300 días

Los límites de la perseverancia y resistencia del movimiento soberanista no pueden ser la prisión

"Quién tiene un porqué podrá superar cualquier cómo" Viktor Frankl

El lunes pude sacar las primeras tazas del horno; la cerámica y la meditación me ayudan a mantenerme en paz y conectado, así como a vivir la cárcel con felicidad y plenitud. Hoy, 12 de agosto, hace 300 días que estamos en la cárcel con Jordi Sánchez y os quiero dar de nuevo 300 millones de gracias por estar ahí.

Liderazgos, confianza y coraje: aquí no sobra nadie. No me creo a los que dicen que en la cárcel o en el exilio no hacemos nada o bien que hay que hacerlo todo. Es imprescindible sacar provecho de los liderazgos existentes y que a la vez se generen nuevos. No hay cárceles -ni exilio- para detener tanta democracia. La lucha antirepressiva es uno de los principales frentes unitarios del soberanismo y sería absurdo renunciar a ella, ya que es un instrumento básico para avanzar en todos los procesos de liberación nacional.

Augurios como "Si la Guardia Civil retira una urna ya habremos ganado" o "Europa no permitirá la violencia del gobierno de España" no se han cumplido. Siempre dijimos que nada nos sería regalado. Ahora conocemos mejor hasta dónde son capaces de estrujar su sistema jurídico y de derecho en nombre de la unidad de España.

Por tanto, hablemos claro: necesitamos enriquecer liderazgos y alcanzar los grandes consensos que tantos resultados han dado siempre. Y para hacerlo, también necesitamos liderazgos en las instituciones y a pie de calle. Por ejemplo, con acciones claras para dar respuesta a los problemas de pobreza energética y habitacional de la sociedad catalana. Gestionar el mientras tanto sin abandonar las conquistas alcanzadas.

¿Por qué si osamos luchar, no osamos vencer ?, me preguntaba el amigo Manuel Delgado. No tengo la respuesta exacta y soy incapaz de hacer ningún reproche a nadie, pero la afirmación "Tenemos que ser más y más determinados" de Eduard Voltas es un punto de partida importante. Los límites de la perseverancia y resistencia del movimiento soberanista no pueden ser la prisión, ni podemos perder una sábana en cada colada debilitando mayorías esenciales para reforzar la legitimidad de las decisiones tomadas. Por tanto, no sólo creo que podemos vencer sino que ya estamos venciendo.

Ahora hay que reponernos del embate mayúsculo del Estado (porras y 155 incluidos) lo antes posible. Pero debemos estar bien orgullosos de cómo la sociedad catalana ha resistido, pacíficamente y sin ninguna complicidad externa, el ataque de un estado tan poderoso como el español. En circunstancias tan desiguales, resistir ha querido decir también vencer.

El manifiesto 'Derechos y libertades', firmado por 200 personalidades de todo el Estado, es también un balón de oxígeno para los demócratas. Porque no podemos dejar de denunciar que el juicio no es sólo contra un gobierno legítimamente elegido, sino que también es contra representantes de entidades sociales: un caso único de represión ideológica y cultural dentro de la Unión Europea. Hoy sólo equiparable a Turquía o Rusia.

El abogado suizo Olivier Peters me regaló el libro 'Amnistíe', donde se recoge una afirmación de K. Liebknecht dicha durante su proceso de Berlín en 1916: "Estoy aquí para acusar, no para defenderme". Esta debe ser nuestra actitud durante el juicio oral al que seremos sometidos: no defendernos sino acusar al Estado de vulneración flagrante de nuestros derechos fundamentales y, al mismo tiempo, interpelar al conjunto de la opinión pública ante el retroceso democrático que vivimos.

Los presos políticos y exiliados somos una palanca democrática: hay que conseguir que la comunidad internacional denuncie nuestro encarcelamiento. No ceder al intento de silenciar la barbaridad jurídica de la justicia española, con acusaciones desproporcionadas y sin fundamento. Lo dijo la justicia de Alemania y habría pasado lo mismo en Suiza, Bélgica y Escocia.

Mientras tanto, no podemos renunciar a fortalecer el imaginario colectivo de país, con una actitud militante en la lucha compartida de hacer de la cultura el principal antídoto contra la intolerancia y el totalitarismo.

Durante cada uno de los 300 días en prisión, lejos de debilitarse, he ido fortaleciendo mis convicciones democráticas: ya hace meses que no hay condena que me haga doblar. Convencido de que, con el paso de los años, nuestras condenas les pesarán mucho más a ellos que a nosotros. Y que el diálogo honesto y sin condiciones previas será la única solución de resolución del conflicto político. Mientras tanto, nosotros continuaremos con la dignidad intacta, la de quienes nunca nos dejaremos robar la sonrisa ni las ganas locas de vivir.

Salud, ternura, entendimiento y república.

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