicos.

Además, dentro de la promoción de la cultura de la defensa está previsto un plan de colaboración con el sistema educativo y de investigación a través de universidades, colegios mayores, institutos, colegios y organizaciones de profesores y madres y padres de alumnos. De hecho, la actual ministra de Defensa y presidenta del PP, María Dolores de Cospedal, ha celebrado ampliamente la firma de un acuerdo con la Asociación de Centros Autónomos de Enseñanza Privada (Acade), que representa a más de 3.000 centros de enseñanza de todo el Estado, donde, a partir de ahora, la cultura de la defensa se trabajará dentro de las aulas.

Un conglomerado de empresas militares hacen de la necesidad de defensa permanente una perversa manera de conseguir beneficios económicos

La presencia del ejército en el Salón de la Educación no puede verse más que como una de las actividades de promoción de esta cultura de la defensa, una política de promoción de la defensa y el militarismo que parte de la asunción del hecho de que tenemos que defendernos, de que hay riesgos y peligros, de que podemos ser atacados en cualquier momento, de que debemos estar vigilantes, en alerta, preparados para cualquier agresión. ¿De quién?, da igual, fabricar enemigos no es muy difícil. La cultura de la defensa no es más que la cultura del miedo. El miedo, como sinónimo de defensa, es la mejor estrategia para justificar unos ya de por sí elevados presupuestos de defensa que Cospedal pretende casi duplicar, de los que se benefician un conglomerado de empresas militares que hacen de la necesidad de defensa permanente, del miedo, una perversa manera de conseguir beneficios económicos.

No nos dejemos engañar por las imágenes idílicas de la tarea de un militar que seguro que tendrán en su stand, donde gente joven, guapa y aventurera lo pasa en grande. Ni eso ni los mil y un anuncios que muestran el ejército como una ONG que apaga fuegos, construye pozos, cuida a enfermos y rescata a niños de los escombros de un terremoto pueden ocultar su verdadera identidad. El oenegército es un ejército como cualquier otro, con armas y al orden, como no puede ser de otra manera. La acción humanitaria debe ser independiente, neutral e imparcial, tres condiciones que los ejércitos no cumplen. Por lo tanto, los ejércitos, por definición, no pueden hacer tareas humanitarias, de la misma manera que no pueden ser una opción educativa.

Los ejércitos, además, son una de las expresiones más evidentes del fracaso de una sociedad. Son la constatación de la opción por la fuerza militar, por el uso de la violencia armada como herramienta plausible de la política y de la resolución de conflictos. Los planteamientos militaritzadors hacen que la opción bélica sea demasiado fácil, y militarizar la sociedad es el primer paso para naturalizar la guerra. Ni la guerra es normal ni los ejércitos son los garantes de la paz. Los ejércitos hacen las guerras y las armas sirven para matar.

La estrategia puede ser más global de lo que parece: cultura de la defensa y ley mordaza conforman un buen tándem para fabricar ciudadanos acríticos y obedientes, al que habría que añadir alguna ley de educación, la sombra del servicio militar obligatorio... Lo han conseguido, es para tener miedo.

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