A favor de la vida y la libertad

La no resolución de nuestros recursos por parte del TC nos impide el acceso al TEDH

JORDI SÀNCHEZ
JORDI SÀNCHEZ

Una huelga de hambre no es una acción que se pueda improvisar. No porque necesite de una preparación física especial, sino porque requiere mucha reflexión para resolver las dudas que plantea. No sólo por la tensión que se provoca sobre el propio cuerpo, sino, y sobre todo, por la tensión que se genera a los familiares y los amigos, a la gente que te quiere.

Por eso la decisión de iniciar una huelga de hambre sólo puede ser personal, estrictamente personal. Es un gran ejercicio de soberanía. La determinación de iniciar una huelga de hambre no es en ningún caso un acto de valentía superior a la decisión de no hacerla. Hay que entender desde el primer momento que este tipo de protesta no es un acto para aparecer ante la opinión pública como el más fuerte, el más valiente, el más atrevido de la cuadrilla. Una huelga de hambre no es demostración de nada y menos aún ninguna competición con nadie, ni con uno mismo.

Ciertamente es un acto de conciencia y soberanía personal, como a Lluís Maria Xirinachs le gustaba decir. Pero de igual envergadura o mayor es el ejercicio de conciencia y soberanía personal que te lleva a no iniciar una huelga de hambre tras haber reflexionado sobre una serie de elementos que nos condicionan individualmente. Yo mismo, en otros momentos, he desestimado esta misma acción en circunstancias personales diferentes de las actuales.

No siempre la no-violencia es capaz de remover conciencias. Cierto. Pero la violencia tampoco es capaz siempre de vencer, y en cambio siempre puede causar daños irreparables

Es, en efecto, una acción de protesta extrema ante una injusticia manifiesta que no ha encontrado solución y que se perpetúa en el tiempo. La huelga de hambre está embebida en los valores y principios de la no violencia, y su fuerza está en que interpela abiertamente a los sentimientos que toda persona tiene, también las que cometen injusticias. Más que ninguna otra acción no-violenta, la huelga de hambre tiene la virtud de remover conciencias porque se dirige directamente al corazón de la gente. Y es muy difícil que una persona que se sabe directamente interpelada por una huelga de hambre no se sienta así.

La no-violencia apunta directamente al corazón de aquellos que cometen injusticia. Y lo hace con la convicción de que tarde o temprano todo el mundo puede estar en condiciones de abandonar la injusticia, incluso de arrinconar la violencia tras la que se ha ocultado durante tanto tiempo. El principio básico de la no-violencia es tratar al adversario, incluso al opresor, como la persona que también es. Con los mismos potenciales que tenemos nosotros para emocionarnos, para sentir compasión, para sentir respeto, para rechazar las injusticias o para conmovernos con el sufrimiento de los demás. No siempre es fácil y no siempre la no-violencia es capaz de remover conciencias ni sentimientos. Cierto. Pero la violencia tampoco es capaz siempre de vencer y en cambio siempre es capaz de destruir y causar daños a menudo irreparables.

En nuestro caso, la huelga de hambre es una apelación directa a los 12 magistrados del Tribunal Constitucional. Ellos están llevando a cabo una decisión que nos genera daños irreparables. El hecho de admitir todos nuestros escritos y no resolver ninguno nos priva del acceso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. La huelga de hambre es el último recurso de que disponemos para exigir un trato diligente y justo. Llevamos más de un año esperando que algunos recursos se resuelvan, cuando no deberíamos haberse demorado nunca más de 30 días. Este es el plazo que la propia legislación y las mismas sentencias del Constitucional determinan como límite para resolver los escritos contra decisiones judiciales de prisión preventiva.

Somos conscientes de que cuanto más se retrase nuestro acceso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos más se retrasará nuestra recuperación de la libertad

En la cárcel no son posibles otras acciones políticas no-violentas para denunciar situaciones de grave injusticia. Si dispusiéramos de otras, creedme, no habríamos iniciado una huelga de hambre. Porque una huelga de hambre no es un ayuno. Es importante que todo el mundo entienda la diferencia. El ayuno es por tiempo limitado y normalmente se realiza como un acto de solidaridad y empatía hacia terceras personas o causas justas, al margen de aquellas personas que también lo hacen por cuestiones de higiene corporal y práctica espiritual. La huelga de hambre, por el contrario, no prevé plazos de finalización y abiertamente se asocia a una demanda o reivindicación política con la intención de remover conciencias.

Se equivocan aquellos que asocian una huelga de hambre con una deseada destrucción del propio cuerpo y de la propia vida. Si por algo se caracteriza la tradición de la no-violencia (con Gandhi como referente indiscutible) es por su adhesión y defensa de la vida; la de los adversarios y la propia. Pocos como los que ahora estamos en la cárcel tenemos ganas de vivir, y de vivir en libertad. Amamos tanto la vida y la libertad que hemos iniciado una medida extrema, como una huelga de hambre, para denunciar una situación injusta. Porque somos conscientes de que cuanto más se retrase nuestro acceso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos más se retrasará nuestra recuperación de la libertad. Y la vida en la cárcel no es vida. Y si el encarcelamiento es injustamente decretado, menos aún.

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