Las condiciones para el diálogo

Si no se pone en cuestión la concepción deslegitimadora del independentismo no hay diálogo posible

JORDI MUÑOZ
JORDI MUÑOZ

Uno de los principios esenciales para que pueda haber un diálogo democrático es el reconocimiento de las razones del otro. En ningún caso, en este contexto, reconocer significa compartir, ni siquiera apreciar. Pero sí implica reconocer su legitimidad y, en última instancia, la racionalidad. En Cataluña y en España parece que, en el debate sobre la independencia, este principio básico se ha ido perdiendo.

Un cierto independentismo ha sido muy ciego respecto a las razones del otro, especialmente de los catalanes que no comparten el proyecto independentista. Esta falta de reconocimiento y, diría, de empatía ha contribuido a la polarización política y al crecimiento del fenómeno Ciudadanos. En el debate democrático sobre la cuestión hay que tener claro que los contrarios a la independencia tienen argumentos no sólo legítimos y racionales, sino también importantes para oponerse. Sea por razones vinculadas a la identidad y los vínculos afectivos, por mera aversión al riesgo y la incertidumbre asociada a la independencia, por desconfianza hacia los partidos y líderes políticos independentistas o por una voluntad más instrumental de mantener España como espacio primario de decisión política , y de redistribución. Despreciar estos argumentos, desde el punto de vista independentista, no sirve para nada más que para degradar el debate, y para reforzarlos. Entenderlos y tratar de dialogar con ellos desde el reconocimiento sería mucho más productivo desde todos los puntos de vista.

El debate sobre la independencia sólo se puede solucionar con una confrontación democrática de proyectos si se reconoce la legitimidad del otro

Y esto es especialmente importante precisamente porque la falta de reconocimiento de las razones del independentismo es un elemento fundamental del discurso españolista. No hace muchos días José Zaragoza, del PSC, lo expresaba de manera muy cruda: "Casi la mitad de los catalanes han abrazado la nueva religión del independentismo: Tienen fe en ello, organizan grandes procesiones, siguen a los apóstoles de la causa y consideran positivo el martirio. Por eso todo diálogo es dificilísimo. Las emociones han sustituído a la razón". No es más que una declinación sintética de un argumento de fondo que se repite de manera insistente y constante en los grandes medios españoles: el independentismo responde a una pulsión irracional y, por tanto, no hay diálogo posible. Por eso las analogías con el integrismo religioso y el nazismo y otras formas de totalitarismo son tan frecuentes en el discurso españolista sobre el independentismo. O, en otras versiones quizá aún más preocupantes, la analogía es con una infección o enfermedad.

Esto que dice Zaragoza resuena muy claramente en un cierto discurso de la derecha española. Desde Jiménez Losantos a Aznar, pasando por Albert Rivera o Pablo Casado. La competencia es feroz. Pero diría que estos no necesitan dar muchos giros a su tradición política porque el no reconocimiento de la legitimidad del independentismo ya venía de serie. En cambio, creo que estas apelaciones son especialmente importantes en el entorno de la centroizquierda y por ello han sido tan frecuentes en las páginas de opinión de 'El País'.

Quizás es la justificación necesaria para su alineamiento con la derecha en este tema. Y quizás, también, es el instrumento para justificar una involución como la del PSC, que no hace tantos años todavía defendía una solución escocesa o quebequense. Porque el debate sobre la independencia sólo se puede solucionar con una confrontación democrática de proyectos si se reconoce la legitimidad del otro. Si no se reconoce el proyecto independentista como un proyecto legítimo, racional y democrático no hay lugar para la solución democrática y sólo queda la imposición.

Una vez estigmatizado el independentismo como un movimiento fanático, totalitario, violento o patológico, entonces no hay que sorprenderse de que se imponga la lógica schmittiana del amigo-enemigo que parece inspirar la respuesta de los aparatos del Estado, desde el ejecutivo al judicial, pasando por la monarquía y los grandes medios. Es lo que, según hemos podido saber, decía un magistrado al canal de correo del CGPJ: "Con los golpistas no se negocia ni se dialoga".

Si no se reconoce el proyecto independentista como un proyecto legítimo, racional y democrático no hay lugar para la solución democrática y sólo queda la imposición

Esta es, pues, la base ideológica fundamental de la respuesta del Estado. Esto explica, por un lado, el cierre absoluto a las demandas de la mayoría parlamentaria catalana: desde 2010 no sólo se ha negado toda posibilidad de hablar sobre el referéndum, sino que incluso se ha producido un retroceso palpable en el autonomía. Y explica también la lógica represiva: el uso de los cuerpos policiales como agentes de represión política, el encarcelamiento de los Jordis y del gobierno catalán, su procesamiento por delitos claramente inexistentes y la vulneración de todo tipo de derechos fundamentales y garantías jurídicas básicas.

Por lo tanto, si no se pone en cuestión y se debilita esta concepción deslegitimadora del independentismo, no hay diálogo ni solución posible. Y es muy difícil que esto suceda, por una serie de razones. Primero, porque después de tanta insistencia en esta idea, ahora ya es una concepción bien asentada que ha traspasado incluso a un cierto sentido común popular que ha acabado comulgando con una idea difusa que la vida en Cataluña es una especie de pesadilla orwelliana. Segundo, porque el Estado está mucho más cómodo con la imposición que con el diálogo y la resolución democrática de la cuestión, que ve como una amenaza potencial al 'statu quo'. Y, por tanto, es una idea muy funcional. Y, finalmente, porque el nacionalismo de la derecha española es una fuerza que ejerce una gran capacidad de intimidación sobre la centroizquierda.

Si realmente les preocupa la convivencia, pues, los defensores en Cataluña de la unidad de España deberían combatir y no alimentar este relato de la irracionalidad, el totalitarismo y la falta de legitimidad del independentismo. También el independentismo debe profundizar en su reconocimiento y empatía con las razones de los ciudadanos catalanes que se oponen, claro. Pero en este caso no sería justo caer en la equivalencia equidistante, ya que el independentismo está, y ha sido siempre, abierto al diálogo político, y se plantea siempre la solución escocesa como prioridad.

Més continguts de